Gente decidida

Tres obras: “La fiaca”, “La extravagancia”, “Sálvese quien pueda”.

Opinar en contra de los demás, emprender una acción individual inesperada o hacer lo que nadie piensa que otro tomará por su cuenta nos recuerda la vieja expresión “remar contra la corriente”. Algo de eso sucede con un protagonista que decide no ir a la oficina por tiempo indeterminado, unas trillizas que se enteran de un secreto de familia que las pone en guardia en cuanto al futuro, y hasta con la modesta limpiadora de un teatro que, al faltar los miembros del elenco de un determinado espectáculo, se lanza a entretener a los desprevenidos espectadores.

La fiaca (Notariado), del argentino Ricardo Talesnik, dirigida por Eduardo Virells, trae a la memoria de la platea que tal expresión –que de este lado del río se asocia con el hambre– alude a la falta de ganas de entrar en actividad, estado de ánimo que Norman Brisky se encargó de retratar en el escenario y la pantalla a fines de los sesenta y que, en esta versión, aqueja a Kairo Herrera, ante los sorprendidos ojos de su mujer, su madre, un compañero de trabajo y el enviado de la empresa que se acerca a ver qué le sucede al faltante. Toda una decisión, en verdad, la del hombre alrededor del cual el autor construye una sátira a propósito de las cosas que un ser humano deja muchas veces de lado para cumplir con un empleo que le implica realizar tareas que no lo motivan en absoluto. La ocurrencia de Talesnik, por cierto, mantiene su vigencia a través del asunto en sí y de un quinteto de bien dibujadas siluetas encargadas de descubrirle a la platea parte del mundo en que vivimos, un espacio en el cual cabría hacer cambios. A todo eso apunta el desempeño de Virells, quien consigue un rendimiento bastante homogéneo del elenco que también integran Alessandra Moncalvo, Teresa González, Nacho Duarte y Luis Lage. No acierta, en cambio, al inyectarle a la comedia un perfil costumbrista, cuando en realidad el texto parece pedir los subrayados, exageraciones y el simbolismo de la tal sátira desde el mismísimo momento en que el personaje central dice “¡Tengo fiaca!”. La frase en cuestión está llamada a abrir caminos de contagio para un público que aquí no se involucra como debiera.

La extravagancia (Espacio), del también argentino Rafael Spregelburd, con dirección de Daniel Romano, cuenta con la única presencia de Alicia Garateguy encarnando a las trillizas que, al enterarse de que una de ellas fue, en verdad, adoptada para sustituir a la hermana que falleció al poco tiempo de nacer, mueven cielo y tierra para salir adelante con un asunto que conviene no revelar, pero que alude a todo lo que algunas personas son capaces de poner en práctica para salir ganando. Tal el punto que una gran pantalla ubicada en medio del escenario se encarga asimismo de enfatizar por medio de imágenes de una de las integrantes del trío en cuestión que se desempeña en la televisión. Más allá de las alusiones a los extremos que pueden tocar las relaciones familiares, el texto del siempre inquieto Spregelburd –autor de Lúcido, estrenada entre nosotros hace poco tiempo– esta vez no logra dejar en claro hacia dónde, en realidad, apunta, habida cuenta de omisiones tan inexplicables como las que maneja con respecto a puntos tan dignos de consideración como por qué causa las tres mujeres rechazan al padre y, en especial, cuál es el problema que cada una de ellas tiene con las otras dos. Así se sabría, por ejemplo, qué quieren hacer en definitiva las tres y cada una, de ellas. Todo lo que antecede queda entonces en el aire en una versión que Romano, pese a las mencionadas incógnitas u omisiones, mueve con agilidad, apoyándose en los aportes de las filmaciones de Pablo Alcántara, la solvencia del vestuario de Hugo Millán y los energéticos despliegues de la talentosa Garateguy.

Sálvese quien pueda (del Centro) tiene a Liliana Enciso como única oficiante que atiende a los espectadores y les avisa que, como las actrices todavía no han llegado, ella se va a hacer cargo de entretenerlos, contándoles algunas cosas. El comienzo consigue así un efecto diferente y auspicioso, ya que la intérprete mantiene siempre su probada soltura y es capaz, con o sin libreto –en este caso el libreto y la dirección le pertenecen– de enfrentar cualquier imprevisto con sus ocurrencias, varias de ellas verdaderamente chispeantes. En el presente caso, de todas maneras, es una lástima que no le saque más provecho a la idea del abrupto comienzo y se apure a colocarse un micrófono –que no necesita– y a seguir las reglas de un unipersonal con una banda de sonido ya preparada que le hace perder al espectáculo la espontaneidad insinuada al principio. Una vez más, cabe insistir, se comprueba, no obstante, que Enciso es una comediante tan divertida como solvente en cuanto a conseguir comunicarse con la concurrencia desde el arranque, atributos que debería aprovechar a fondo, participando en buenas comedias –que las hay–, poniéndose a las órdenes de diferentes directores, de manera de enriquecer una carrera para la que cuenta con créditos más que atendibles.

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