Para que entiendas la confusión, primero tengo que contarte que en Artiga, cuando escuchás la palabra inspector, te tiemblan las pierna. Quieras o no, quién más, quién menos, todos andamo en algún entrevero. Sempre hay un papel que falta. Por ejemplo, inspector de tránsito: te pide patente, seguro y, si lo agarrás bien sesteado, te quiere revisar las luz, los frenos. Los de la DGI vienen de la capital a controlar si los negocio pagan impuesto. Los de salud recorren los carrito de las plaza, fiscalizando si tienen agua para se lavar las mano antes de preparar los baurú. Inspector, en Artiga, es una palabra que da miedo. Por eso, cuando la iscutás, lo mejor es isconderse. Cuando sabés onde istán los de tránsito, esquivás esa calle. Con los de la DGI, la ciudad fica un desierto. Los comercio cerrado. ¡Hasta los negocio del centro! Las automotora, las farmacia… Parece feriado nacional.
Con los del liceo lo mismo. Algún profesor, cuando se entera, se ataca de inspectoritis y no va. Con decirte que hay una de literatura que tiene varias denuncia porque es medio abollada y habla de cualquier bolazo con los gurí envés de dar clase, y no se sabe cómo hace, pero sempre descubre y falta. ¡No la pueden agarrar! Parece el gato y el ratón. Te digo: en este liceo solo se aburre el que quiere.
No te hacés idea del apavoramento que genera sus llegada. Imaginate. Estás en la adscripción. El humito que sube del mate se mezcla con el olorcito a bizcocho recién salido. Meta farra. Entonce, avisan de Secundaria que mañana llega la inspectora de química. Este pueblo es chico. Enseguida se corre la bola. Los conocido se alertan. Al otro día, aparecen los profesor de saco y corbata como para un bautismo, las profe con tremendos peinado. Hasta la directora del liceo cae vestida como para un casamiento.
Me lembro la vez que me contaste que ahí es distinto. Llegada de inspector en el sur es como un día cualquiera. Nadies se ataca de los nervio. Nadies gasta sus peso en tinta y laciado. Él llega a visitar las clase, como si fuera un colega más. Conversa de tú a tú. Dicen que hasta se ríe. Sin embargo, en el norte hacen estragos. Las profesora salen llorando de las devolución. Los mismos que ahí te hacen cosquilla acá te pegan baitas judiada. Asvés me pregunto: ¿será que cuando cruzan el río Negro se cambian los diente de reír por los de morder?
Vas decir que es mentira, pero te voy contar la historia de la mañana de la famosa camioneta.
El día anterior, llamaron de Montevideo para avisar que venía en camino un lote de inspector, porque ahora viajan en patota. Son las nueva moda.
Se armó un teléfono descompuesto. Quien tiene boca se equivoca. Alguien que cuenta para otros alguien. ¡Ya vienen! ¡Se cuiden que está llegando una camioneta tapadita de inspector! ¡Tranquen todo que mañana es la matanza! Se ve que la noticia corrió de barrio en barrio. Pueblo chico, barullo grande. Si vos estornudás en una cuadra, en la otra ya comentan que istás para pelarte, internado en CTI.
Era una mañana fría de junio. Todos parado en la vereda. La directora, la secretaria, los adscripto. Comitiva de bienvenida. Solo faltaba la banda municipal. Llega la camioneta. Era blanca, con un escudo en la puerta. Adentro, un arsenal de cabecitas. El primero que se baja, antes de que la directora lo salude, pregunta qué istaba pasando en el pueblo, porque quisieron desayunar y las panadería estaban cerrada. Quisieron ir en un almacén, ni uno abierto. Parecía día de los muerto. Le pidieron al chofer que agarrara por la Lecueder a ver si encontraban algún boliche para comprar un jugo, unas galleta, yerba para el mate… y nada. Todo todo trancado.
—Buenos días, pasen pasen que ta muy frío –dijo la directora–. No se aflijan, que adentro tenemos todo.
Entramos.
Cuando fui a la cantina a llevar los horario de los grupo para que ellos eligieran a quién ían dar el guadañazo, la inspectora de matemática se mataba de risa cuando la cantinera le contaba que en este pueblo asvés las cosa se confunden. Que, cuando llegó la noticia de que ía venir una camioneta tapadita de inspector de asignatura a visitar los profesor de secundaria de Artiga, alguien, tal vez del susto, de los nervio, entreveró las noticia, cambió las palabra, pensó que eran los de la DGI y que, por eso, todos los comercio istaban trancado con llave, como con miedo que alguien de afuera entre y revise los papel, como si los artiguense se tuvieran escondiendo, con miedo de que alguien descubriera los enredo de este pueblo.







