Con el historiador Nicolás Duffau, sobre la locura

“Hay una continuidad entre los estigmas del loco de hace más de cien años y los actuales”

Con el historiador Nicolás Duffau, sobre la locura

Foto: Pedro Pandolfo

Acaba de publicar “Historia de la locura en Uruguay (1860-1911). Alienados, médicos y representaciones sobre la enfermedad mental”,2 un recorrido por la gestación de la figura del “anormal”, el nacimiento y el desarrollo de la psiquiatría como disciplina, y el vínculo entre esta y el poder del Estado.

—En su libro, habla de la construcción de la figura del loco. ¿Cómo fue ese proceso y hasta qué punto perdura esa imagen hoy en día?

—Lo que planteo en el trabajo es que el loco es una especie de contrafigura de la Modernidad, a la que se le atribuye una serie de comportamientos, conductas y características, que luego se explotan, sobre todo en la prensa ‒y mucho más en la prensa popular, como las revistas satíricas‒, para mostrar todo lo que está mal. En paralelo a esa figura, hay otras representaciones culturales de la época que van de la mano con esa intención: los marginales rurales, los inmigrantes pobres; ellos también tienen determinadas características, que se explotan para demostrar todo aquello que pone un freno a lo que las elites ilustradas entendían que era la Modernidad de Uruguay.También estála prostituta, que es, por un lado, una figura pecaminosa y marginal, y, por otro, alguien que tiene un comportamiento sexual desviado y a quien además se le atribuye una vinculación con la locura, en la medida en que no pone un freno a su comportamiento sexual. En algún punto, todas esas representaciones se tocan, se chocan, van teniendo rasgos comunes. Entonces, se van construyendo determinadas figuras estigmatizadas. Es algo que sale de las cátedras médicas y se divulga en una construcción popular de aquel que está desviado.

Y luego esos estigmas se mantienen a lo largo del tiempo. La apreciación que tenemos hoy de la locura no es la misma que entonces, pero hay una estigmatización de la figura del loco que sigue hasta ahora y se ha impuesto en el modelo manicomial. Este modelo se ha intentado desarmar, pero sigue incuestionable; me refiero a que si pensamos en un loco, pensamos que tiene que estar internado en un establecimiento para que se trate alguna psicopatología. En ese sentido, uno podría establecer líneas de continuidad entre esos estigmas de hace más de cien años y los estigmas actuales.

En el trabajo se observa una batalla importante entre el saber médico y la caridad religiosa, que acompaña cierta tendencia a la laicización y la secularización de la sociedad uruguaya. Pero también hay una pugna importante entre los médicos y los abogados.

—Por un lado, tenemos en la historiografía la imagen muy fuerte de la medicina como sustituta de la caridad religiosa. Y lo que hay, me parece, es una guerra de posiciones. Los médicos de fines del siglo XIX leen muy bien el período, entonces lo que logran es tomar por base esas instituciones caritativas para explotar su potencial, su poder técnico, pero no borran de un plumazo ninguna: le dan una impronta más científica. Yo creo que esos médicos tienen una voluntad y una intención legítima de hacer ciencia, de alcanzar un tratamiento y una cura para distintas manifestaciones psicopatológicas, pero van ganando una especie de guerra de posiciones. Además, son las primeras generaciones de médicos que se vincularon con la vida política. Más allá de su saber técnico, van a adquiriendo cada vez mayor legitimidad en todas las esferas políticas de la época, porque hay médicos batllistas, socialistas, del Partido Nacional.

Lo otro que planteo es que es muy difícil pensar la medicina, por lo menos en el campo de las enfermedades psiquiátricas, donde actúa encerrada en sí misma. Está la sociedad, que mira al loco y no tiene la experticia, pero sabe de medicina a través de esas revistas populares que te explican que si uno se masturba mucho, de forma indefectible va a terminar en la locura, o que si uno consume alcohol todos los días en forma desproporcionada, va a caer en la locura. Y hay un saber ‒(la historiadora argentina) Lila Caimari lo ha llamado “saberes profanos”‒ que va más allá del campo específico.

