A finales de marzo un grupo de millonarios cubanoestadounidenses se reunió en Miami para «apoyar a la administración de Donald Trump en un cambio real y efectivo hacia una Cuba democrática». Puertas adentro, los objetivos de la reunión habían sido más prosaicos. Los debates se habían centrado en la transición económica que deberá emprender la isla luego de la caída del «régimen»; en particular, en lo relativo al pago de las propiedades nacionalizadas por la revolución y el establecimiento de garantías para la empresa privada. Como buenos «patriotas», los asistentes demandaron que ambos procesos transcurran bajo supervisión de Estados Unidos. «Por lo menos, hasta que Cuba se arregle. Una vez que se arregle, yo creo que sola puede continuar», opinó Michael Fux, un empresario colchonero que s...
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