Las niñas del naranjel, de Gabriela Cabezón Cámara: Hogueras que siguen flameando - Semanario Brecha
Las niñas del naranjel, de Gabriela Cabezón Cámara

Hogueras que siguen flameando

La escritora argentina ha marcado hitos en la literatura con obras como La Virgen Cabeza y Romance de la Negra Rubia. Su aclamada novela Las aventuras de la China Iron fue finalista en premios como el International Booker Prize y el Prix Médicis. La impronta literaria de la autora, marcada por la exploración en los géneros y en la complejidad de la condición humana, se manifiesta en su última novela, atravesando el relato de la Conquista con una selva sinestésica.

MINISTERIO DE CULTURA DE LA NACIÓN, ROMINA SANTARELLI

Las primeras páginas de Las niñas del naranjel se despliegan desafiantes, en una suerte de enigma que demanda la sintonía de un espíritu lector. Este primer acercamiento no debe interpretarse como un obstáculo; por el contrario, representa una promesa oculta. Poco a poco, con todos los sentidos dispuestos, el relato-selva emerge con una cautivadora potencia, impregnándolo todo de crudeza y ternura.

La novela empieza con una carta en primera persona que está escribiendo Antonio, dirigida a su tía. En la carta, perspectiva interior del personaje durante toda la novela, el personaje irá reconstruyendo sus peripecias desde que escapó de un convento español a los 15 años. Se encuentra prófugo y refugiado en la selva misionera cuando decide iniciar la reconstrucción del relato de su vida. A través del carácter epistolar, y gracias a los vaivenes iniciales en las declinaciones de género, es que, rápidamente, se devela que Antonio, nacido Catalina, tiene su referente en la Monja Alférez, Catalina de Erauso: «Estás viendo que no es tan raro que yo, que fui tu niña amada, sea hoy, si quieres, tu primogénito americano…».

Existe una autobiografía discutida, impugnada y considerada apócrifa de este personaje de rasgos picarescos. Su historia está llena de hechos pintorescos: el juego, arrestos frecuentes y huidas, peleas, muertes, travesías por varios lugares de América y su devenir guerrero, concretado en su participación en la guerra de Arauco. En 1623, lo detuvieron en Perú, y para evitar el castigo reveló al obispo que era una mujer. Después de un examen que confirmó que era «doncella», el obispo la protegió y la envió a España. Allí, el rey Felipe IV la recibió y le permitió mantener su rango militar. Luego, el papa Urbano VIII autorizó que continuara vistiendo uniforme y llevando su nombre por elección. Posteriormente, regresó a América, donde su presencia se difumina. A partir de esta pérdida de rastro es que Cabezón Cámara inicia –continúa, inventa– la historia: en la selva misionera,
Antonio está prófugo y es acusado de un delito del que se dice inocente.

En su huida, no está solo. Michi y Mitãkuña, dos niñas guaraníes, lo acompañan, porque asumió el compromiso de cuidarlas en la promesa hecha a la Virgen del naranjel. Su piel revela el hambre que las ha marcado, y sus ojitos, inquietos, buscan respuestas en Antonio con diálogos atravesados por un rítmico, inocente y profundo «¿Mba’érepa?».1 A su lado, dos monos, Tekaka y Kuaru, una perra llamada Roja y dos caballos completan esta peculiar comunidad interespecie en tiempos de conquista y colonización. Pero el cielo, con un ave carroñera, aparecerá para recordarles la fragilidad de su libertad.

