“Feito” en Melo

Hija del norte al fin y al cabo, la capital de Cerro Largo hace su fiesta a ritmo del samba. Baila la gente, entreverada con las “figuras” importadas, presencias que no siempre concitan unanimidad. El corso excluye el concurso, porque si hay algo que el Carnaval no admite son las reglas.

Seguidores de Rapadura de Ossobuco en el carnaval de Melo / Fotos: Sengo Pérez

 

“Cuando tata Dios hizo la Tierra

antes del pecado original

hizo a don Perico Cavadini

para dirigir el Carnaval.”

Años cincuenta: vestido de blanco impecable, sombrero aludo y tocando la trompeta cual arcángel rebelde, Perico Cavadini abre el Carnaval de Melo por la 25 de Mayo sobre un caballo tordillo. Una docena de jinetes galopan a su costado yendo y viniendo, anunciando el comienzo de la fiesta más esperada en la ciudad.

Alguien osa tirarle un poco de agua desde los balcones del artistocrático Club Unión, y la anécdota es recordada hasta ahora en esta ciudad que es puro cuento. “Joda, pero no tanto”, habrá pensado don Perico, humedecido en su amor propio por un chorrito de agua, y sin dudar espolea al caballo haciéndole subir la marmolada escalera para entrar al club repartiendo rebencazos a diestra y siniestra.

El Unión, fundado en 1887, sólo admitía apellidos y profesiones de linaje, nada de obreros ni negros. Los obreros –entendidos como aquellos que desempeñaban tareas manuales– fundarían en 1900 el Centro Unión y Obrero, al que tampoco podían entrar afrodescendientes. La tarea discriminatoria era responsabilidad del portero, que era negro. Cosas de Melo.

Por las razones expuestas, y las ganas de ejercer su derecho a divertirse, en 1923 se funda el Club Uruguay, conocido como “el club de los negros”, donde no podían entrar blancos. “Dicen que hubo un negro con ojos celestes que no tenía adonde ir a bailar en Carnaval, porque no lo dejaban entrar en ningún lado”, es una de las leyendas que se repiten. ¿Será cierta? Nadie sabe, pero es muy posible, porque como dijo alguien: “Hay cosas que sólo pasan en Melo… y en algunas películas”.

A finales de los sesenta y hasta principios de los ochenta estos clubes, a los que se sumaba Casa d’Italia, vivieron su apogeo con interminables bailes que, de viernes a viernes, atraían a visitantes de todo el país. El corso se redujo en esas épocas a una pobre expresión.

Hoy estos clubes representan humanamente la edad que tienen, y agonizan en una sociedad donde ya no tienen cabida. Hoy, también, el desfile ha renacido, suma de varias identidades. Así irrumpen en la ex 25 de Mayo (ahora Aparicio Saravia) murgas, comparsas y escuelas de samba. El calentamiento se hace atrás de la catedral Nuestra Señora del Pilar y San Rafael, que permanece cerrada y sombría, como queriendo estar ajena a esta diversión de gente que, por unos días, olvida las culpas y los pecados. Pilar y Rafael se lo pierden.

SALIMOS. Dolly Porto encabeza una escuela de samba con la que debutará en el Carnaval. “Estoy feliz, siempre quise salir y ahora se me dio.” Dolly tiene 80 años que parecen no pesarle a la hora de deslizarse al ritmo brasileño con la agilidad de una adolescente. Maxi es su acompañante, un joven con síndrome de Down con varios carnavales en las piernas. Más atrás calienta otra comparsa, y al costado se asan los chorizos, a 50 pesos, que harán base en las panzas que recibirán whisky, cerveza, o caña brasileña. Para ayudar a la desinhibición, o por gusto nomás. Para completar, hay cigarros de contrabando a 40 pesos. En la plaza Constitución, la principal y especial por ocupar dos manzanas, un imponente Artigas vestido de estadista permanece ajeno al jolgorio, ya bastante tiene con el gusano loco del parque infantil, que se armó irreverentemente en la plaza.

“¡Juanaaa, Juanaaa! –gritan–. ¡Dale que salimos!” Y Juana no es otra que Juana de Ibarbourou. La poeta de América nunca debió imaginar que contra su voluntad volvería a Melo en otro cuerpo, bailando samba cerca de su casa y de su higuera ya seca.

Veintiuna son las agrupaciones que desfilarán por la principal calle de Melo en un corso que eliminó el concurso para rescatar la espontaneidad. Bailen como quieran, muévanse por donde quieran, es la consigna. La única regla acá es la diversión, y así los protagonistas abandonan la formación para abrazar a algún conocido o acceder a las infaltables selfies sin que estén en juego los puntos.

