Íbamos y lo hacíamos – Brecha digital
Con Antonio Dabezies

Íbamos y lo hacíamos

A mediados del 82, antes de trabajar juntos en Guambia, cuando Antonio Dabezies tenía 40 años y Fermín 25, armaron la revista El Dedo. No había sido su primera colaboración, pero sin duda fue una de las más importantes, semilla de una nueva época de la cultura uruguaya. Antonio tuvo la idea, fundó la redacción, puso las herramientas. Ombú dibujó El dedo, ese ícono que fue piedra fundamental de una historia compartida de humor, compromiso, lucha y resistencia.

—¿Cómo conociste a Fermín?

—Él hizo una colaboración para una revista que yo sacaba. El primer número se llamó A, el segundo B, y después la clausuraron. Ombú hizo una ilustración para el segundo número.

—¿Dónde funcionaba esa redacción?

—En mi imprenta. Fueron muchos años, muchas historias. Todo lo editorial que hice fue a partir de esa imprenta. Y bueno, yo no me acuerdo realmente el momento en que nos encontramos, pero supongo que fue ahí en la imprenta que me dio el primer dibujo.

—¿Te acordás de qué año era?

—El 80. Plena dictadura.

—¿Y qué significaba publicar y hacer revistas en ese momento?

—Bueno, en realidad mucho peor era hacer los volantes [risas]. Y una cantidad de cosas que decían que no se podían hacer, pero igual las hacíamos.

—¿Y después? ¿Cómo siguió tu relación con Fermín?

—No lo vi más hasta que salió una revista nueva del Partido Demócrata Cristiano que se llamaba Opción. Yo no podía figurar, porque si no nos clausuraban, pero me quedé como responsable gráfico y armaba un montón de cosas. Entonces me preguntaron qué dibujantes había, a quién podía llevar. Me acuerdo que contesté que a ninguno, que no se podían llamar a dibujantes conocidos. Porque había habido una generación previa de dibujantes que era muy buena pero ya no estaban en el país, se habían exiliado. Así que me puse a buscar a ver si aparecía alguno, y al tercer número empezaron a aparecer varios, entre ellos Fermín, que apareció con Dilo porque hacían entre los dos El manicero. El dibujo era realmente muy bueno, llamaba la atención. Yo sabía que el argumento estaba muy limitado, que no iba a ser ningún panfleto.

—Claro, no se podía.

—No se podía. Pero el dibujo… Y empecé a ver que había muchos dibujantes, y a discutir con la gente del PDC para decirles que tenían que sacar una revista de humor. Y lo consideraron, pero llegaron a la conclusión de que no, de que era muy peligroso y podía significar la clausura definitiva. Entonces me dije, bueno, tengo que hacerlo yo. Me junté con los muchachos dibujantes y les dije que me parecía que era el momento, que podíamos hacer una revista de humor. Empezamos a trabajar, y teníamos tres propuestas de nombres: Guambia, El Dedo, y otro que no me acuerdo. Y estábamos en eso, dudando, hasta que un día apareció Fermín con el logotipo del dedo, y entonces se cerró la discusión. Era una genialidad, hasta hoy es una genialidad, después de todos estos años.

—¿Por qué era una genialidad?

—Por lo que representaba. Realmente nos pareció bueno, porque ese dedo nos permitía imaginar un montón de cosas, desde el dedo en la llaga hasta el dedo en el culo [risas]. Y tuvo un impacto enorme.

—La gente acompañó.

—Sí, de una manera increíble. La verdad es que el único estudio de marketing que teníamos en esa época era que la revista Humor, de Argentina, vendía en Uruguay entre 3 mil y 4 mil ejemplares. Entonces yo dije, si venden 3 mil ejemplares ellos con los personajes de ellos, entonces algo que es de acá, hecho por uruguayos, tiene que venderse. Y ya te digo, fue un impacto increíble. Salió y se agotó al día siguiente. Y ninguno de nosotros era conocido, el único era César di Candia, que es increíble porque todavía vive, ¿no? Ahí está, con más de 90 años. Y bueno, yo puse toda la infraestructura necesaria, las máquinas, las cámaras. En realidad en el primer número vendimos más de 3 mil revistas, porque aprovechamos las impresiones previas, de prueba, y vendimos como 500 más. Fue una base muy buena para sacar el número dos.

