Itinerarios, encrucijadas – Brecha digital
Con Horacio Tarcus

Itinerarios, encrucijadas

Con su archivo personal como semilla, el historiador argentino fundó, en 1997, el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas, que dirige hasta el día de hoy. También se encuentra a cargo del Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas, iniciativa que cuenta con la colaboración activa de referentes académicos de todo el continente. Tarcus conversó con Brecha acerca de estos proyectos y también sobre su último libro, Las revistas culturales latinoamericanas. Giro material, tramas intelectuales y redes revisteriles.

Pablo Carrera Ose

—En el prefacio del libro manifestás que los primeros estudios sobre revistas latinoamericanas se hicieron en Estados Unidos. A su vez, has dicho que la inspiración para crear el diccionario viene del trabajo pionero del historiador francés Robert Paris, quien recopiló biografías del movimiento obrero latinoamericano. ¿Cuál es la razón de que en el norte nos hayan estudiado antes de que lo hiciéramos nosotros mismos?

—Las grandes potencias imperiales siempre han considerado que su territorio es el mundo, entonces uno se siente un provinciano cuando va a las grandes bibliotecas universitarias o a los grandes archivos universales de Estados Unidos o Europa, que muchas veces han resguardado libros, folletos o cartas que nuestros Estados nacionales no se han tomado el trabajo de resguardar, con honrosas excepciones. Uno quisiera torcer ese destino y plantear políticas de recuperación e intercambio, porque si yo quisiera consultar, desde Buenos Aires, una revista editada en Caracas, me las veo en figurillas: tengo que ir al país en cuestión o instalarme en el Instituto Iberoamericano de Berlín. Lo que planteo es que la tecnología digital algo nos permite reparar, porque después de dos siglos del inicio de nuestros Estados parece tarde para construir grandes bibliotecas universales. En cambio, nuestros portales –entre los cuales Publicaciones Periódicas del Uruguay1 fue pionero– permiten un acceso global. De todos modos, aún tenemos que insistir ante funcionarios y autoridades que esto debería ser una política de Estado. Los funcionarios se llenan la boca hablando de patrimonio cultural y archivos, pero, seguimos sin legislación y muchas colecciones enteras de prensa o revistas se van al exterior porque allí son valorizadas. Es necesario que se definan políticas de Estado para resguardar, preservar, difundir y ofrecer un acceso amplio, sin límites. Estamos muy lejos.

—¿Cómo fue tu experiencia personal al respecto?

—Asumí como subdirector de la Biblioteca Nacional en 2006. Cuando propuse la digitalización y puesta en línea de las colecciones, el director me dijo que no controlábamos las tecnologías, y entonces había que hacer ediciones facsimilares en papel. Yo dije: «Hagamos las dos cosas: copias en papel para el público cercano y ediciones digitales para que en cualquier rincón del mundo se puedan leer las revistas argentinas». No se aceptó, al año renuncié y desarrollé las digitalizaciones de las revistas desde el Cedinci [Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas].

—¿La no aceptación de la propuesta fue el motivo de la renuncia?

—Uno de los principales. En el fondo, fue un choque con políticas llamadas nacionalistas, pero ese nacionalismo es una astucia de la razón del colonialismo, una visión colonizada, pensar solamente en los marcos de tu Estado. Las tecnologías digitales son muy fáciles de manejar, no había ningún riesgo. Los argumentos del director eran débiles: «Las revistas pierden el alma y quedan frías cuando son digitalizadas». Y yo siempre le decía: «Soy un investigador, a veces necesito algo que se publicó en México y me encantaría tenerlo en papel, pero prefiero la supuesta frialdad de la tecnología y poder leerlo a quedarme sin leerlo». Me parece que la posibilidad que tienen nuestros Estados de ponerse a tiro con las grandes bibliotecas está directamente relacionada con la digitalización y el libre acceso a las revistas y a la prensa en general. Es un modo de salvar esa brecha. Por supuesto, esto entra en tensión con todos los servicios de empresas que se dedican a la digitalización y que, por una suscripción de unos miles de dólares anuales, habilitan a tu institución una cantidad de consultas. Así, le tengo que pagar a una empresa europea para leer algo que se editó a la vuelta de mi casa. Lo que puede enfrentar esa privatización de nuestro patrimonio son las políticas públicas. Si esas empresas, por afán de lucro, hicieron buenas digitalizaciones, nosotros, con un sentido de recuperación de nuestro patrimonio, tenemos que hacer lo mismo, pero para difundirlo en forma gratuita. Eso requiere tener funcionarios públicos que lo entiendan, personal capacitado para digitalizar y generar la metadata, que los lectores terminan agradeciendo. El proyecto América Lee2 y el libro sobre las revistas culturales latinoamericanas no son sólo producciones académicas, son parte de una batalla política e intelectual.

