Con Inés Camilloni, del Panel Intergubernamental del Cambio Climático

“Está ocurriendo del peor modo, de la forma más acelerada”

Luego de 25 cumbres organizadas por la ONU, los avances para contener la crisis del clima generada por la actividad humana son mínimos y la situación genera alarma en la comunidad científica y la sociedad civil. En diálogo con Brecha, la investigadora Inés Camilloni señaló que sin una rápida reducción de emisiones los impactos podrían ser irreversibles.

Un bombero de la unidad submarina participa de la búsqueda de autos en un túnel de Rio de Janeiro durante las inundaciones de abril en la región / Foto: Afp, Carl de Souza
Netuy marzo21

Un gran fracaso. Así es como fue visto por los científicos, la sociedad civil y algunos países el texto final “Chile‑Madrid Time for Action”, aprobado en el cierre de la COP25 que terminó en Madrid el 15 de diciembre. El día anterior, el borrador presentado por la presidencia de la cumbre, a cargo de la ministra de Medio Ambiente de Chile, Carolina Schmidt, ya había indignado a quienes no encontraban en el texto la “ambición climática” que el país organizador había impulsado junto con Naciones Unidas. A pesar de que esto aplazó un día más de lo previsto el cierre de las negociaciones, el documento final, que logró se aprobado por los 196 países participantes, no incluye el punto más importante: la regulación de los mercados mundiales de carbono, establecidos en el Artículo 6 del Acuerdo de París, la principal herramienta para contener el incremento de la temperatura global.

Brecha conversó con Inés Camilloni, profesora asociada en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Conicet en el Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera. Camilloni participó en la COP25 de los paneles organizados por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) como principal investigadora del informe “Impactos del calentamiento global a 1,5°C en los sistemas naturales y humanos”.

—En la COP25 se habló de la urgencia del cambio climático. ¿A qué escenario nos enfrentamos?

—Lo que sabemos es que si tomamos como referencia el período preindustrial, que es lo que se considera en el marco del Acuerdo de París, la temperatura promedio de la tierra subió 1,1 grados Celsius. En distintas regiones vemos el derretimiento de hielos, el ascenso del nivel del mar, el aumento de las frecuencias de eventos extremos, como inundaciones y sequías. Todo esto indica que estamos en el peor umbral de las proyecciones que se venían haciendo en el marco del IPCC. Las cosas están ocurriendo del peor modo, de la forma más acelerada. Lo mismo está pasando con las emisiones de los gases que calientan la tierra, como el dióxido de carbono y el metano. Estos venían aumentando en el orden del 1 por ciento a nivel anual. Pero en el último año mostraron una aceleración, con lo cual, después de 25 años de COP y negociaciones, si uno lo compara con lo que estuvo pasando con el clima, la realidad es que no sólo no se lograron estabilizar las condiciones climáticas o las emisiones, sino que todo se fue acelerando.

—Hasta hace unos años, se hablaba como un efecto a futuro.

—Sí, y en eso creo que hubo un problema de interpretación, o quizás fue errónea la forma en que desde el sector científico mostrábamos las proyecciones del clima. Antes se hacía mucho énfasis en cómo podían ser las cosas hacia fines del siglo XXI, sin hacer hincapié en las proyecciones a corto plazo, en lo que podía pasar en los próximos 20 años. Tampoco hubo un planteo contundente de que los cambios que observábamos eran consecuencia de acciones humanas. La realidad es que el avance del conocimiento científico mostró, cada vez con más contundencia, que los cambios que observamos son consecuencia de las emisiones de los gases de efecto invernadero de origen humano y de los cambios en el uso del suelo.

—Sin embargo, hay personas, incluso científicos, que siguen sosteniendo que es parte de un ciclo natural de variabilidad del clima.

—Los análisis que comparan cuánta literatura científica vincula el cambio climático a acciones humanas, en oposición a las posturas negacionistas o escépticas, demuestran que no hay un equilibrio entre ambas posiciones. El 99 por ciento de la literatura científica es absolutamente concluyente con respecto a las acciones humanas como responsables del cambio climático. El tema tiene que ver con que, probablemente, ese 1 por ciento está de alguna forma bien sostenido y financiado, y tiene gran capacidad de comunicación. Esto lleva a la idea de que hay o hubo en el pasado un debate equilibrado entre dos posturas, cuando, en realidad, desde el punto de vista científico ese debate nunca fue tal. En los últimos 100 o 150 años, la postura siempre fue casi unánime respecto de las causas del cambio climático.

—Hablaste de los efectos. ¿Cómo se miden estos cambios?