—¿Cuántos números tuvo El Dedo?

—Ocho. No, en realidad salieron siete, y el octavo lo censuraron antes de que saliera, la gente no lo vio. Y además hubo dos números especiales, uno de historietas y otro que tenía una recopilación de trabajos de varios dibujantes, de los anteriores y de los nuevos.

—¿Cómo era el proceso de edición?

—El único que tenía experiencia era yo. Los colaboradores, entre ellos Fermín, iban llegando con sus dibujos y sus ideas, y así, en el número dos, ya había personajes y secciones que se repetían. Hacíamos todo en colectivo.

—¿Y las tapas?

—La primera fue de Fermín con base en una idea que se le ocurrió a Hugo Burel. En ese momento Hugo trabajaba más en dibujos que en textos, no era escritor, como ahora. Él tuvo la idea pero dijo: «Creo que la tiene que dibujar Fermín». Y tenía razón, por supuesto.

—¿Qué significaba sacar una revista de humor en ese momento del país?

—Una locura. Es decir, fue de esas cosas que se hacían en ese momento, había que aprovechar cualquier rendija, cualquier lugar donde te pudieras meter.

—¿Y no les daba miedo?

—Esa pregunta me la han hecho tantas veces… En ese momento había una generación que no teníamos miedo, pero no por valientes. Era más que nada porque queríamos hacerlo. Veíamos que podíamos hacerlo y bueno, íbamos y lo hacíamos. Se acabó. Aunque, de repente, nos daba miedo. Yo me acuerdo de algunas noches… pero había que hacerlo. Era así.

—¿Y cuando clausuraron El Dedo qué pasó?

—Se les cayó el alma al piso a todos menos a los que ya sabíamos que nos iba a tocar. Nos habíamos dado cuenta de que no podía durar. Porque ya en el número cinco teníamos de tiraje más de 50 mil ejemplares.

—Impresionante.

—Sí. Nadie iba a tolerar eso.

—Y en ese momento, dentro de los dibujantes que había, ¿en qué se destacaba Fermín?

—Fermín no era de hacer chistes con frases y globitos. No había nacido para eso, lo suyo era otra cosa. Le encantaba dibujar seriamente, era muy culto y refinado.

—¿Cómo empezaron con Guambia?

—Después de pelear en el Ministerio del Interior sin parar, porque yo insistí para que nos dejaran sacar una revista de humor que se refiriera solo a los deportes, que no tuviera humor político. Pero teníamos antecedentes, y uno de ahí me dijo que a nosotros nadie nos iba a dar permiso para sacar una revista. Tenían un legajo con los nombres y los trabajos de todos… Hasta que un día, de tanto insistir, me dijeron que había habido cambios y que el ambiente estaba preparado para que yo sacara una revista, pero no podía figurar. Así que hablamos con Carlos Martins, que era un locutor de la 30 que tenía registrada una revista de canto popular, y volvimos a salir a la calle. A la revista le pusimos Guambia, no lo dudamos, y salió sin permiso y sin aviso. Fijate que El Dedo la clausuraron en febrero del 83, y Guambia salió en julio de ese mismo año. Fue mía hasta el 99, después la marca siguió siendo mía pero salía como un suplemento de Últimas Noticias.

—Y no era solo de deportes [risas].

—No, no, para nada. Había chistes y también muchos textos, mucho periodismo.

—¿Y cuál fue la colaboración de Fermín en Guambia?

—Hizo muchísimas ilustraciones y muchas tapas, algunas realmente históricas y muy buenas.

—Contame detalles.

