A favor de los pequeños

El próximo domingo comienza en sala Cinemateca una muestra del más reciente cine de Portugal, nueve películas que hablan de las consecuencias de aquel “polo portugués” del que hablaba el célebre crítico de Cahiers du Cinéma, Serge Daney, hace ya 35 años. Y es que algo pasa con Portugal y su cine: con una producción pequeña y de recursos que oscilan entre escasos y escasísimos, sigue dando los directores y las películas más arriesgados e innovadores del viejo continente.

John From, de João Nicolau

Algunos países del mundo tuvieron la suerte de tener a sus propios Henri Langlois. Brasil tuvo a Cosme Alves Netto en Rio y a Paulo Emilio en San Pablo; Uruguay, a Manuel Martínez Carril, y Portugal, a João Bénard da Costa. Profesor, ensayista, crítico de cine y, por sobre todas las cosas, director de la Cinemateca de Portugal, Bénard da Costa pergeñó una frase que todavía acecha al cine de su país. De hecho, la frase da título a su libro más célebre: O Cinema Português nunca existiu. Un título tan irónico como aquel del filósofo portugués Eduardo Lourenço (O fascismo nunca existiu), que como toda ironía encierra algo de verdad. Y es que si Lourenço declaraba muchos años después que, a fin de cuentas, era cierto que Salazar fue el dictador más difícil de definir y que sería inexacto encasillarlo únicamente en el término “fascista”, Bénard afirmaba que lo “portugués” del cine portugués era la propia búsqueda –infinita e incesante– de reflejar cinematográficamente la identidad nacional.

En 2007 la Cinemateca Portuguesa había programado, a lo largo del año, una serie de ciclos que asociaban un género a una nacionalidad –Estados Unidos y el western, por ejemplo–. Fiel a su estilo provocador, Bénard cerró el año con 18 películas portuguesas que no se asociaban a ningún género en particular. De este modo, Portugal se sumaba a la lista anterior, haciéndola lucir más o menos así: Estados Unidos y el western, Francia y el polar, Italia y el neorrealismo, los países nórdicos y el cine metafísico, Japón y el cine histórico, Portugal y el cine portugués. Bénard da Costa justificó su elección diciendo que en el cine de su país no predominaba ningún género ni había desarrollado ningún estilo específico propio que hubiera traspasado fronteras. “En lo que se ha destacado el cine portugués, mantuvo Bénard da Costa, fue en retratar Portugal, o mejor: en servir de espejo fílmico al imaginario nacional. El argumento central del curador fue que ‘menos paradójicamente de lo que parece, uno puede decir que el género dominante del cine portugués es el cine portugués en sí mismo’.”2

La concisa historia del cine de Portugal ha sido mil veces contada, como si no solamente el cine volviera sobre la identidad misma de los portugueses, sino la historia del cine sobre sus mitos fundantes. Ese relato, construido sobre todo por Manuel Félix Ribeiro (primer director de la cinemateca) y Bénard da Costa (su sucesor), no da cuenta, sin embargo, del rasgo de identidad más sobresaliente de ese cine. Fue Serge Daney quien lo señaló con mayor precisión: “El rasgo común de los cineastas portugueses (de Oliveira a Reis, de Paulo Rocha a un recién venido como João Botelho) es su integridad de artistas, en el sentido más romántico de la palabra”.3

Pero las críticas a la historia de las historias del cine portugués (se dice como prueba de veracidad del relato de Ribeiro de los primeros cincuenta años del cine portugués que, “como Heródoto, vivió casi todo lo que relata”4) resultan familiares en los oídos montevideanos. Sin ir más lejos, Martínez Carril repetía que la mejor película uruguaya era Un vintén p’al Judas. Considerando que pocos la vieron y que ya nadie la podrá ver –la única copia se perdió, según se dice, en Cuba– será, para siempre, un aserto imposible de rebatir.

¡MANUEL! Probablemente siempre hayan sido los críticos franceses quienes mejor vieron el cine portugués: “En el texto de Daney se caracteriza un polo portugués en el que coinciden cineastas del descentramiento y exiliados como Oliveira, Raúl Ruiz o Wim Wenders. No se trata de un centro de producción –Portugal, con su escasa producción y su inexistente mercado, no podría serlo–, sino más bien de un atractor magnético en el que convergen líneas de fuga, escribe Daney. Tiene una figura principal que atraviesa el tiempo y las edades: Manoel de Oliveira. Y sentencia: Se trata de un mercado dominado por lo americano, de historia complicada, cuyo cine más destacado siempre ha sido el de los francotiradores (António Reis Oliveira). (…) En cuanto a la caracterización de una cierta ‘escuela portuguesa’ –un grupo de cineastas presente de forma regular en festivales internacionales–, Jacques Lemière constata la existencia de una ‘singularidad portuguesa’ basada en un cine de invención formal heredero de la modernidad, absolutamente libre con respecto a los estándares de producción y en el que prima la reflexión sobre la cuestión nacional”.5

Por su parte, fue Pierre Kast quizás el primer crítico en reconocer internacionalmente el cine portugués. En 1964 publicó en Cahiers un artículo titulado “Lettre de Lisbonne”, dando cuenta de la “nouvelle vague portugaise” promovida por cinco autores: Paulo Rocha, Fernando Lopes, José Fonseca e Costa, Manuel Guimarães y António da Cunha Telles.