—Cuando hablamos en términos climáticos, desde el punto de vista de los climatólogos o los especialistas en ciencias de la atmósfera, hablamos de cómo cambian los parámetros que describen el sistema climático, es decir: la temperatura, las lluvias, la humedad, la velocidad del viento, la temperatura y el nivel del mar. Estos son parámetros físicos, medibles con los instrumentos con los que observamos el sistema climático. Después hablamos del tipo de impacto o las consecuencias de estos cambios en los parámetros, y ahí es cuando empezamos a hablar de sequías, desertificación asociada a sequías más prolongadas, inundaciones o el impacto que tienen en la salud, la producción de alimentos y la biodiversidad.

—En el caso de Sudamérica, ¿cuál es el impacto de la emergencia climática?

—En realidad, existen diferencias dependiendo del lugar. En el sudeste de Sudamérica la lluvia está aumentando. Las proyecciones indican que esto continuaría, lo que implica, por ejemplo, ríos más caudalosos, como el Paraná y el Uruguay, todos los que conforman la Cuenca del Plata. Eso va acompañado de eventos extremos más frecuentes, lluvias más intensas, que pueden dar lugar a inundaciones. Pero en otras regiones, como la andina patagónica, esto asociado a una disminución de las precipitaciones y un proceso de retroceso de glaciares muy marcado, que ya está ocurriendo y que con el aumento de la temperatura va a seguir. También hay un aumento de lo que nosotros llamamos variabilidad, es decir, que pasamos de períodos húmedos a períodos secos, períodos en los que llueve mucho y puede haber inundaciones, y al año siguiente puede pasar todo lo opuesto: una baja en la cantidad de lluvias que genere sequías. Eso se ve en el extremo más noroeste de Argentina, en el límite con el sur de Brasil y Paraguay.

—Para esta COP25, la organización a cargo de Naciones Unidas y el gobierno de Chile utilizaron el concepto de “ambición”. ¿Qué era exactamente lo que se esperaba de esta cumbre?

—La COP tenía un objetivo casi central: cerrar algunas cuestiones de la implementación del Acuerdo de París. Principalmente lo relacionado con el mercado de carbono y lo que se conoce como Artículo 6 del Acuerdo. Este artículo establecía cómo se iba a regular el mercado de carbono en términos de transparencia, cómo se iban a contabilizar las emisiones reducidas por los países. Por ejemplo, si un país superaba su compromiso de reducción –porque decía, por ejemplo, que iba a reducir un 20 por ciento y lograba reducir un 23 por ciento–, ese porcentaje adicional podía llegar a ser comprado por otro país, para que fuera contabilizado como una reducción del país comprador. Para establecer este mercado de bonos de carbono se necesitaban reglas de transparencia para que no fuera contabilizada dos veces la reducción por el país que efectivamente emitiera menos y por el que comprara los bonos. Todo ese tipo de cuestión formaba parte del Artículo 6, en el que se reclama una contabilidad y una transición entre el Protocolo de Kioto vigente hasta 2020 y este nuevo mercado de carbono, porque hay bonos que vienen de hace más tiempo. Esto, que claramente está vinculado a temas económicos, fue la discusión que no se logró saldar en esta COP y quedó transferida a la cumbre del año próximo, sin una certeza de que se salde.

—Decías que este es el objetivo central, ¿cuáles son los otros?

—Otro es que los países incrementen su ambición de reducción de gases de efecto invernadero. Si se hiciera a cuenta de los compromisos presentados hasta ahora por todos los países, a fin de siglo el aumento de temperatura respecto del período preindustrial sería todavía de 3,2°C. Muy lejos de lo que establece el Acuerdo de París, que son 2°C, y del objetivo, todavía más ambicioso, de no superar un aumento de 1,5 °C. Lo que se esperaba de esta cumbre era que hubiera realmente una declaración mucho más contundente: no un llamado a los países para que tengan una mayor ambición de reducción de emisiones, sino la exigencia de incrementar estos niveles de ambición. Eso no apareció en el texto de la declaración final. Hay ahora un acuerdo de un grupo de 79 países que sí se comprometen a tener objetivos más ambiciosos de reducción para el año próximo, pero entre ellos suman apenas alrededor del 10 por ciento de las emisiones. Pero la declaración final de la cumbre, por sí misma, es un llamado bastante débil que no logra revertir en nada la tendencia al calentamiento.

—En las negociaciones de la COP25 se vio de forma clara cómo Estados Unidos y Brasil bloquearon las instancias de diálogo.

—Si tuviera que hablar de ganadores y perdedores, por ahora siguen ganando los que ponen obstáculos. Estados Unidos se salió del Acuerdo de París, pero forma parte de la convención y las negociaciones. Además, entre Estados Unidos y China tienen alrededor del 40 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero y ninguno de los dos tiene compromisos claros de reducción. China viene aumentando las emisiones. Estados Unidos las venía reduciendo, pero en el último año las aumentó. Lo que es claro es que sin un compromiso de ellos dos es muy difícil encontrar una solución. También la postura de Brasil tuvo impacto en la COP, al obstaculizar bastante los progresos en términos de las ambiciones de reducción de emisiones. Dentro de América Latina, Brasil, México y Argentina, esta última en tercer lugar, son los tres países con más emisiones de gases de efecto invernadero, por eso el rol de Brasil en el contexto internacional, pero también en el regional, es importante.

