Periquita para el siglo XXI

Flor nueva de romances viejos

Quienes habitaron los años sesenta y setenta recordarán a la niña que la editorial mexicana Novaro bautizó como Periquita, pero que, en verdad, se llamaba Nancy. Lo que pocos sabían era que esa niña, que en esta parte del planeta tuvo la mala suerte de parecerse a Mafalda, había nacido en Estados Unidos en la ya lejana era del jazz. Ahora, luego de un largo esplendor y un pronunciado declive, Periquita ha recobrado su brillo –online y de la mano de Olivia Jaimes–, aunque el renacimiento no ha estado libre de misterios y polémicas.

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Periquita siempre hubo que defenderla. Si a nivel internacional perdía en comparación con otras niñas de historieta (como la Pequeña Lulú), imaginen en el Río de la Plata, donde, además, tenía que competir con Mafalda. En realidad, era fácil deshacerse de ella con un revolear de ojos que significara, aproximadamente, «qué pavada». Era una historieta para niños, orientada a desarrollar una situación que luego se resolvía con un chiste, frecuentemente del género conocido como slapstick, o, en criollo, «golpe y porrazo». La típica historieta de la edad de oro del cómic estadounidense: un producto dirigido a entretener y que no soportaba (ni pretendía) una relectura. Sin comentario social, sin sátira, sin moraleja. Para peor, los chistes ni siquiera eran desopilantes, sino, en el mejor de los casos, leve y tontamente graciosos y, en el peor, francamente desconcertantes. Podría decirse que Ernie Bushmiller, su creador, aportaba sólo lo justo, pero lo hacía de tal manera que su tira se transformó en un clásico. Pocos, sin embargo, saben explicar exactamente por qué. Charles Shulz, el creador de Snoopy y Charlie Brown, describió el éxito de Periquita de esta manera: «Todos los diarios cancelan tiras cómicas de tanto en tanto, para hacerles lugar a las nuevas y, a lo sumo, reciben algunas quejas que se van disolviendo con el pasaje de los días. Sin embargo, si cancelaran Periquita, recibirían amenazas de muerte».

Para quienes leímos Periquita en las revistas de Novaro es incluso más difícil entender la verdadera mecánica que hizo famosa a la tira, ya que se hace evidente principalmente en las tiras cortas. Al contrario de lo que sucedió con la tira cómica, que se publicaba diariamente en los periódicos, Novaro empezó publicando Periquita tal y como se publicaba en las revistas Sparkle o Tip Top, con historias más largas escritas por John Stanley y Dan Gormley y personajes agregados, como Rollo, el niño rico, y Olga, la niña que vive en la casa embrujada. Si bien permitían desarrollar algo parecido a una trama, esos agregados le quitaban efectividad. El personaje funcionaba mejor como tira de tres o cuatro paneles, porque estaba orientada al remate con chiste. Tanto era así que Ernie Bushmiller debe ser uno de los pocos historietistas –si no el único– que empezaba dibujando sus historietas por el último cuadro.

Y probablemente ahí esté la razón por la que es posible decir que Periquita es la única historieta de la que no se sabe si primero se lee o se mira, porque se comprende todo al mismo tiempo. El crítico Scott McCloud dijo que era la única que podía publicarse del tamaño de una estampilla e igual se entendería. Pero quien mejor describió esto fue uno de los fundadores de Mad, Wally Wood, que dijo que era más difícil no leer Periquita que leerla (de la misma manera que, una vez que uno aprende a leer, no puede mirar un texto sin leerlo).

Lo cierto es que el personaje pronto se transformó en un ícono de la cultura pop estadounidense, al punto de que tanto Andy Warhol —Nancy, 1960— como Roy Lichtenstein —Reflections on Nancy (Study), 1982— la incorporaron a su obra. Sin embargo, el mayor reconocimiento se lo hizo un diccionario: en el American Heritage Dictionary of the English Language, la definición de tira cómica aparece ilustrada con una de Periquita.

¡AH, EL RESPETO!