La novela discurre entre distintos registros, voces y puntos de vista. Esta polifonía se sustenta en una estructura triádica. Primero, la carta que está escrita en un español intervenido y que produce, en quien lee, el efecto de estar ante el castellano del siglo XVI. Es importante subrayar que la autora escapa de cualquier intento de arqueología, ya que no busca reproducir una forma antigua, sino, a través de distintos giros y simulaciones –a veces paródicas–, crear la atmósfera que sitúa al personaje. En segundo lugar, el diálogo entre Antonio y las dos niñas hace que los colores, olores, sonidos y sabores tomen detalle y, al mismo tiempo, se expandan dando vida a la selva. Si bien los términos en guaraní que aparecen en estos diálogos no son muchos, tiñen de forma radical la experiencia lectora. Además, hay un narrador externo en tercera persona que cuenta tanto lo que hacen los protagonistas como lo que pasa en el cuartel del que acaban de escapar. Así, el relato de Cabezón Cámara se despliega como un mosaico lingüístico: mientras que el castellano se mezcla con ecos guaraníes, fragmentos en vascuence, reminiscencias del latín y crónicas de Indias, los puntos de vista se multiplican y desbordan lo humano, como cuando irrumpen el jote o las yaguaretesas. Esta diversidad invita a los lectores a navegar por un mar de palabras y perspectivas, cada una contando una historia, cada una esculpiendo una memoria.

Al tomar un personaje vasco tan singular dentro de la historia de la Conquista, que pasó por aventuras y desventuras, crímenes y duelos, improvisación y cambio, y situarlo en la selva, la autora desafía las restricciones impuestas por narrativas hegemónicas, ofreciendo una representación que pone el foco especialmente en las relaciones. Antonio es afectado por la presencia de las hambrientas niñas. Su compañía, sus preguntas y el cuidado mutuo, como masticar la comida antes de dársela a la más pequeña de las dos, lo cambian. Estos pasajes cargados de ternura se mezclan con el proceso de aprendizaje en la selva, que lo lleva a darse cuenta de que la vida es una red de relaciones y que el cuerpo se constituye porque hay vidas múltiples en la naturaleza sin las que sería imposible existir. Los pájaros y las sierpes, las frutas y los frutos, la compañía interespecie y la amenaza se van mezclando con los recuerdos de tal forma que no sería posible un pasado sin la vida en-de la selva. Pero la crueldad y el avance colonial marcan un subtexto iracundo de avaricia que, imponente, todo lo quema. La violencia sostenida contra los cuerpos, la omnipresencia y la ejecución supremacista, el martirio público y la tortura disciplinante se vuelven, por contraste, tan arrasadores como actuales.

Para darle tiempo al espacio silenciado y fundar cronotopías diversas e identidades mutantes, la autora despliega distintos procedimientos poéticos, entre los que se destacan la exploración en la sinécdoque y una magistral capacidad de reinventar el símil. La novela tiene, además, una importante cantidad de referencias intertextuales y, en los agradecimientos finales, la autora las hace explícitas. Vale destacar el diálogo fascinante que se establece con Guimarães Rosa a partir del trabajo con la lengua y, especialmente, con Reinaldo Arenas, sobre todo con la imagen de fray Servando (El mundo alucinante, 1969), cuando se enfrenta a la visión consecutiva de las hogueras. En Las niñas del naranjel el fuego aparece como castigo y purificación, como arma destructiva y estrategia de saqueo, como acontecimiento sin excepción, como olor a carne quemada y a naturaleza en resistencia. «La tierra tiembla. Está tejida de raíces. Se alza. Se quiebra. Todo grita y gime. Sufre. Sangra. Muere. Todo, a las orillas del río. Los blancos, y todos los otros que están con ellos, intentan acordonar la orilla del río: ahí crecen los árboles de flores amarillas. En ese perfume se meten a matar. Algunos, pocos, entienden. Y se dan vuelta. No quieren. La selva los abraza. Los acoraza de hojas mojadas. A los otros, los que siguen adelante, no. Avanzan. Cayéndose. Matando. Muriéndose. Es el oro, se dicen. Y no les importa ni su propia vida.»

Antonio se detiene en los árboles entrelazados que hunden las raíces y se entrelazan para no quemarse y, en esas descripciones intensas, llenas de vidas que importan, Cabezón Cámara demuestra por qué es una de las escritoras sobresalientes de la actualidad: «… mientras escriba estarán a salvo».

1. «¿Por qué?»

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