—En la investigación afirmás que en los últimos 20 años hubo un renovado interés por el estudio de las revistas culturales latinoamericanas. ¿Qué lo ha provocado?

—Varios elementos. Uno tiene que ver con la disponibilidad de colecciones que, hasta hace pocos años, estaban en manos de algún coleccionista o bajo siete llaves en un instituto: la accesibilidad despierta interés y curiosidad por parte de los investigadores. Otro es la cuestión referida al sentimiento de que estamos frente al cierre de un ciclo. Si bien hay revistas que lograron, a través de su carácter anfibio, pasar del papel a digital (y otras nacen digitales), a fines del siglo XX hubo un cierre en cuanto a lo que significaron las viejas revistas. Creo que tiene que ver con eso a lo que se le dice «el declive de los intelectuales» y cierta concepción de la cultura, y también con la desaparición de las antiguas redacciones como espacio de sociabilidad intelectual y de disputa política. Ya no hay más debates sobre si se traduce un artículo de Frantz Fanon o se publica uno de Ángel Rama. Hoy aparece un evaluador externo que trabaja con el sistema de doble ciego –no sabe a quién está evaluando y el evaluado no sabe quién lo evalúa– y, supuestamente, así se dirime lo que se publica o no. Ya no hay proyectos político-intelectuales de grupos, sino que las revistas se institucionalizan y publican artículos buenos, pero el encanto de esas viejas polémicas ha desaparecido.

En el libro analizo dimensiones internas al campo de estudios de las revistas, que tienen que ver con que no se piensa más la historia de la literatura o la historia de las ideas como la producción de grandes hombres (varones, lo digo conscientemente). Hay un proceso de descentramiento de lo que han sido los cánones de lectura e interpretación: hay un interés por múltiples figuras que quizás no fueron las centrales de un momento, se da relevancia al lugar de escritoras, editoras, ilustradoras que antes estaban invisibilizadas y, en general, se tiende a valorizar toda la trama, la red de la producción cultural más allá de la gran figura. ¿Quiénes constituían la red de José Enrique Rodó o Leopoldo Lugones? Las revistas eran una especie de reservorio de las obras completas. Cuando una figura intelectual fallecía, iban los eruditos a buscar sus escritos menores. Hoy ya no se mira a las revistas como meros reservorios. Las revistas, a fines del siglo XX y principios del XXI, se empiezan a ver como vehículos de movimiento y, en estos últimos años, como sujetos colectivos.

—Sobre esa colectivización en las revistas, hacés referencia a lo complejo de integrar nociones diversas en la búsqueda de consistencia teórica y de un «consenso transdisciplinario». Considerando la diversidad de las demandas sociales instaladas en las últimas décadas, ¿cómo se traslada esa idea de consenso a la conformación de la izquierda?

—Las visiones tradicionales de las izquierdas estaban centradas en el movimiento obrero. Y si bien hay una antigua tradición de mujeres trabajadoras que ocuparon ramas enteras de los servicios o de la industria, la constitución del movimiento obrero tuvo un carácter masculino. Entre las figuras destacadas, casos como los de Virginia Bolten o Carolina Muzzilli fueron excepcionales. Creo que las nuevas miradas comenzaron a aportar una perspectiva de género que enfatiza en la presencia de mujeres obreras que no llegaron a altos cargos, pero que eran mujeres organizadas, activas, a veces sujetas de una doble explotación, la del capital y el Estado, pero también la del varón cercano. Ahora, la perspectiva de género también atañe a los hombres: ¿cómo era esa militancia dominantemente masculina?