—Con esta poca disposición de los políticos –que estuvo desde el inicio–, ¿qué tipo de balance se hace desde el ámbito científico?

—La mirada desde el sector científico es que se logró comunicar de manera contundente los resultados de los informes, de forma que no quedaran en reportes crípticos, sino que distintos grupos, como los jóvenes y los organismos no gubernamentales se apropiaran de ellos. La información logró derramarse y aparecer en los medios, en las marchas de jóvenes, en los discursos de Greta [Thunberg] y personalidades que estuvieron en la COP, como Javier Bardem, que también participó de la marcha que se hizo en paralelo y habló de los informes del IPCC. Lo digo también a nivel personal, pero creo que desde ese lado la ciencia cumplió y alcanzó un objetivo importante, que era que ese conocimiento científico fuera conocido y se lograra comunicarlo. El fracaso vendría de que ninguno de estos grupos logró revertir nada, en el sentido de que realmente se lograran compromisos de reducción de gases emitidos a la atmósfera, que es la cuestión central del cambio climático. Hubo acuerdos de género, sobre el rol de la mujer –no los quiero minimizar: son importantes–, pero no tocamos la cuestión central, que tiene que ver con reducir la emisión de los gases a la atmósfera, lo que requiere modificar la forma en que producimos, la forma en que consumimos. En tanto no logremos cambiar eso, la verdad, es muy difícil pensar que vamos a acercarnos a alguna solución respecto del cambio climático. Como científico, uno siente la frustración de que el lema “Tiempo de actuar” fue sólo eso, un lema que estuvo muy lejos del resultado de la COP.

—Sin acuerdos, ¿qué se puede esperar?

—Nos enfrentamos al doble mensaje de la ciencia. Por un lado, estamos a tiempo todavía de revertir esta situación. Por supuesto que para eso es necesario ejecutar acciones contundentes de reducción de emisiones y pensar estrategias para la remoción de dióxido de carbono de la atmósfera. No sólo tenemos que bajar lo que emitimos, sino pensar cómo remover el dióxido ya emitido, cómo encarar los procesos de reforestación. Sin embargo, de seguir como estamos, con la temperatura en aumento, nos acercamos cada vez más a puntos de no retorno, a impactos que podrían llegar a ser irreversibles. Sobre todo porque son asimétricos: no afectan a todas las regiones ni a todos los sectores por igual. Ese es otro de los aspectos centrales del cambio climático. En esta asimetría no todos sufren las consecuencias por igual. Ahí es donde aparece el concepto de vulnerabilidad: hay regiones y poblaciones que son significativamente más vulnerables a las consecuencias y los riesgos a los que nos enfrentamos. Las regiones costeras sufren el ascenso del nivel del mar y gran parte de la población del mundo vive en ciudades que tienen una baja capacidad de adaptarse, construir estructuras y movilizar a su población a lugares más seguros. También están los procesos de sequía cada vez más prolongados: abarcan extensiones espaciales mayores que en el pasado y ponen en riesgo la seguridad alimentaria, porque disminuye la capacidad de producir alimentos como el trigo, el maíz y el arroz. Todo eso sucederá en un mundo con un aumento en la temperatura no mayor a los 1,5°C. Pero sin la reducción y un aumento de la temperatura que superara los 3°C, los niveles de inseguridad alimentaria serían muchísimo más altos todavía y la condiciones ambientales más favorables a la propagación de enfermedades por vectores, como el dengue, la malaria y el zika.

—Tú has señalado a Uruguay como ejemplo, debido a su cambio de matriz energética, que apunta a fuentes renovables. ¿Qué más se puede hacer desde esta región?

—Es difícil hablar de nuestra región, porque América Latina es muy heterogénea, aun si comparamos Argentina con Uruguay. Argentina tiene Vaca Muerta, con sus reservas de petróleo no convencional y gas, lo que le da una posibilidad de explotación de combustibles fósiles muy importante. Eso está alineado a la política de Estado del gobierno anterior, que el nuevo parece reafirmar. En ese sentido, si bien Argentina emite a la atmósfera algo menos que el 1 por ciento del total de los gases de efecto invernadero, seguir con la política de explotación de combustibles fósiles es trabajar en forma contraria a lo que deberíamos hacer. El objetivo actual de Argentina es, para 2025, generar un 20 por ciento de su energía a través de fuentes renovables. No es un objetivo tan ambicioso; tal vez eso se podría incrementar. Pero por allí, y por las emisiones provenientes de la agricultura y la ganadería, pasa una de las cuestiones centrales. Una no dice que tiene que dejar de haber agricultura y ganadería, sino que hay que pensar las formas en las que se producen. Hay que lograr que sean actividades enmarcadas en una forma sostenible de producir.

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