Francisco de las Indias - Brecha
Goa: Instantánea del fin del mundo

Francisco de las Indias

En el templo no cabe un cuerpo más. Lo de las almas es otra cosa. Por ellas habrá que preguntarse en otra parte. Por ejemplo en la pasiva que bordea una de las avenidas cercanas al río. Ahí, entre las columnatas, una aparición de sari violeta espera sentada en una silla de plástico blanco. Cuando se vuelve a mirar, ya no está. Pero si se deja de mirarla, se adivina su presencia con el rabillo del ojo.

Una cuadra más allá el Club Nacional ya no es el centro social de la flor y nata de las familias procedentes de la metrópoli. Ahora se ha reducido a una pequeña cantina en uno de los costados del edificio. La mayor parte de la enorme nave central –de altos cielorrasos y ventiladores de techo tropicales– está ocupada por una improvisada feria de ropa de segunda mano donde las mujeres indias revuelven la mercadería que se ofrece en grandes mesas de caballete por unas pocas rupias. En el pequeño rincón donde sobrevive la vieja cantina todas las mesas están vacías. En la cartelera las fotos de las recientes celebraciones. Tras el mostrador, un hombre de bigote negro y pelo entrecano parece proceder del mismo ámbito sobrenatural que la aparición del sari violeta.

Nada de extrañar. Esto es Goa, a fin de cuentas. Panjim, más concretamente. La ciudad cuya estatua principal es un cura hipnotista poniendo en trance a una joven acólita.

Tierra de vampiros, diría algún lector de José Agualusa, el escritor angoleño que con Un extraño en Goa “volvió a poner a Goa en el mapa literario europeo”, según la marquetinera contratapa de sus editores. En todo caso, un autor dueño de una prosa refrescante y a la vez profunda que no teme meterse con los fantasmas de los colonizadores a la hora de buscar cómo llegar al alma de los antiguos colonizados.

Tierra de vampiros, podría jurarse, sólo de pensar en lo que acaba de ocurrir con esa tienda de venta de antigüedades que ha desaparecido como por arte de magia de un día para el otro. Ayer estaba acá, en esta misma acera, apenas cruzando la calle desde el Club Nacional. El propietario no había dejado que ninguno de sus empleados atendiera al visitante. Se encargó él mismo de mostrarle las piezas de bronce en las que estaba interesado.

—¿Son artesanía local? –había sido la pregunta dictada por la ignorancia.
—No, vinieron de Uganda.
—¿De Uganda?
—Sí, las trajeron los portugueses que dejaron ese país cuando llegó al poder Idi Amín –explicó con gesto ceremonioso. Un gesto que enmarcado entre su barba de chivo y su alta polera negra sólo podía ser definido como transilvano.

Eran dos piezas de bronce. Una representaba un extraño animal, mitad jirafa, mitad oso hormiguero, montando a caballo. La otra era ese mismo animal, pero de pie, tocando un instrumento de viento. Veinte dólares cada una, tras mucho regateo. El visitante no se decidió y sólo llevó la ecuestre. Al otro día quiso volver por la otra pero el alma transilvana se había esfumado. Imposible dar de nuevo con la tienda aunque se contaba con la certeza de que se estaba en la calle y el lugar exactos.

Por eso lo incorpóreo es un asunto sobre el que no hay que decir nada definitivo en Goa. Sí puede decirse, entonces, que en el templo no cabe un cuerpo más.

Los que se han quedado afuera se sientan en los bordes exteriores de las ventanas y estiran el cuello para mirar hacia dentro. Algunos usan sus motos como plataforma. Es hora de la misa vespertina en esa pequeña iglesia blanca y celeste situada frente al correo.

Nada distinto a lo que ha de pasar en las decenas de pequeñas iglesias blancas que salpican la geografía de esa provincia de la India portuguesa. En sus tiempos los católicos eran el 70 por ciento de los fieles. Ahora son la mitad. Los seguidores de Shiva y Vishnu han ido ganado terreno en el medio siglo que ha transcurrido desde que los portugueses dejaron el lugar en 1961.
A sus espaldas dejaron la lengua –que aún hablan los más viejos y muchos de sus descendientes–, la religión exótica de un dios único en una India de miles de dioses, y su aporte al panteón incorpóreo de Goa: la leyenda de Francisco Xavier, el santo jesuita de quien ha tomado su nombre el flamante pontífice católico Francisco I.