La calle, angostada por las tribunas y las mesas, no tiene más de cinco metros, por momentos el público parece ser parte del corso y no faltan quienes pegan un salto desde la silla para ensayar en la “pista” unos pasitos de samba o candombe, hasta que la organización amablemente lo pone de nuevo en su lugar.

Una pareja de argentinos que llegaron por error a Melo al confundir la ruta, y entraron por Yaguarón, descubren la ciudad y su Carnaval. No pueden creer cuando ven pasar a la Niña Loly con nuevo look, y menos creen cuando anuncian la próxima participación de Moria Casán y Carlos Perciavalle, en una ciudad cuya existencia desconocían 24 horas antes. La presencia de la mítica ex vedette argentina es cuestionada o apoyada en toda conversación relacionada con la fiesta: “Si estará decadente esa mujer que viene a Melo”, dice algún melense, uruguayo al fin; a lo que el intendente, Sergio Botana, retruca: “Si será grande el Carnaval de Melo, que viene Moria Casán”.

RAPADURA. Lo mejor viene al final, pasada la medianoche, cuando hace su ingreso Rapadura de Ossobuco. Indefinible desde su propio nombre (¿qué tendrá que ver el jugo de la caña de azúcar solidificado con el popular hueso?). El comienzo no es muy prometedor, sin embargo: pronto aparece Pancho Villa, con horas de calentamiento y motivación a fuerza de espumosa cebada fermentada. Parece más interesado en irse a dormir que en bailar las seis cuadras, que le parecen larguísimas, y que opta por caminarlas con algún pasito fuera de ritmo de vez en cuando. Lo acompaña un fiel cactus. Villa es Juan Ramón de León, “Melucho”, de 78 años de edad y 63 de Carnaval, y el cactus es Mateo, su bisnieto, de 14. No tan fiel resultará ser el cactus al revolucionario mexicano; en el segundo día de desfile lo abandonará: “Abuelo, yo me voy pa’ atrás con las gurisas, acá no pasa nada”. Freddy Krugger (Julio Lamello), más movedizo, se desliza con gracia por la calle, haciendo reír a los grandes y llorar a algún pequeño con su letal mano. La movida viene después, con el formato de trío eléctrico: un camión con un equipo de sonido de alta potencia –invento de Salvador de Bahía y ahora también común en el cercano Yaguarón– en cuya parte posterior terribles músicos hacen explotar la Aparicio Saravia, como si el caudillo blanco marchara una vez más rumbo a Montevideo a intentar derrocar a alguno de los Batlle.

Cada año la temática es diferente. Este año es el cine, y los personajes parecen salir disparados como fantasmas buscando espectadores de las salas de Melo cerradas hace años. “Los temas deben desarrollar la imaginación y tener múltiples posibilidades. En años anteriores hicimos el circo y el arca de Noé (el arca de Sié fue la canción emblemática). En esta línea le toca ahora al cine”, dice Sebastián Berriel, de formación circense, responsable de la escenografía, el vestuario y el maquillaje. Sebastián es uno de los cinco fundadores de este grupo que revitalizó el desfile de la capital arachana, que venía medio desgajado, y viaja en el camión como Transformer. Lo acompañan Johnny Ferreira, cantor y compositor, como Neo, de The Matrix, y Ernesto, su hermano, como él mismo, responsable de dar música al grupo, es un tremendo guitarrista. “La base siempre es la misma, el samba, pero cada tema tiene un toque diferente, que incorpora la cumbia, el tango, el candombe, el rock”, me explicó días atrás en la sede del grupo, a pasos del cementerio, donde practican en ensayos abiertos que hacen bailar a los muertos. Roberto Martínez, egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes, es un Tarzán cincuentón, de pulcro y civilizado corte de pelo y lentes oscuros; y Danilo Caballero, profesor de sociología y derecho, va como Emmett Brown, el alocado doctor de Volver al futuro.

Junto a ellos Cruella de Vil, Verónica, tecladista y con un tremendo registro de voz, y Lali Espósito, Vicky, una flaca saltarina llena de vida, con una polenta impresionante en el personaje de monja de la telenovela Esperanza mía. ¿Qué tiene que ver este personaje con el cine?, pregunto. Rapidísimo, Emmet Brown responde: “Yo vengo del futuro y vas a ver que en dos o tres años hacen una película”.

Un faraón completa la barra del camión.

—¿Cuál sos?

—Cualquiera… Un faraón
–dice Jorge.

—¡Bufarraón, serás! –gritan de atrás, haciendo alusión a cierta fama de la ciudad. Santana, bajista, es el Padrino; Gastón, cantor, es Chucky. Completan el cuadro tres calaveras mexicanas percusionistas: Natalia, Alison, y Gustavo.

