Flotando flotando - Semanario Brecha

Flotando flotando

The Shape of Water. Estados Unidos, 2017.

The Shape of Water. Estados Unidos, 2017.

Arrasó con los premios allí donde se presentó, con los Globos de Oro y el Oscar como mediático colofón y por tanto pasaporte a un reconocimiento y éxito masivos que, de hecho, ya venía recogiendo desde su estreno. Guillermo del Toro –integrante con Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárruti del trío de mexicanos ubicado en las ligas mayores de Hollywood– ya no es el cineasta “interesante”, jugado pero desparejo de El espinazo del diablo (2001) o El laberinto del fauno (2006), sino un director prolijo, seguro, atento a todos los detalles técnicos y dramáticos de una gran producción, de esas que deben quedar bien –preferiblemente, muy bien– y además atraer a millones de espectadores al cine.

Bueno, lo consiguió. El diseño de producción, la fotografía, la banda sonora de La forma del agua son notables. Su tema –en torno a lo que le pasa a una criatura anfibia extraída brutalmente de su ambiente acuático– le dio pie al fotógrafo Dan Lausten para implementar ese oscuro juego de verdes y azules que evoca directamente un mundo de juegos y de sueños, algo fundamental para entrar en esta fábula. Escrita por el mismo Del Toro y Vanessa Taylor, la historia se encuadra en los primeros años sesenta, en plena Guerra Fría, en la cual un enorme laboratorio secreto, a cargo de vaya a saberse cuál sigla de los servicios de inteligencia estadounidenses, recibe a un ser a medias hombre y a medias pez, hallado en algún río de Sudamérica. Mientras el agente Strickland (Michael Shannon) lo maltrata e incluso tortura, la muchacha de la limpieza, Elisa (Sally Hawkins), desarrolla con el azulado huésped (Doug Jones) una relación primero de amistad y más tarde de amor, amparada por su colega Zelda (Octavia Spencer). Elisa es muda, es huérfana, y vive sobre un cine teniendo como vecino a Giles (Richard Jenkins), un pintor comercial y gay, cuya voz en off relatará, al comienzo y al final, este cuento de seres benéficos y seres maléficos. Porque así se divide el mundo en las fábulas. No sólo Strickland, un malvado de película –que para quedar redondamente retratado, en su vida privada encabeza una familia como las de la revista Selecciones de aquellos tiempos–, milita entre los segundos. También sus jefes, los desalmados espías rusos, el dueño de un café que se presenta primero como amable para revelar en seguida sus sentimientos racistas y homófobos. Mientras que los benéficos son Elisa, claro, Giles y Zelda, un dream team de minorías marginadas –una muda, un homosexual, una negra– capaz, por tanto, de adoptar y defender a alguien que potencia las diferencias al extremo: humanoide, medio pescado, de colores y extremidades raras, sudamericano. Tan sólo uno de los personajes vira de un cuadro al otro promediando el metraje: el espía ruso infiltrado en el laboratorio, que por su condición de científico no puede aceptar la vivisección que se proyecta para el infeliz humanoide. Todo abona la concreción, virtuosa en términos estilísticos, de una fábula para adolescentes con algunos pasos de comedia negra. Como si los niños de E T se hubieran diversificado y crecido, no hasta la madurez sino hasta el tiempo en que aún se elaboran mitos (otros) pero ya tiraniza el sexo, cambiando la llamada del espacio exterior por el agua. El agua, tan nuestra, tan próxima, tan necesaria, tan misteriosa igual. Agua por todas partes; en la piscina del anfibio, en la bañera donde Sally se masturba cada mañana, en su origen, puesto que fue encontrada de pequeña en un pantano, en la tonalidad azulverdosa que satura buena parte de la ambientación, en el desborde que anega un departamento y –broma hacia adentro del mismo filme– empieza a caer sobre el cine de la planta baja. Es una conjetura, pero se me hace que el éxito de esta película se apoya en que tanta agua hace que la percepción de buena parte del público flote –como flota Elisa soñándose en una comedia musical–, dejándose llevar placenteramente hacia territorios infantiles, primigenios, aunque sin dejar atrás, faltaba más, el imprescindible culto a la sensualidad. Propuestas adultas, para otra ocasión.

 

 

 

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