Habrá que esperar hasta el año que viene para que sus restos vuelvan a abrirse a la devoción de los fieles, pero ahí están. En un pequeño ataúd de plata ubicado en la Basílica del Buen Jesús, una hermosa iglesia de ladrillo a la vista situada en pleno centro de Goa Velha. Para llegar desde Panjim se requiere recorrer apenas un puñado de quilómetros pero la escuálida y frágil camioneta de Vasco Fernández, que hace las veces de taxi, necesita de casi una hora. No es que maneje con lentitud. Vasco Fernández acelera cada vez que puede, aunque debe alternar sus tramos de velocidad con frenadas bruscas, bocinazos estridentes y adelantamientos en zigzag. Las carreteras de Goa, tan angostas que parece que no van a caber los dos vehículos que transitan sus dos carriles, son un asunto peligroso.

Al llegar a esa antigua capital, abandonada en favor de Panjim para que su población portuguesa escapara de las epidemias, lo que se ve es una aldea-yacimiento. Unas pocas casas habitadas y un gran número de iglesias. La principal es la del Buen Jesús. Adentro, dos mujeres indias se arrodillan delante de todos sus altares laterales. Dejan para el final el que tiene como atracción principal el ataúd de Francisco Xavier. El santo navarro cofundador de los jesuitas ha sido adoptado por los fieles de las Indias, no las falsas de Colón sino las verdaderas de Vasco da Gama. Punto más alto del mundo sacro goano, la devoción que se le profesa está más emparentada con lo mágico de la Edad Media que con este presente que ha quedado a las espaldas del aeropuerto de Panjim. Siempre se creyó que su cuerpo estaba incorrupto y por eso se lo exhibía para que los fieles pudieran verlo y hasta tocarlo. Pero todo lo corpóreo se disuelve con el tiempo y el santo-momia comenzó a descomponerse. Así que se lo ha cerrado a la vista y sólo se lo exhibe –menos que a medias– una vez cada diez años. La cabeza vampírea y las manos artrósicas, todo como salido de un filme de Murnau. Los pies minúsculos al final de un torso y unas piernas de las que se sabe que no queda nada aunque se lo oculte con una túnica labrada. No importa a sus fieles. Corrupto o no, se lo sigue venerando como si permaneciera incorruptible.

A la salida de la explanada de tierra y césped donde se encuentran las iglesias principales de Goa Velha, unos maderos horizontales separan a los visitantes de las personas que intentan vender algo o mendigar una moneda. Es apenas una divisoria simbólica y no debería detener a nadie ya que no se trata de una cerca hecha y derecha, pero su simbolismo ha de pesar ya que nadie la traspasa. Una mujer que ha permanecido callada y quieta, apoyada apenas en una especie de muleta única, se acerca a los pocos visitantes que dejan el área. Cuando compone el gesto para pedir limosna su boca se abre y se ven, diáfanas como debieron de empezar a verse las primeras heridas del cadáver ya en inevitable descomposición de Francisco Xavier, los rastros de la lepra en sus encías.
La putrefacción del cuerpo como camino hacia la comprensión de lo incorpóreo. En esa dialéctica es que Goa sostiene la incomprensible persistencia de esa fe extranjera que fue llevada, tan lejos de Europa, por un misionero español.

“Han ido a buscar su obispo al fin del mundo”, dijo el miércoles el flamante papa, en sus palabras pretendidamente espontáneas, casi mal pronunciadas, pocos minutos después de que se supiera que había elegido el nombre de Francisco y que los vaticanistas más sagaces comentaran en directo que no debía de ser por el de Asís sino por el de Navarra. Al fin del mundo fue el cardenal argentino a buscar su nombre y si alguna vez incluyera a Goa Velha en sus itinerarios de viajes papales, probablemente no llegaría a ver las heridas de esa cruz que porta la miseria en las encías de esa mendiga –imagen arquetípica de la India en ese trozo de India que pretende no serlo– como antes no vio, o fingió no ver, la cruz por la que pasaban sus compatriotas –varios de ellos sacerdotes– en los años de plomo de su Argentina natal, de los que se mantuvo tan convenientemente lejos, pese a estar ahí mismo.

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