«Hay que cortar todos los lazos de complicidad con Israel» - Semanario Brecha
Con Maryam lo Presti, activista gazatí de la diáspora, a 78 años de la Nakba

«Hay que cortar todos los lazos de complicidad con Israel»

Palestina nacida en España, Maryam vivió en Montevideo por razones de estudio en el peor año del genocidio cometido por Israel en Gaza. Antes de regresar a Madrid, habló con Brecha de su experiencia y de sus impresiones sobre la lucha palestina, la diáspora, el sionismo y el campo de la solidaridad en Uruguay, una realidad muy distinta a la que vive en España.

Maryam Lo Presti. Federico Gutiérrez.

Empecemos por lo más personal. Contame de tu familia y tus orígenes.

—Soy palestina de la diáspora, hija del exilio de mi padre, que nació en Gaza, igual que la mayor parte de nuestra familia. Tras la ocupación de 1967, parte de su familia se tuvo que exiliar; pero otra gran parte se quedó y actualmente vive en la ciudad de Gaza, bajo la ocupación y los bombardeos. Quiero recalcar que mi familia es originaria de la ciudad de Gaza; muchísimas generaciones anteriores a mi padre nacieron allí. Pero también es relevante saber que, tras la Nakba de 1948, mucha gente expulsada del resto de Palestina llegó como refugiada; así se creó la Franja de Gaza. Mi padre se exilió en Egipto, ahí conoció a mi madre y juntos emigraron a España, donde nacimos mis hermanos y yo.

En estos dos años, ¿has podido mantener contacto con tus familiares en Gaza?

—No es un contacto diario, pero sabemos cómo están. Ha sido muy difícil. No siempre pueden comunicarse. Y no siempre es seguro decir dónde estás. Han tenido que desplazarse muchas veces, han muerto familiares. Y ahora la gente está muriendo por las condiciones inhumanas: enfermedades, infecciones, no tener comida, agua, medicamentos, vivienda. En verano hace un calor horrible; en invierno, lluvias torrenciales e inundaciones. Hay familiares que en octubre de 2023 consiguieron salir a Egipto, pero luego ya nadie pudo. Y otros, aunque tuvieran la oportunidad de irse, decidieron quedarse en Gaza.

¿Cómo se construyó tu identidad palestina habiendo nacido y vivido en la diáspora?

—Desde pequeña, ser palestina era lo que pasaba en mi casa. Siempre vivimos en una casa muy árabe, en la que se come comida árabe, se escucha música árabe, se leen obras palestinas. Mis padres hicieron mucho para que nos identificáramos como palestinas. Al vivir en un pueblo, yo no sabía que había más personas palestinas en España que vivían lo mismo que nosotros: tener a la familia lejos, en un sitio al que no podía ir a verla, tener miedo a que se mueran…

Estos últimos dos años he pensado mucho cómo fue mi identidad como adolescente o mujer árabe y qué fue lo que hizo que hoy pueda decir con tranquilidad que soy palestina. Porque siempre hubo mucho cuestionamiento ajeno: no eres suficientemente árabe o no eres totalmente palestina, no hablas muy bien el árabe. Yo me crie viendo en Al Jazeera imágenes de los bombardeos a Gaza; no digo que estén normalizadas, pero en nuestra cabeza estaba siempre la posibilidad de que nuestra familia muriera bajo las bombas o que le destruyeran su hogar. Yo nací en 1997, así que viví todos los grandes ataques anteriores (2006, 2008-2009, 2012, 2014, 2021). Por eso sé la mentira que significa un alto el fuego, sé lo que es escuchar a todo el mundo opinando sobre cómo tiene que ser y gobernarse Palestina sin escuchar nunca qué quiere el pueblo palestino. Mucho peor ahora, con el plan imperial de Donald Trump.

¿Y cómo te ha marcado esa identidad en las diferentes etapas de tu vida?

