Explicación de otro amor – Brecha digital

Explicación de otro amor

Sucedió hace tiempo, en Montevideo. Un cometa llegó y se fue igual que un niño. No digo pasó, digo llegó y se fue, aunque sé que él no llega a ningún lado ni se va. Digo llegó, y me refiero solamente a nuestro campo visual. Digo como un niño, porque junto con el cometa llegó a mi cuerpo, que es decir a mi vida, un niño con nombre de piedra.

Dibujo: Ombú.

Yo trabajaba en Brecha, en esa época. El cometa pasó un miércoles de fines de enero. Había bastante trabajo, pero sabíamos también que el fenómeno se repetiría recién muchos años después, así que había que ir. Quedaba poca gente en la redacción. Gatti escribía para Mundo cuando le avisé que nos íbamos a la rambla. Murmuró algo que ahora no recuerdo, siguió con su nota. Ana Inés me llevó en el auto. Cuando me bajé le grité de lejos que algo iba a pasar, algo especial. (Pensé también que algo podría revelar, el cometa. Sé que quise creer, por eso fui. No soy Gatti.)

En la rambla la gente miraba hacia el mar. Algunos tenían largavistas y esperaban. Había todavía lugares libres en el murito y el cielo conservaba mucha luz. A esa hora nadie hablaba del cometa, como si no pasara nada. Aun así, y ya que había ido para verlo, tenía que elegir con cuidado el lugar.

Antes de que llegara la camioneta con el telescopio apareció Venus. Por la tele habían dicho que el cometa se vería cerca del lucero, y buscando a Venus empezamos a hablar, a mirarnos un poco; dudábamos ante esa luz que asomaba impúdica en el cielo pálido de la tarde. Debía de ser, dijimos.

Los del telescopio alborotaban en la vereda. Había varios adolescentes, un niño chico y un hombre joven que desplegaba el trípode e intentaba enfocar. Nos daba tranquilidad, a los demás, saber que había alguien que entendía –si tenía un telescopio debía de entender–, pero nadie dijo nada de eso tampoco.

Mientras el hombre se ocupaba del telescopio, Pedro corría por la vereda, hacía preguntas y no dejaba tranquilo a su padre, que además tenía que cuidarlo de los autos que pasaban cercanos, de que no se asomara mucho por el murito, y todo eso lo puso de mal humor.

Venus brillaba ya entera cuando me senté con Pedro a mirar el mar. Muy baja, una nube ancha y oscura fue tomando de a poco el mismo color del agua, y el horizonte desapareció. Por encima, el cielo claro estaba atravesado por nubes delgadas como líneas que uno podía contar de abajo hacia arriba como renglones y numerarlas. Por encima de la tercera vimos al cometa. Una bomba de humo, dijo Pedro, y eso parecía la cola. Bajaba lento.

No sé cuándo Pedro se acurrucó pegado a mi cuerpo ni supe entonces por qué lo hizo. Recuerdo claramente su cabeza redonda y suave. Recuerdo sus ojos y la boca sin dientes. Me preguntó a dónde va el cometa y qué hacía aquella gente en unas rocas lejanas. Vimos pasar un avión y dijo que si él tuviera uno iría a buscar el cometa. El viento de la rambla no era frío y pensé, cuando le dije que me parecía bien lo de ir a buscar el cometa, que me sentía muy bien con él y que había elegido, sin dudas, un buen lugar. Le pregunté si había visto antes un cometa. Me dijo que sí.

El avión se iba despacio, la gente de la roca pescaba en la distancia. Fue entonces cuando reparé en su boca, mientras me explicaba. En un video lo vi, dijo. Como no tenía ni un solo incisivo, a Pedro se le hacía difícil pronunciar las consonantes y yo veía su lengua vacilando. Él se apoyaba en los gestos de sus manos, que movía como dibujando el aire. El Principito se agarró de la cara del cometa –me dijo–, estaba solo en su planeta, por eso se fue. No había nada en ese planeta, sólo un asiento para sentarse él –siguió mientras sus manos trazaban el contorno liso del planeta, el asiento chiquito–. Y así llegó al desierto. Antes se había caído un avión –aclaró.

Las personas que pasaban miraban el telescopio y dudaban antes de preguntar si había que pagar. Pedro dijo que no, que el telescopio era de su padre y que se podía mirar sin pagar. Nosotros ya habíamos mirado: encerrado en el círculo estricto del lente, el cometa arrancado del cielo –de su paisaje– parecía triste. La cola como de humo, la cabeza sin brillo, sólo eso. Volvimos al murito. Pedro sintió frío o no sé qué. Se sentó en mi falda y puso con las manos, decidido, mis brazos alrededor de su cuerpo. No creo que quisiera dormir.

Pasó ya mucho tiempo. Yo recuerdo a ese niño y sus manos, su manera simple de ser un niño y nada más, él pudo serlo.

Al otro día en el semanario tuvimos el cierre, como cada jueves. Empezaba Carnaval, pasaban los carros para el desfile. Después del cierre y del desfile sucedió. Recibí esa noticia –extraña, inesperada– que iba a cambiar mi vida mucho después, no entonces.

El premio de Casa de las Américas me sorprendió, eso es verdad. Y también lo es que no cambió mi vida entonces. No me convirtió en algo que yo no era, no me reveló alguna cosa que no supiera. Sólo me obligó, pero eso fue después, a responder ciertas expectativas –ni siquiera mías– frente a las cuales me vi, a consecuencia de él. La respuesta que debí dar fue lo que cambió mi vida. No lo que me dijeron el día después del cometa sino lo que me invitaron a hacer y yo acepté. La vida cambia despacio algunas veces.

Ahora escribo poco, igual que antes. Cuando escribo me da por barrer y no sé por qué. Parece que necesitara una prolijidad especial, un orden que me ayude con ellas, las palabras, que me permita ponerlas en donde quieren estar, en donde yo ni nadie les cinche de los pelos y ellas respiren y digan sus asuntos como saben.

Escribo cuando necesito decir alguna cosa o callar muy fuerte alguna otra o la misma. Lo que necesito decir o callar coincide algunas veces con lo que necesita ese texto. Esa secreta coincidencia es rara –difícil de encontrar– y es feliz. Sólo a ella debo atender, en pos de ese feliz encuentro trabajar. No quiero escribir bien (puedo decir sin soberbia que eso ya lo sé); andar pegada a mi verdad, eso quiero, no apartarme. Y esa verdad la saben las palabras; aprendí que son ellas las que saben, no yo. Y no la representan, tampoco, la construyen, me ayudan a descubrirla.

Por último, necesito también cuando escribo un silencio apretado, una distancia. Sería exagerado decir que necesito un silencio del mundo, su lisa muerte. Exagero. Es que hay un exceso siempre, debe haber. Alguna desmesura. No necesariamente en la acción que estoy narrando, sea inventada o no. Acaso en la mirada está la desmesura, en cierta entrega, me digo mientras no encuentro una respuesta mejor. La coincidencia de dos necesidades, su crecimiento compacto, algún exceso ciego que no se sabe tal y late ahí. Eso quiero encontrar, no pido más.

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