Hace poco leí una investigación sobre el gremio de los obreros del dulce en Argentina a comienzos del siglo XX.3 Los varones del gremio se las tenían que ver con un apelativo a la dulzura que no era considerado muy masculino para la época, entonces, la investigadora mostraba cómo tenían que sobreactuar un prototipo de la virilidad para contrapesar el hecho de ser obreros del dulce. Hoy, la nueva agenda política de las izquierdas, al buscar raíces y tradiciones en el pasado, se encuentra con formas de lucha, de denuncia por reclamos de derechos que nacieron en el campo de las izquierdas y en algún momento se perdieron. ¿Por qué las tradiciones se perdieron y se recuperan ahora? Creo que en el momento más dogmático de las izquierdas, que coincide con el apogeo del estalinismo –a pesar de que se trata de movimientos de izquierdas muy amplios y complejos–, buena parte de los movimientos de mujeres, de jóvenes, de artistas, que, de algún modo, se articulaban dentro del espacio de las izquierdas y se vinculaban a la emancipación obrera, se corrieron de los partidos que tenían estructuras fuertemente centralistas y eran profundamente patriarcales (de alguna manera, lo siguen siendo). Eso generó movimientos por fuera de las izquierdas con ideas fuertemente críticas. Muchas mujeres que crearon grupos feministas traían experiencias de izquierda, frustrantes y traumáticas… Mujeres o no. En Argentina, el Frente de Liberación Homosexual intentó acompañar a Montoneros y fue rechazado, luego intentó integrarse a una organización trotskista y les dieron un lugar escondido y vergonzoso. A fines del siglo XX, los vínculos entre los movimientos sociales y los partidos de izquierda fueron tensos. En la construcción del diccionario no queremos hacer una historia partidaria de las izquierdas. Los partidos ocupan un lugar importantísimo, pero cuando le pusimos como subtítulo «Corrientes políticas y movimientos sociales» fue porque pensamos en incluir a todos estos movimientos que, en algunos momentos, articularon con partidos políticos y, en otros, estuvieron enfrentados a ellos. No pretendemos ofrecer biografías lineales, sino presentar, en las biografías, todos los accidentes que necesariamente tiene una vida. Por eso hablamos de itinerarios, porque los itinerarios son intrincados y están llenos de encrucijadas y de decisiones, y a veces hay logros y a veces no, a veces el peso de las derrotas es más grande, entonces te encontrás con militantes que tienen una actividad muy intensa durante muchos años y luego se repliegan sobre la vida privada, y otros que expresamente se apartan de las izquierdas. Pero si esas personas dejaron una huella en la lucha por la libertad y la igualdad, las incluimos.

En cuanto a ser de izquierda, tomamos la definición del historiador francés Jean Maitron, autor del extraordinario Diccionario del movimiento obrero francés, que es muy inclusiva. Él se refiere a hombres y mujeres que desarrollaron una acción social y política en favor de la libertad y la igualdad, ya sea por un período más o menos breve o a lo largo de toda su vida. Puede ser una idea muy general, pero nos permite englobar la pluralidad de movimientos políticos de las izquierdas y la pluralidad de los movimientos sociales, incluso los contemporáneos, porque, si bien el diccionario no tiene figuras vivas, la idea es incluir a militantes que han luchado por aspectos específicos de programas sociales o grupales, que tengan que ver con demandas culturales, ecológicas, en favor de las minorías sexuales, etcétera.

—El diccionario se elabora a partir de personas que integraron movimientos, no de los movimientos como núcleos homogéneos. ¿Ese método les simplifica tratar algo tan complejo como el peronismo?