Durante hora y media, Rapadura de Ossobuco recorrerá el “carnavalódromo” melense interpretando canciones propias que irán repitiendo permanentemente durante el trayecto en la voz de diferentes cantantes.

Sin posición fija, moviéndose por todos lados, las bailarinas se contonean animando a la masa con pasos variados, encabezadas por miss Rapadura, un moreno de metro noventa, Kevin Roy Rodríguez, productor discográfico que se mueve como una pantera y despierta ovaciones.

Llama la atención un John Wayne sin revólver. “Casi traigo el mío, un 38 largo en serio, pero como no tengo permiso capaz que me llevaban preso, así que salí desarmao.”

A unos cinco metros del camión viene la novedad que literalmente puso a saltar a Melo. Más de medio centenar de danzarines espontáneos son apenas contenidos por tres guardias de seguridad a quienes les cuesta poner cara de malos y a los que no les faltan ganas de desertar para unirse al barullo.

Los participantes se han aprendido de memoria las canciones divulgadas en las redes sociales o los ensayos abiertos, y las cantan a viva voz, como si en ello les fuera la vida, llenando los silencios con un coral “¡Rapadura!, ¡Rapadura!”, con la misma pasión del hincha de tablón. Recuerdo entonces a Danilo, días antes, respondiendo a mi pregunta: ¿Cuál es el premio, si no actúan en tablados, en concursos? “La gente en la calle coreando nuestro nombre, las familias bailando… ¿Para qué más?, ¡hace cuatro años nos siguieron treinta y hoy son más de quinientos!”

La regla para participar de este séquito de un rey Momo inexistente es sencilla: quienes se disfracen con el tema del año lo hacen libremente y a los demás les basta comprar la camiseta de la agrupación a 400 pesos.

FIN. El lunes nace y muere con lluvia, apagando implacablemente el fuego de una treintena de mediotanques que venden cerca de 4 mil chorizos diarios y cuyos dueños encuentran en el Carnaval la posibilidad de llenar generosamente la canasta familiar con productos del vecino Brasil. En Melo el contrabando es el más humano de los derechos.

El desfile de ese día es suspendido. Llevada por el intendente, una de las figuras, el rey del café concert, Carlos Perciavalle, recala en el plebeyo bar del Tuna, que cuando quiere abre y cuando quiere no, pero tiene la elegancia de ceder la llave para que la fiel clientela satisfaga la necesidad de tomarse alguna espirituosa. Lo consumido será apuntado por cada quien en un cuaderno y lo pagará en otra oportunidad. La visita real no durará mucho, pero quedará amabilidad de Perciavalle para acceder a las obligadas fotos del recuerdo. Seguirá la barra contándose las historias de siempre, agrandadas por el tiempo. “De tanto escuchar la misma historia ya no sé si me la contaron o estuve ahí”, sentencia un parroquiano con tono grave, como quien dice algo profundo.

Terminará su noche en este bar reservado para hombres otra de las “estrellas”, Julio Ríos, sin su cama solar, para monopolizar la conversación. Tras mil historias de fútbol, la luna es una pelota.

Martes prometedor y noche despejada, Moria Casán entra a la cancha carnavalera. Una celosa cadena de seguridad evita que los peligrosos chiquilines se acerquen a la diva smartphones en mano, mientras la mítica vedette recorre los 15 metros que la separan de un modesto carrito con tracción a sangre. El elegante vestido negro traslúcido deja a la vista que ciertos atributos que la mantuvieron en la cima, aún y tal vez gracias a la ciencia, siguen en buen estado.

Saludos a diestra y siniestra y una permanente sonrisa “botoxística” marcan la larga marcha de seis cuadras, mientras el rey elegido para acompañarla es relegado a arengar a la gente, micrófono en mano, para que no decaiga el entusiasmo. Termina Moria su “histórica” participación y cinco minutos después ya es un recuerdo.

Cierra el desfile Rapadura, y eso es lo que la gente quiere, el viejo Carnaval de calle. Una vez más el pueblo entero ocupa las veredas de la avenida principal, una vez más este pueblo de 50 mil personas –de las que sólo asistieron 7 mil cuando tuvieron al papa Juan Pablo II a la vuelta de la esquina– deja claro que si algo sagrado hay en Melo es el pagano Carnaval.

“Cerro Largo a la manera de Cerro Largo”, fue el eslogan que le bastó al intendente Sergio Botana para dar vuelta un partido que en las nacionales había ganado el Frente Amplio por nueve puntos, para meterle una goleada a una propuesta que desde la lejana Montevideo no sabe descifrar el sentimiento medio anárquico de un departamento con epicentro en Melo. Carnaval a la manera de Melo es este, y no hay ninguno que se le parezca.

Artículos relacionados