Por otro lado, he planteado que es muy difícil entender la medicina y el campo de la psiquiatría sin lo jurídico. Tanto médicos como abogados van elaborando protocolos de actuación sobre los enfermos psiquiátricos. Las discusiones sobre cuándo una persona es o no es inimputable dependen no sólo de la pericia médica, sino también de los abogados. Y en esos choques ‒porque son choques permanentes‒, en esas contiendas en las que un juez dice que no le interesa la pericia médica porque el garante de la justicia es él, se va moldeando el campo médico. Es muy difícil entender la psiquiatría de esta época sin el derecho penal y el derecho civil. Es un momento histórico, en el que distintos campos del derecho y la medicina se están consolidando. En un momento, ya la medicina legal va a ser incuestionable, pero va a ser en un período posterior al que estoy trabajando. En la década del 40 o del 50 del siglo XX, la medicina legal tiene una legitimidad ganada, y entonces ambos espacios, ambas disciplinas, colaboran; acá todavía están construyendo ese saber técnico.

También discute con José Pedro Barrán y con Michel Foucault sobre el poder médico. Lo muestra como algo mucho más endeble que lo que ellos presentan.

—Yo lo que discuto, sobre todo con la obra de Foucault, pero también con la de Barrán, es que ese poder médico es poroso: siempre la hegemonía es cuestionada. No porque haya una movilización o una huelga de pacientes o internos, sino porque distintas acciones van erosionando esa hegemonía. Cuando en 1885 un médico resolvía internar a un paciente, era muy común que la familia fuera y lo sacara, se lo llevara. En 1920, eso es impensable. Las familias del siglo XIX son muy reticentes a internar a un familiar, pero ya en 1915, 1920, van a pedir que se haga. Bueno, ahí hay una medicina que se legitima o un poder médico que eventualmente se legitima. Lo que creo es que ese poder médico siempre está en cuestión. El Barrán de Medicina y sociedad en el Uruguay del Novecientos3 es muy distinto al Barrán de años posteriores. Yo discuto, dialogo, sobre todo con el Barrán de Medicina y sociedad… Creo que más tarde, porque era un gran historiador, logró modificar algunas de sus apreciaciones, aunque siguió diciendo que la psiquiatría es la piedra de toque del poder médico, como aparece en algunos de sus trabajos posteriores. Yo creo que todo el tiempo hay cuestionamientos a ese poder médico.

Hay un vínculo muy fuerte entre el manicomio y la cárcel. Existía una zona gris, en la que una persona podía ser enviada a cualquiera de los dos lugares. También es similar la práctica de la clasificación.

—Hay muchos puntos en común. Para empezar, porque ambas son instituciones de reclusión, aunque de naturaleza y características distintas; porque las familias pueden llevarse al interno, pero ninguna familia puede llevarse a un preso. Pero en ambas hay un intento de clasificación y una recurrencia a la laborterapia como una estrategia de recuperación, que además hace de esas instituciones espacios autosustentables. El lavadero del Manicomio Nacional lavaba la ropa de casi todas las instituciones hospitalarias de Montevideo. Que vos tengas un conjunto muy grande de pacientes que lavan la ropa le resuelve al Estado un problema económico. La zapatería del Manicomio Nacional hacía buena parte de los zapatos y las botas para los funcionarios públicos: soldados, policías, barrenderos. Eso es un gasto menos para el Estado, y tenés esa población, a priori considerada improductiva, produciendo y tratando de recuperarse a través del trabajo. Había un convencimiento muy grande de la laborterapia en ese entonces. No había un discurso de rehabilitación, porque no se manejaba el término, pero sí una idea del trabajo, en una sociedad que premia el productivismo, como motor que permite a la población salir de la pobreza y lograr el ascenso social. Y es una estrategia de disciplinamiento: el loco también es díscolo, porque no trabaja, porque es improductivo. A través del trabajo se va disciplinando. Termina convirtiéndose eventualmente en un ser productivo.

1.   Nicolás Duffau (1985) es licenciado en historia y magíster en historia rioplatense por la Udelar, y doctor en historia por la Uba; docente en la Udelar; coordinador del programa de doctorado de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Udelar, y del grupo Claves del Siglo XIX en el Río de la Plata (Csic), junto con Ana Frega.

2.   Csic-Udelar, 2019.

3.             Medicina y sociedad en el Uruguay del Novecientos, 1992, Banda Oriental.

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