—Los nacionalismos latinoamericanos en general. ¿Hasta dónde considerar el APRA [Alianza Popular Revolucionaria Americana], que nace en Perú como un movimiento de izquierda y, de algún modo, luego se derechiza? El caso del peronismo es paradigmático. Surge de un golpe de Estado nacionalista en 1943, adquiere un carácter popular el 17 de octubre de 1945, después Perón disuelve el Partido Laborista y persigue a dirigentes obreros opositores, pero en 1955, cuando es derrocado, hay un movimiento obrero que lo reclama y se radicaliza. Mi respuesta ante este dilema es la siguiente: bien se podría hacer un diccionario de los nacionalismos latinoamericanos y ahí entrarían, por derecho propio, Torrijos, Perón, Getúlio Vargas y todas las vertientes nacionalistas, que son muy interesantes y apasionantes. De cara a estos movimientos, un diccionario de las izquierdas, en todo caso, tiene que recuperar sus expresiones de izquierda, que en todos existieron y muchas veces se vieron tensionadas dentro de los propios partidos. Es interesante, a esas figuras, reponerlas en su tensión y en su complejidad. Así el diccionario incluye a apristas como Esteban Pavletich y peronistas como John William Cooke, porque son figuras comprometidas con el pensamiento marxista, por ejemplo. Otras vienen del anarquismo, otras viajaron a Cuba y se comprometieron con la revolución… No se establece una línea automática, no hay un corte quirúrgico entre la izquierda y los movimientos nacionalistas. El diccionario sirve en la medida en que las biografías puedan ser estudiadas comparativamente para establecer generaciones, para saber quiénes participaron de las huelgas obreras o quiénes sostuvieron las luchas por las reformas universitarias. Por lo tanto, es complicado mezclar figuras de otras familias políticas, ya que el proyecto adquiere relevancia si responde coherentemente a estas demandas. Esto nos genera discusiones todos los meses. Tratamos de hacerles entender a los colaboradores que no es un criterio de exclusión política, no es que nos arrogamos decidir quién es de izquierda y quién no como si fuéramos un tribunal, sino que invitamos a reflexionar sobre determinados parámetros de lo que es la cultura de izquierda. No quiere decir que tengamos que poner solamente a miembros de los sectores populares: los movimientos sociales están llenos de figuras que provienen de las clases medias, algunas son profesionales e incluso han llegado a la presidencia. La de Salvador Allende fue una de las primeras biografías que nos llegó y tuvimos el gusto de publicar. Va a estar Liber Seregni, integrante de una franja de militares que rompen con su tradición, se involucran con las luchas populares y están abiertos a leer textos de la tradición socialista.

¿Qué lugar debería ocupar la intelectualidad latinoamericana hoy?

—Creo que debe acompañar a los movimientos sociales, con la autonomía suficiente para señalar sus aporías y callejones sin salida. Me interesa una intelectualidad que puede decir que el PT [Partido de los Trabajadores] es una referencia para América Latina y, a su vez, señalar que ciertas alianzas y políticas que aplicó son inconducentes, o que manifieste que el liderazgo legítimo de Evo Morales no puede ser eterno al frente del gobierno, que al mismo tiempo que reconoce sus enormes méritos le señale que la renovación del poder, dentro del partido y en la esfera del Estado, es necesaria, porque buena parte de estos movimientos se ven trabados en el momento de la sucesión. No podemos tener una izquierda monárquica, con líderes que gobiernan muchos años y eligen a dedo a candidatos que después no resultan reconocidos por los sectores populares. Mi temor es que todo se defina entre una intelectualidad que señale, desde un punto de vista liberal, los problemas de estos movimientos o una que sólo los acompañe y no se atreva a enumerar sus problemas con capacidad crítica y autonomía. Ni los intelectuales populistas ni los intelectuales liberales cumplen a fondo con la función crítica del intelectual, que, en definitiva, es quien dice las cosas incómodas, quien pone en juego su propio prestigio y trayectoria –como Émile Zola con el caso Dreyfus– para asumir una causa pública. La intelectualidad es crítica si señala las cosas cuando están ocurriendo, no con el diario del lunes.

1. Archivo disponible en: https://biblioteca.periodicas.edu.uy/

2. Disponible en: http://americalee.cedinci.org/

3. Disponible en: http://www.archivosrevista.com.ar.ca1.toservers.com/contenido/wp-content/uploads/2015/08/Scheinkman.pdf

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