—Aunque España es un país muy pro-Palestina, ser árabe en cualquier lugar del mundo es difícil. La propaganda sionista ha hecho que en Occidente haya un odio casi irracional a las personas árabes y musulmanas. Yo, por mucho que me pueda sentir española por haber nacido ahí y porque gran parte de mi cultura es muy española también, me siento muy árabe. No he sentido la discriminación de una manera muy violenta, pero sí había un cuestionamiento constante; con cada atentado en Europa, se dice que todos los árabes son terroristas y estamos bajo sospecha.

Me mudé a Madrid en 2015, con 17 años, para estudiar Sociología y Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense. Y para mí fue un cambio muy grande. De repente empecé a ver muchas banderas palestinas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Y en España estaban pasando muchas cosas que tenían origen en las movilizaciones del 15M. En noviembre se celebró el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino, y había un montón de estudiantes árabes con kuffiyas, cocinando makluba, poniendo música palestina. Empecé a hablar con ellas y me dijeron: «Sí, somos palestinas de Nablus, de Ramala, de Gaza». Eso me marcó; siempre me he sentido palestina, pero cuando vi a personas de segunda, tercera o cuarta generación decir que eran palestinas me dije: puedo decirlo. Empecé a ver que había un movimiento muy fuerte luchando por la libertad de mi pueblo y entendí que se podía luchar desde fuera de nuestra tierra.

Para ti, como para tanta gente, ¿hubo un antes y un después del 7 de octubre de 2023?

—Aunque este genocidio es muchísimo peor, siempre vivimos bajo bloqueo, bombardeos y con miedo a que maten a nuestra familia. Pero desde el 7 de octubre tenemos que dar más explicaciones: la gente se interesa más o te cuestiona quién eres, a quién apoyas. Hemos tenido que invertir muchísima energía en explicarlo. En mi burbuja activista había apoyo total, pero, fuera de ese espacio, mucha gente venía a preguntar: «¿Es que Israel, el pueblo judío, se merece esto?». De repente, empezó a escribirme gente que nunca me había hablado de Palestina para pedirme que opinara sobre Hamás o sobre la legitimidad de Israel. Se volvió una conversación pública con muchísima ignorancia.

Y muy poca gente nos preguntaba cómo estábamos. Estábamos en duelo absoluto y se nos exigía responder preguntas de cualquier persona del mundo. Teníamos que estar diciendo que merecemos vivir, que merecemos nuestra tierra, al mismo tiempo que están matando a nuestra familia. Y eso aumenta nuestro dolor: ser conscientes de que nos han castigado de por vida a tener este dolor… Siento que han matado una parte de nosotras. Pero, al mismo tiempo, el genocidio me ha dado una vinculación profunda con Palestina. Cada cosa que he hecho me ha acercado más a mi tierra y ha sido un refuerzo de mi identidad. He conocido a tanta gente palestina… y eso me ha hecho muy feliz. Y el mundo está poniendo a Palestina en el mapa.

¿Cómo te vinculaste con el movimiento BDS [Boicot, Desinversiones y Sanciones] en Madrid?

—Conozco el movimiento BDS desde que surge en Palestina y se expande por todo el mundo. Es importante entender que es una estrategia transversal: no se trata de formar parte de una organización llamada BDS, sino de incorporar el BDS a tu trabajo, tu estudio, tu activismo. Y también puedes pertenecer al movimiento que impulsa esta estrategia, como yo decidí formar parte del grupo BDS de Madrid. Hacemos campañas de boicot, investigamos qué empresas financian el genocidio, luchamos por el embargo militar. Y para que la gente integre el BDS en su vida: entérate de cómo financias el genocidio, qué cosas a tu alrededor fomentan el blanqueo del sionismo, y deja de ser cómplice. Si todos contribuimos a perpetuar el genocidio, aun en lo que consumimos, todos podemos dejar de hacerlo.

¿En qué campañas has participado?