Sin embargo, Bénard citaba la nómina de Pierre Kast sustituyendo ¿inadvertidamente? a Manuel Guimarães por Manoel de Oliveira.6

Es innegable, sin embargo, el peso determinante de Manoel de Oliveira en la cinematografía lusitana. El centenario realizador atravesó el siglo XX y siguió hacia el XXI flanqueado por grandes directores en su largo camino: João Botelho, João César Monteiro y más acá Pedro Costa, Teresa Villaverde, Joaquim Sapinho y João Canijo hasta llegar a la nueva promoción de directores portugueses que sigue sorprendiendo por su singularidad: João Pedro Rodrigues, Miguel Gomes, Edgar Pêra o João Nicolau, entre muchos otros.

COMPLETISTAS. Las modas en el cine son difíciles de prever. Hace pocos años al mundo le atacó una fiebre justificada por el cine rumano, un poco antes le había tocado a los coreanos y a otras cinematografías nacionales, antes y después. Tal vez sea la extrema singularidad del cine portugués lo que impida ver más claramente la sostenida calidad de esta cinematografía, o tal vez sea que aquella romántica calidad de artistas de la que hablaba Daney los condena siempre un poco a los márgenes. En los últimos pocos años pudieron verse en Montevideo Aquel querido mes de agosto y Tabú, de Miguel Gomes, Morir como un hombre, de João Pedro Rodrigues, Sangre de mi sangre, de João Canijo, Os Maias, de João Botelho, De este lado de la resurrección, de Joaquim Sapi­nho, Cavalo Dinheiro, de Pedro Costa, y muchísimas otras.

Esta nueva Semana de Cine Portugués agrega nueve películas a la nómina. Comienza con John From, de João Nicolau, quien estará presente en Montevideo para presentarla el domingo 11 a las 19.15 en sala Cinemateca y para charlar con el público. Y quizás John From sea una buena manera de abordar esa cualidad excéntrica del cine portugués, en la superficie un relato de un enamoramiento adolescente siempre un poco desplazado. Porque todo ocurre como ocurren las cosas en la adolescencia, es decir, entre la puerilidad y el exotismo. Es la manera como Nicolau retrata a su protagonista, la delicadeza de los encuadres, las explosiones de color, la repetición desde diferentes ángulos lo que transforma a la película en una observación casi de entomólogo, pero exenta de cualquier crueldad o cinismo, como si el enamoramiento de la protagonista fuera devuelto por quien la observa y registra con la misma calidad caprichosa y bella. El ciclo se completa con El dorado XXI, de Salomé Lamas, Aquí en Lisboa, de Dominga Sotomayor, Denis Côté, Gabriel Abrantes y Marie Losier, Montaña, de João Salaviza, Río Corgo, de Maya Kosa y Sérgio da Costa, El espectador espantado, de Edgar Pêra, y la trilogía de Las mil y una noches, de Miguel Gomes.

Gomes, que siempre había soñado con adaptar Las mil y una noches, no encontró mejor manera que hacerlo hablando de la crisis portuguesa. “Si alguien hace una adaptación integral del libro sería un blockbuster. Pero no soy rico. Así que mantuve su compleja estructura, su riqueza, y fui eligiendo historias reales de la crisis portuguesa que tenían tanto dramatismo como surrealismo. Han pasado cosas tan absurdas en mi país que el público sólo las creería si las cuenta Sherezade.”7  

  1. Sala Cinemateca, del 11 al 20 de diciembre, con programación y organización de la productora Vaivém, la embajada de Portugal en Montevideo y el Instituto Camões.
  2. Tiago Baptista, “Nationally correct: the invention of Portuguese cinema” en Portuguese Cultural Studies, vo­lu­­men 2.
  3. Serge Daney, “Les inclassables” en La maison cinéma et le monde. 2. Les Annés Libé 1981-1985. París, 2002.
  4. Paulo Cunha, “Para uma história das histórias do cinema português” en Aniki. Revista portuguesa da imagem em movimento, volumen 3, número 1, 2016.
  5. Fran Benavente y Glòria Salvadó Corretger, “¿Existe el cine portugués contemporáneo? Historia y fantasma entre imágenes” en Archivos de la Filmoteca, número 71, 2013.
  6. Paulo Cunha, ob cit.
  7. “Las mil y una noches de la crisis portuguesa”, El País de Madrid, en ocasión de la presentación de la película en el Festival de Cannes.

*              La autora de esta nota es, además, coordinadora general de Cinemateca Uruguaya.

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