No es ningún secreto que Bushmiller no tenía grandes aspiraciones. Hacía exactamente lo que quería, y lo que quería era una tira sin ironía, sin malicia, un mundo seguro donde el chiste estuviera casi cantado. Pero, de tanto hacer eso, logró algo que se encuentra a medio camino entre provocar el consumo irónico y la iluminación. No es casualidad que los fans principales de la tira sean, ellos mismos, creadores de historietas: Matt Groening, Adrian Tomine, Daniel Clowes, Jimmy Goodring y hasta Frank Miller. Se ha dicho de Bushmiller que es un «maestro del minimalismo», que sus tiras son «casi zen» o que es un genio involuntario. Existe, incluso, una sociedad secreta en su honor, una agrupación que se toma el trabajo de intervenir clandestinamente en las convenciones de historietas y las fiestas de la industria sembrando memorabilia, graffiteando baños, pegando pósters y stickers, mandando correspondencia y postales a las revistas especializadas e incluso llegando a cambiar todas las etiquetas de las cervezas de una fiesta sustituyéndolas por unas especialmente creadas para la ocasión y que fundía dos marcas: Busch y Miller.

A Bushmiller, el crítico Dwight Decker lo describió de esta manera: «Una casa dibujada por Bushmiller no es el dibujo de una casa individual que puede o no existir en la vida real, sino un símbolo de todas las casas: es la esencia misma de la casa». Por su parte, Scott McCloud agregó: «Mucho se ha dicho de las tres rocas [que dibuja Bushmiller como fondo]. Art Spiegelman explicó cómo el dibujo de tres rocas en el fondo era la manera que tenía Ernie de decir “hay algunas rocas” en la escena. Pero eran siempre tres, ¿por qué? Porque dos rocas nunca serían “algunas rocas”. Dos rocas serían “un par de rocas”. Por otra parte, cuatro rocas serían inaceptables porque, si bien indicarían “algunas rocas”, incluirían una roca más de lo estrictamente necesario para comunicar la idea de “algunas rocas”. Un panel de Periquita es un concepto irreductible, un átomo, y la tira cómica es la molécula. La destilación del estilo de Bushmiller apuntaba a un solo propósito: producir el chiste diario en la manera más económica posible. Así, observar esos ideales platónicos que creaba Bushmiller se volvió la verdadera historieta.

Luego de la muerte del autor, en 1982, Periquita quedó en manos, primero, de Mark Lasky (quien murió a los seis meses), luego, de Jerry Scott y, finalmente, de los hermanos Gilchrist que, básicamente, rompieron lo que estaba bien sin solucionar lo que estaba mal. Lo peor de todo, seguramente, haya sido el toque sentimentaloide que le impuso Guy Gilchrist a la tira y que culminó (qué indignante) en la última tira que dibujó antes de retirarse. Es que, a modo de despedida, Gilchrist decidió casar a la tía Dorita (rompiendo una tradición de 80 años en los que el personaje había estado de novia) y hacer que todos terminaran bailando al son de los Beach Boys, celebrando ser «una verdadera familia». No se puede ir más bajo.

Olivia Jaimes tuvo que partir de allí y, a pesar de que por contrato no podía hacer aparecer a la recientemente casada tía Dorita por cuatro semanas, era clarísimo que iba a volver a estar soltera. Jaimes es la primera mujer que dibuja a Periquita y nadie sabe mucho de ella, ya que no ha revelado su identidad: Olivia Jaimes es un seudónimo. Ya hace dos años que escribe y dibuja la historieta y, en ese tiempo, ha logrado duplicar el número de periódicos que sindican la tira y multiplicar casi por 700 la cantidad de visitas al sitio de Go Comics, donde se publica online. Para la mayoría, la joven escritora ha sabido encarnar el espíritu de Bushmiller en cuanto al despojamiento y el humor inexpresivo, aunque sus chistes son mucho más sofisticados e ingeniosos. Jaimes hizo un movimiento arriesgado y que ha tenido muchos detractores, aunque es evidente que a la larga ha funcionado bien: situó a Periquita, la tía Dorita y Tito en pleno siglo XXI. Hoy en día, en la tira, la tecnología está por todos lados: Periquita usa celulares, apps, redes sociales, filtros de Snapchat, videojuegos, todo el combo. Estudia robótica, se pregunta qué significado tendrá el like que Tito puso en un posteo o, harta de esperar que pase el tiempo, le quiere aplicar el Faceapp a sus azaleas para que crezcan. Además, especula si ciertos comportamientos en las redes son por culpa de los bots y aplica la metarreferencialidad a menudo, rompiendo la cuarta pared (una característica que comparte con la tira original). De la mano de Jaimes, Periquita tiene asegurado un lugar de importancia en el canon de la historieta del nuevo milenio. No es un logro menor. Y tampoco es menor que, en un mundo en el que los diarios y las tiras cómicas languidecen, sea una tira de la era de oro de los periódicos la que venga al rescate.

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