—La campaña Fin al comercio de armas con Israel es la que más apoyos ha recogido. BDS Madrid forma parte de la RESCOP [Red Solidaria Contra la Ocupación en Palestina], que está presente en todo el Estado español. Gracias al trabajo conjunto, hemos conseguido que el tema sea debatido en el Parlamento. Gran parte de nuestros impuestos van a esas armas sin que lo hayamos decidido. La campaña ha sido muy fuerte y continúa, porque hay contradicciones entre lo que se percibe sobre el presidente Pedro Sánchez fuera de España y lo que denunciamos desde dentro. Dice que cortó esos vínculos, pero las investigaciones lo desmienten.

Tampoco aplaudimos al gobierno por reconocer al Estado palestino, porque ¿de qué sirve si no rompe relaciones con Israel? ¿De qué sirve que hable en el Parlamento si sigue vendiendo o comprando armas? Hubo movilizaciones populares que impidieron que barcos que transportaban armas pararan en puertos españoles, pero eso tiene que ser una decisión del gobierno. Sánchez ha dicho que es un genocidio, vale; pero ¡deja de ser cómplice! Me sorprende cómo se lo aplaude, cuando los logros no son gracias al gobierno, sino a que el pueblo español se ha movilizado y presionado, y los políticos no quieren perder el apoyo popular.

¿Qué otras campañas demuestran que el BDS ha funcionado?

—Las acampadas universitarias han sido de las más fuertes. No solo por cortar relaciones académicas con universidades israelíes, sino porque generaron una sensibilización enorme en la comunidad universitaria y una gran participación de la juventud. Eso se vio claramente en las manifestaciones. En la web de la Red Universitaria por Palestina verás cuántas universidades cortaron sus convenios con las israelíes, cuántos aportes se ha hecho en formación y en investigación sobre el papel que juegan las universidades israelíes en sostener el régimen genocida.

También ha sido muy fuerte la campaña para expulsar a Israel de Eurovisión, el evento cultural más visto de Europa, y en el que los israelíes no solo participan, sino que son accionistas. Y, aunque no se logró, se consiguió que cinco países anunciaran que no iban a participar del concurso ni a transmitirlo (con el enorme perjuicio económico que eso supone): además de España, Holanda, Eslovenia, Irlanda e Islandia. La televisión pública española anunció que no transmitiría Eurovisión porque Israel participa. Eso ha sido un cambio increíble en la línea de RTVE [Radio Televisión Española].

Y la movilización popular contra la participación de Israel en la Vuelta Ciclista de España fue otro hito muy potente. El BDS tuvo influencia, pero también fue una reacción espontánea. En los pueblos por los que pasaba la Vuelta, la gente se plantaba con banderas palestinas y decía: «Por aquí no va a pasar ningún israelí». Fue algo contagioso que fue creciendo, hasta que, al llegar a Madrid, salieron miles de personas a la calle a bloquear la carrera y se consiguió suspender la etapa final. Los ciclistas israelíes tuvieron que cambiar sus camisetas y quitar el nombre y la bandera de su país. Eso tiene que ser una motivación para quienes dudan si sirve de algo organizarse por Palestina.

Contame cómo ha sido vivir un año en Uruguay, en esta coyuntura.

—Me impactó muchísimo, porque nunca había estado en un lugar donde el lobby sionista tenga tanta presencia y legitimidad. Nunca había visto una manifestación con banderas israelíes, incluso en 18 de Julio. He tenido contacto con los grupos de solidaridad, pero me ha tocado estar un año en espacios institucionales (universidad, gobierno, cooperación) en los que no se habla de Palestina y, cuando se habla, hay muchas voces de apoyo a Israel. Cuando llegué, a principios de 2025, me decían: «No te preocupes, que vuelve la izquierda». Pero he escuchado el discurso sionista en gente del gobierno y del Frente Amplio; incluso escuché en espacios institucionales feministas que Israel tiene derecho a defenderse.

