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La belleza puede más

Cine uruguayo: “Belmonte”

Cine uruguayo: “Belmonte”

No hay duda de que la búsqueda de un lenguaje cinematográfico propiamente uruguayo es una falacia en términos conceptuales, pero, aun así, algo del orden de lo intangible se despierta en la comunicación con nuestro público cuando una película local (o de directores locales) no cede a las formas de la ficción impuestas por el mainstream y se la juega por una narrativa que dialogue con ciertas tradiciones visuales, rítmicas y musicales que impregnan la cultura de nuestro país, o mejor dicho de nuestra ciudad, porque Belmonte es una película netamente montevideana.1 Allí está el teatro Solís, allí está el río, allí las túnicas blancas y las moñas azules, y las construcciones de los años sesenta, y la decadencia de una clase social pseudoburguesa, y el humor amargo del sarcasmo, y los planos largos y tediosos, y el silencio gris que pesa, incólume, sobre los cuerpos. Algo similar, aunque más televisivo y virado a la comedia, ocurre en Todos detrás de Momo, la serie reciente de Stoll y Biniez; uno mira y piensa que ese preciso modo de expresar la vida en imágenes nunca podría ser concebido en otra parte del mundo.

Belmonte, el personaje, está interpretado por el artista plástico y director de arte Gonzalo Delgado. La película parece, de algún modo, retratarlo, situándose en una especie de borde documental: se trata justamente de un artista que pinta hombres desnudos y que desprecia un poco el mundo real. El deseo y el detenimiento con que está filmado el cuerpo del actor, las expresiones de su rostro, las cadencias de sus movimientos parecen emular una verdadera obsesión del director por llegar a la esencia de su alma, por desnudarlo; Delgado se defiende con maestría, y en esa entrega a medias, que nunca llega a serlo del todo, se construye la tensión profunda de la película. La dimensión más ficcional del guion se centra en que Belmonte se encuentra atravesado por una crisis con respecto a sus afectos: su hija, su ex mujer que acaba de quedar embarazada de otro tipo, su padre, su madre, su hermano. Pero las acciones nunca ceden a una lógica exacta de causa-consecuencia; más bien se trata de captar pequeños momentos de intensidad humana en los vínculos, sustituyendo la idea de narrar por la de revelar y descubrir, en cada escena, los problemas, contradicciones y ternuras de los personajes.

Más allá de las resoluciones de guion, entonces, lo que más atrapa de esta película es, tal vez, lo más esencial en términos de aquello que sólo puede el cine, que es la combinación entre imagen y sonido: la armonía de la composición, la capacidad de elegir relaciones entre fondo y figura que sean significativas, una muy elegante concepción del ritmo en el montaje, la elección certera de las músicas (bienvenidísima siempre la voz de Diane Denoir, qué cosa más perfectamente intelectual y hermosa), una austeridad implacable en términos de énfasis dramático y los ojos de esa niñita con su indescifrable misterio. Porque es realmente muy difícil construir un tono en el cine, una pátina estética que lo unifique todo, que logre establecer un enigma y a la vez sostenerlo, desarrollarlo y dejar en el alma de los espectadores un sentido de unidad, de universo cerrado. La sensibilidad de Federico Veiroj es sorprendente, así como su capacidad de trabajo y de obsesión. Belmonte se trata un poco de eso; no será una película hecha para vender entradas, pero justamente nos deja ver que la búsqueda de la belleza, cuando se apropia realmente del alma de un artista, es un don y también una condena.

 

  1. Belmonte. Federico Veiroj, Uruguay, 2018.

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