Luces, de Tom, Cris & Tom

Iujujú

Entre los muchos grupos uruguayos tributarios de estilos internacionales, Tom, Chris & Tom eligieron una veta particular, que va por el lado del bluegrass, el folk y el country. Como uno de ellos se llama Christopher Knuppel y los otros dos son Tomás (Tomás Gaeta y Tomás Urruzola), llegaron, sin tener que mentir, a un nombre bastante convincente para un grupo así, siguiendo la línea de Peter, Paul and Mary y Crosby, Stills & Nash, con la gracia agregada de la repetición del nombre Tom. Leí por ahí en comentarios de la prensa local que los ponen como un trío indie, un poco porque mucho de la escena del indie rock tiene una gran influencia de la música rural y también porque se la asocia con lo acústico y con un espíritu más intimista, que no es para agitar estadios.

Tomás, Christopher y Tomás son, obviamente, curtidores y estudiosos de ese estilo, que yo, en cambio, conozco muy mal. Así que no sabría referirme a influencias particulares ni sabría nombrar las distintas vetas que aparecen en los surcos ni, incluso, los instrumentos. Creo que por ahí hay un dobro y un banjo; obviamente, las guitarras tienen cuerdas de acero, y, por lo demás, escucho montones de esos ruiditos y sonidos característicos que aparecen en las canciones de películas o series con ambientación en el Estados Unidos profundo: slides lánguidos, percusión rústica, un bajo que oscila alegremente entre la fundamental y la quinta de cada acorde, alguna voz que canta: «Iujujú» en registro de falsete o un tipo de llevada como para ir a lomo de un cuarto de milla por un paisaje semiárido, cantando como Buster Scruggs. Algunas canciones tienen una propensión más primitiva: mantienen un mismo acorde básico por varios compases, mientras que otras tienen un perfil más pop. No hay ningún elemento musical específicamente uruguayo. La uruguayez, en todo caso, se cuela en el acento y la actitud del canto, que es discreto, natural, y nunca fuerza la pronunciación ni la gramática como para acercar la canción a referentes estadounidenses.

Las letras hablan de amor, amistad, ocio y naturaleza, y, eventualmente, tienen alguna referencia vaga a la «ciudad». Se ubican en un tono muy justo con el estilo musical. Por ejemplo, si hablaran de que extrañan cabalgar con su corcel por los valles de Alabama, se delatarían como gurises de ciudad de Uruguay haciéndose pasar por vaqueros yanquis. Por otro lado, quedaría raro, también, en un estilo marcado con asociaciones precisas y que no solemos sentir como ecuménico, hablar de las vacaciones en La Pedrera o de los compañeros del IAVA. Ellos se arreglan muy bien con esa restricción, comentando situaciones que son trasladables a cualquier lugar del mundo entre jóvenes con sus sentimientos o sus perspectivas existenciales. La chica que se fue a París pudo haberse ido desde cualquier lugar del mundo que no sea cerca de París. Lo más cerca a una escenografía precisa y local es una canción fantasiosa que lidia con lobos marinos (acompañados por una sirena).

Uno escucha un grupo así, subsidiario de un estilo forjado en un medio lejano y distinto, y, cuando lo compara con los ejemplos auténticos, la diferencia, como es previsible, es gigantesca. En la soltura, en el virtuosismo instrumental y vocal, en el swing. Más allá de eso, Tom, Chris & Tom son músicos consumados. Sin manejar recursos fuera de lo común, cada una de las canciones (los tres aportaron composiciones) tiene un perfil definido y buenas melodías, y no cuesta imaginar que alguna pueda integrarse a la historia afectiva de los seguidores del grupo. «París», por ejemplo, me resulta particularmente conmovedora. La ejecución, aparte de prolija, tiene carácter y dirección. Queda bien claro qué pretenden expresivamente y van todos juntitos en busca de cada uno de los efectos. Lo del sonido acústico con perfil bluegrass define el tono general del disco, pero cada arreglo tiene su formación propia, cada surco emplea alguna sonoridad que no apareció en los demás y refresca la escucha. Las voces son agradables y las interpretaciones fluyen con naturalidad y calidez. La producción de Sebastián Peralta es muy buena.

Algunos reparos: la solvencia de Gaeta, Knuppel y Urruzola en la composición musical no se acompaña de algo comparable en lo literario. Es un déficit significativo en un género en el que las letras suelen tener peso. Si la ejecución de los instrumentos es muy eficiente, no así los solos de guitarra, que son medio elementales. Y el proceso del sonido tiene una compresión un poco excesiva, en una música y una formación instrumental que se beneficiarían con un poco más de aire. Por otro lado, los múltiples recursos musicales que este disco demuestra me generan la expectativa de que sus autores se atrevan en terrenos más complejos, inquietos y originales.

La edición en disco físico es una belleza: el sobre del CD va metido en un cartón plegado, impreso con serigrafía, en el que, de un lado, están todas las letras y, del otro, hay una ilustración que condensa algunos de los asuntos referidos en las distintas canciones. Agrego un aviso inútil: Tom, Chris & Tom van a tocar este fin de semana –sábado 24 y domingo 25– a las 21.00 en Magnolio. Digo inútil porque las entradas ya se agotaron hace varios días. Quienes se enteran recién van a tener que aguardar otra ocasión para verlos en vivo. Pero el ejemplo sirve para señalar que este grupo relativamente nuevo está teniendo una buena y muy entendible repercusión.

*Luces, edición de los intérpretes, 7531-2 (CD), 2019.

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