—Bueno, mi trato con él era muy bueno porque siempre traía algo que te sorprendía, algo diferente. Tenía un gusto exquisito, y eso es algo importante para tener en una revista. Ahora, por ejemplo, que la cultura está tan despolitizada, que todo son formatos importados, copiados, que no aportan nada, todavía lo valoro más. Fermín aportaba siempre. A veces traía cosas que no tenían nada que ver, pero que igual aportaban algo bueno, algo propio y creativo. Eso era lo que siempre me impulsaba a seguir apoyándolo, porque tuvo sus baches. Creo que todos quienes estuvimos a su lado lo sabemos. Aunque no vale la pena detenerse en eso.

—Tenía sus problemas.

—Era muy loco, pero le tolerábamos cosas porque lo conocíamos. Y porque lo queríamos, claro. Pero realmente duele recordar los momentos malos que pasó, y sus crisis económicas. También tenía sus odios totales, contra el maestro Tabárez, por ejemplo [risas].

—¿Y alguna vez hizo algún dibujo que dijeras: «No, Fermín, esto no lo puedo publicar»?

—Hubo varias tapas e ilustraciones que no publicamos, pero no solo de Fermín, de varias personas. Estos días intenté acordarme si había pasado con él, y sé que hubo una tapa que no se la rechacé pero sí le pedí que la cambiara, y tuvo que rehacerla.

—¿Y se enojaba?

—Sí, discutía, se enojaba mucho, pero después se le pasaba. Siempre me la cobraba de alguna manera.

—¿Por ejemplo?

—Y, le pedía algo y me decía: «Claro, ahora esto me lo publicás y aquello no», esas cosas. Había que tomar decisiones, era así.

—¿Y con respecto al humor sexista?

—Bueno, sin duda alguna tuvo etapas en las que estaba muy rayado y aparecía con algo medio zarpado. Sobre todo cuando ilustraba los textos de Juceca, que tenían una ubicación muy especial al final de la revista. Él y Juceca eran como culo y calzoncillo en esa época. Eran muy graciosos. Siempre pensé que un músico tiene la posibilidad de ver la reacción de la gente, pero en el caso de dibujantes, como era Fermín, yo no sé si él sentía ese reconocimiento.

—A pesar del cariño público.

—Sí, eso me quedó sin saber. Si él comprendía que lo que hacía era realmente lindo y bueno.

—No se vanagloriaba de su talento.

—No, nunca. Pero algo tenía que sentir. Porque semejante genio tenía que, por lo menos, cuando se acostaba de noche, poder pensar que lo que había hecho era una maravilla. Pero no te sé decir.

—¿Cuál era la diferencia entre ser un artista popular y un pintor de museo?

—A Fermín lo quería todo el mundo. A pesar de todos sus rayes, de todas las cosas malas y las deudas que tenía de plata, todo el mundo lo quería. Yo nunca sentí una voz que se levantara para decir: «Este tipo está loco, no sirve, no entiendo por qué está en primer plano si no es bueno». Eso no lo escuché nunca.

—Todo el mundo sabía que era un genio.

—Sin duda. Y esa es la diferencia entre un artista popular y un artista de museo. Fermín llegó a la gente, se fue construyendo algo colectivo alrededor de su nombre. Y la revista era su puente, como también Brecha, que le daba prestigio.

—¿Y por qué te parece que la gente lo quería tanto?

—Y, por eso mismo. Es una cosa sin fin, como el huevo y la gallina. No existe una respuesta concreta. Él provocaba respeto, e hizo escuela porque lo que hacía era suyo, era original.

—¿Cuál era su posición política?

—Nunca sabré bien, exactamente. Yo te diría que era progresista, pero a más de eso no me animo.

—No era un tipo orgánico.

—¿Orgánico? No, nunca jamás. Imposible.

—¿Por qué?

—Porque él era él. No se casaba con nadie. Podía reírse de todo, de cualquier persona, de cualquier situación. No tenía problema, no se censuraba, sobre todo desde el punto de vista sexual. Era muy divertido.

—¿Y esa libertad tuvo algún costo?

—Sí, quizá sí. Pero eso está entre las cosas de las que me gustaría hablar y discutir con él ahora. Preguntarle si alguna vez se sintió presionado, por quién y por qué.

—¿Qué se pierde al no tener más dibujos de Fermín?

—Los dibujos de Fermín. Qué te parece.

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