Tal vez la diferencia con España es que allá hay mucha población árabe y palestina. En Uruguay, el lobby sionista es tan fuerte que no te atreves a hablar por miedo a las repercusiones. Estuve en eventos en los que quienes hablaban de Palestina eran las invitadas del exterior, como Yayo Herrero o Michelle Bachelet, que vino con una kuffiya puesta y habló de Gaza, y se percibía un silencio incómodo en el público. En un año casi no he escuchado hablar de Palestina en esos ámbitos. O se habla sutilmente: “Con todo lo que está pasando en el mundo”. ¡Ya dilo de una vez! ¿Cómo se puede hablar de geopolítica mundial sin decir que en Gaza se está cometiendo un genocidio?1 En España se habla de genocidio sin filtro. ¿Qué miedo hay en Uruguay?

No obstante, hubo algunos cambios. En 2025 la Universidad de la República hizo dos cosas importantes: pedir la clausura de la oficina de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación en Jerusalén y rechazar la definición de antisemitismo de la International Holocaust Remembrance Alliance. Hace tres años no habría ocurrido.

—Vale. Pero el sionismo está muy metido en los ámbitos progresistas. No entiendo cómo no les da vergüenza normalizar relaciones con la embajadora de un Estado genocida. En España no vas a escuchar a la izquierda decir que Israel tiene derecho a defenderse. Tampoco entiendo que dirigentes progresistas viajen a Israel, reciban premios de los sionistas y no los hayan devuelto tras dos años de genocidio. En España, ni el PSOE [Partido Socialista Obrero Español] hace eso, solo la derecha. Y la televisión pública muestra lo que pasa en Gaza. No es suficiente, porque España no rompe relaciones, pero entiendo que en Uruguay sobrevaloren a Sánchez, porque, comparado con Yamandú Orsi, hay un abismo.

Y también me frustra no ver un movimiento social fuerte que exija romper relaciones con Israel. ¿Cómo puede ser que se esté exterminando a un pueblo y tu país sea cómplice y no estés quemando las calles, ocupando dependencias oficiales? Para mí, no debería estar permitido manifestarse en apoyo a un genocidio. Hay que conseguir que a los sionistas les dé vergüenza hablar en público. Mientras sigan teniendo voz y legitimidad, estamos haciendo algo muy mal.

Fue interesante que el 29 de enero, en pleno verano, más de 50 personas asistieran al taller que diste sobre BDS en Montevideo. ¿Qué mensaje le das a la militancia por Palestina en Uruguay?

—Que solo con la acción efectiva se va a conseguir que Palestina sea libre. No alcanza con ir a una manifestación: el pueblo palestino nos pide que le apoyemos con acciones directas contra Israel. Lo que tiene impacto es dejar de ser cómplices. El BDS es una herramienta eficiente y tiene que ser adoptada por las organizaciones sociales, los sindicatos, las empresas, las universidades. Hay que bloquear puertos, boicotear empresas sionistas, crear espacios libres de apartheid y genocidio.

Los artistas y el público tienen que entender la importancia del boicot cultural. Hay que educarles para que comprendan por qué no tienen que actuar en Israel ni recibir ningún apoyo israelí. La gente no tiene que escuchar ni recibir a artistas israelíes, salvo que sean antisionistas, apoyen la lucha palestina y lo digan. Lo mismo en el campo del fútbol y el deporte, porque todo eso busca normalizar a Israel y blanquear su imagen.

Nuestra lucha como pueblo palestino es contra el colonialismo y el imperialismo, como luchan los pueblos originarios y las clases populares de América Latina. Es el mismo enemigo. Por eso tenemos que aliarnos. Llevamos años diciendo que lo que se permite en Palestina le va a pasar también a otros pueblos. Ahora ya ha pasado, y la gente se sorprende. A mí me ha sorprendido que haya sucedido tan rápido, porque Trump se siente imparable.

Y hay que hablar fuerte de Palestina en todos los espacios. Porque la lucha palestina es transversal a todas. Si se libera Palestina, será un precedente para la liberación de muchos pueblos oprimidos bajo el neocolonialismo y el imperialismo. La liberación de Palestina va a conllevar muchísimas cosas, por eso tenemos que estar a su lado.

  1. La entrevista fue realizada antes del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán y de la ofensiva en curso contra Líbano. ↩︎

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