Hay tanto para andar

Recordando a Juan Peyrou.

Los Peyrou: Alberto “Beto” Peyrou y Juan Peyrou, a dúo / Foto: gentileza, famlia Peyrou

El sábado 10 de este mes falleció Juan Peyrou, cuyo estado de salud era muy delicado desde hacía tiempo. Nacido en 1950, tuvo una interesante carrera musical, además de ser ingeniero agrónomo y dirigente de básquetbol. Uno de esos que suelen cantar con otros colegas o, más frecuentemente, sin más acompañamiento que el de su guitarra.

Era poseedor de un estilo refinado, buen ejecutante y buen cantor. Con un registro grave, formó parte del movimiento llamado “canto popular”, que floreció hacia fines de los setenta y un poco más. Editó un disco con el dúo Los Peyrou, junto a su hermano Alberto, titulado Y así seguimos andando (que salió por Sondor; el título es una frase extraída de la milonga “Los hermanos”, de Atahualpa Yupanqui). Más adelante grabarían De viajantes y vagones, para el sello Ayuí. Aparte de su trabajo con Beto, Juan editó un disco solista con arreglos de un incipiente Fernando Cabrera, llamado simplemente Canta Juan Peyrou. Su última actividad artística conocida está vinculada a un grupo con aquella concepción más folclorística regional previa a Los Olimareños y con un curioso nombre: La Tribu de los Soares de Lima. Son todos parientes, y Soares de Lima es el apellido compartido; tienen varias grabaciones; se los puede encontrar en Youtube, además. Entre ellos está Carlos María Fosatti, un cantor de perfil más ruralista, patriótico y asociado especialmente a la mística del Partido Nacional, que también supo entreverarse en aquellos festivales. Recuerdo que, al estar hablando de héroes históricos, se permitía intercalar frases que de otro modo serían inadmisibles en ese momento, como el estribillo de aquella canción sobre Leandro Gómez que decía “Hasta sucumbir, hasta sucumbir, liberar la patria o si no morir”.

Su actividad compositiva consistió, casi exclusivamente, en la musicalización de poemas y en varias coautorías con otros músicos. Los poetas elegidos fueron muy diversos: desde Juana de Ibarbourou hasta Pablo Neruda, Enrique Estrázulas, Miguel Hernández, Líber Falco o José Martí, por citar algunos. Como intérprete de canciones ajenas solía incluir en su repertorio temas de colegas músicos, como Fernando Cabrera, Eduardo Darnauchans, Carlos Benavídez, Abel García y Jorge di Pólito, y también de extranjeros como el portugués José Afonso y Violeta Parra. Todo lo marca como un típico “cantopopu”: el repertorio, la selección de canciones, la preponderancia del uso de la guitarra española y, obviamente, la época en que desarrolló el grueso de su carrera artística.

Recuerdo que solía incluir algún tango en sus actuaciones. Eso era bastante raro dentro del canto popular; por un lado estaba Jorge Bonaldi con sus “tangueces” de corte experimental, que eran canciones con algún aire tanguero, pero que no eran tangos en sentido estricto; hay que decir que algunos arreglos de guitarra de Peyrou tienen puntos de contacto con esas tangueces. Por otro lado, había músicos más tradicionales que solían volcarse a los aspectos más camperos de la canción. Era común incluir candombes (o algo parecido), y algunos ya se animaban a arrimarse tímidamente a la murga (estoy pensando en los años setenta); pero el tango era un bicho raro. Sin embargo, Juan Peyrou era capaz de mechar en sus actuaciones, si la memoria no me falla, versiones bastante tradicionales de tangos tan conocidos como el mismísimo “Vieja viola”. Eso le daba un aire extraño, mezcla de cantor de asados con músico profesional de buen nivel. Creo que ni él mismo se creía mucho lo de su condición de artista, lo que tal vez explique que haya optado por otros aspectos de sus múltiples vocaciones cuando le llegó esa segunda edad de definiciones, que son los treinta y pico.

Sin embargo, ocupó un lugar importante en el canto popular. Recordemos, o informemos para los que no lo vivieron ni lo saben por cuentos, que era una época en que la principal exposición de los cantores era en los muy frecuentes festivales más o menos multitudinarios (canchas de básquetbol con sus tribunas, más las sillas que se ponían en la cancha), en que había seis o siete números de solistas, dúos y grupos, que cantaban unas cuantas canciones cada uno. Eran una verdadera mezcolanza estilística, ya que en un mismo festival uno podía ver a Los que Iban Cantando, a Abel García, al Grupo Vocal Universo, a Santiago Chalar, a Leo Maslíah, Larbanois-Carrero, Los Zucará, Rubén Olivera y Montresvideo (y dejo, adrede, a varios sin nombrar, porque la lista sería eterna) junto a otros menos conocidos pero que aparecían de tanto en tanto en las programaciones. Ahora que lo pienso, tenían algo de tablado: uno iba porque era “hincha” de un par, pero terminaba escuchando, y en cierto modo disfrutando de casi todo, pero especialmente del ambiente que se generaba. En esos festivales era común la presencia de Juan Peyrou, como una especie de comodín al que se podía ubicar, sin que desentonara demasiado, en casi cualquiera de las corrientes dispares que componían ese mar revuelto y lleno de ecos y acoples.

Nunca vi en vivo al dúo Los Peyrou, porque Alberto tuvo que pasar unos años a la sombra, como tantos por aquellos tiempos. Pero recuerdo ver a Juan cantar a dúo, por ejemplo, con Mario Carrero, en una de las tantas ocasiones en que se prohibía la mitad de un dúo, en este caso a Eduardo Larbanois. Cantaron una versión medio improvisada de aquella “Cuando escucho una guitarra eh shote…”, canción made in Tacuarembó. Al terminar los aplausos, Juan bromeó, refiriéndose a Larbanois, con que alguno se iba a quedar sin trabajo esa noche. Nombrar a alguien que no estaba porque lo habían prohibido se consideraba un acto de resistencia. Y lo era; puede sonar exagerado hoy en día, pero no por entonces.

Quedan sus canciones y la pena que generan su ausencia física, y la ausencia de su música en el conocimiento general de los uruguayos. Recomiendo escuchar grabaciones de su canto simple y claro y –especialmente– de su guitarra, de una escuela de arreglos complejos y contundentes que está bastante perdida, pero de la que siempre se podrá seguir aprendiendo. Escuchar y entender la obra de Juan Peyrou es una forma de impedir que se vaya del todo.

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