La canción y el poeta – Brecha digital

La canción y el poeta

Se sabe, aunque se olvide porque se tiende a olvidar las peripecias de un mito, que el cantor empezó como poeta. Tampoco creímos que esa dimensión pudiera estar ausente de este homenaje de Brecha a Zitarrosa, por eso convocamos a algunos de sus pares para que nos dijesen ellos algo sobre su poesía.

A los veintipocos, en 1959, Alfredo Zitarrosa ganó el premio de inéditos de la Intendencia de Montevideo con Explicaciones, un libro que al parecer se extravió o no lo quiso publicar. En el jurado estaban Onetti y Basso Maglio. Salvador Puig, su amigo desde entonces, recordaba la historia en el prólogo a Sonríe, muerte, un librito que estaba listo para publicar en 1962 y, rescatado de su archivo, se publicó en 2011. Aun sin esos datos, la poesía de su canto no fue un secreto y hubo también intentos de estudiarla. Entre otros, Mónica Salinas propuso un libro, Poesía y mito (Seix Barral, 2006), donde analiza literariamente 42 canciones, Martín Palacio Gamboa lo incluye, con “Guitarra Negra”, junto a Federico Ferrando, Saúl Pérez Gadea y Juan Cunha en sus ensayos de Tomar el suelo por asalto (2014). Tampoco creímos que esa dimensión pudiera estar ausente de este homenaje de Brecha, por eso convocamos a algunos de sus pares para que nos dijesen algo sobre su poesía.

¿Y Zitarrosa, qué…?

Pedro Salinas, uno de los dignos representantes de la Generación del 27 en la poesía española, dijo: “Clásico es lo vigente”.

Y uno, acostumbrado por la pereza intelectual a mirar casi con desdén los infolios de recia encuadernación que por lo general atrapan a los llamados “clásicos”, de pronto advierte el acierto del poeta español. Lo clásico es lo vigente. Sí, para mí es mi contemporáneo Homero, o Propercio, o Dante, o Lope, o Cervantes, o John Donne, o Melville, o Lewis Carroll. Tanto como lo son Julio Herrera y Reissig, Carlos Federico Sáez, Felisberto, Idea, Ida y Circe Maia. Zitarrosa es un clásico.

Iba, en Baires, en un taxi, el conductor escuchaba a Zita. “¿Le gusta?”, le pregunté. “¡Es Gardel!”, contestó enfervorizado el taxista argentino. En Medellín, entre fervorosos “paisas” de Gardel, el nombre que funcionaba como sucesor era el de Alfredo. En Río Grande del Sur, territorio poco transitado por Zitarrosa, son un enjambre los cantores criollos que se desviven por parecerse a Zita; imitándole su sobriedad escénica, sus arreglos guitarrísticos, su voz (incomparable). Alguien me dijo que lo mismo pasó en Argentina a la muerte de Gardel, los que intentaron sucederle fueron incontables. La historia prueba que no se repiten. No se repiten los Cervantes, los Dickens, los Dostoievski, los Onetti.

Quienes intenten sucederle corren peligro. Se salvan los que, luego de la fascinación del ídolo, encuentran su tesitura, su color, su arte al fin.

Zitarrosa no siguió a nadie. Gardel tampoco. Zitarrosa escuchaba toda la música. Leía sin pausa, buscaba conocer lo que suponía desconocimiento propio. A nosotros más de una vez nos encargó que le armáramos un programa de lecturas (literatura y música), que ocultáramos lo que él creía ignorancias confesadas.

Pienso que escucharlo como cantor de la noche, como autor de ese monumento poético a la oscurana dictatorial que es “Guitarra negra”, o sus poemas, y sus letras de canciones, sus cuentos y sus humoradas filosóficas, es comprender por qué Alfredo Zitarrosa es un clásico.

Washington Benavides* redactó, apresurado, para Brecha, la de siempre, con afecto y confirmación de lo que ahora suscribe. 26 de febrero de 2016, Montevideo.

* Poeta, recibió el Gran Premio Nacional a la trayectoria intelectual en 2012.

Pienso en “Romance para un negro milonguero”

Zitarrosa es la muestra permanente de una clausura en la música popular uruguaya: la de la dicotomía entre letra de canción y poesía, una discriminación erigida por una cultura letrada y urbana, hoy impugnable –según Luis Bravo– “como una derivación más del ideologema civilización/barbarie, entre otros equívocos producidos durante nuestra modernidad neocolonial”. No ha sido el primero en plantear esa clausura. Ya en la generación pionera de los cincuenta contábamos con Osiris Rodríguez Castillos, Carlos Molina, Aníbal Sampayo, Amalia de la Vega. Pero es en Zitarrosa donde genera, de un modo programático, un espacio de enunciación en el que se despliega una subjetividad capaz de formular enlaces constructivos y productivos entre el pasado y el presente, para hacer estallar un tiempo-ahora retenido en las visiones constituidas e instituidas por los relatos maestros de la ciencia social y de la política. Pienso en este momento en “Romance para un negro milonguero”, grabado en 1972 por el sello Microfón, Argentina. Desde sus dispositivos retóricos, hay una notoria influencia de los textos negristas de Ildefonso Pereda Valdés y Nicolás Guillén, y no sólo por la musicalización elegida que va de la milonga tangueada al son. Esa influencia también se hace evidente cuando se la asocia con las palabras-llave en el plano del contenido (el anafórico “negro”, el campo semántico que engloba la palabra “armas”) y todo el universo evocado por ellas, aflorando de inmediato a la conciencia la “africanidad” (impresionista, y no necesariamente etimológica) de todo el vocabulario “exótico” (por la ajenidad al referente evocado desde la escucha institucionalizada) de la composición: candomblé, yacumenza, bembé, coba, macumba, zulú. Se trata, pues, de unos complejos acústicos que por su configuración fónica (y, consecuentemente, por su estructura fonemática, ya que se los interpreta como signos lingüísticos) se imponen como la presencia de un Otro que circula por los intersticios de los informes oficiales de una historia blanqueada, cual si fueran los trazos de un palimpsesto. Y en ese palimpsesto que perturba las categorías de nación, a partir de la corrosión de las nociones de mestizaje, identidad y lengua, es posible pensar la poética de este texto de Zitarrosa (tan cercana a otros como “Milonga madre”, “Doña Soledad”, “Guitarra negra”, “Mire amigo”, “Milonga cañera”, “Yo sé quién soy”, “Carta a doña Tomasa”) como un dislocamiento de las cartografías desde las cuales se han definido el centro y la periferia de nuestra –ya periférica– modernidad.

Martín Palacio Gamboa*
* Músico, poeta, ensayista y traductor, nacido en 1977, Montevideo.

Aquel caudal de lírica in voce

Me pregunto qué decir sobre la “cualidad lírica” de la creación de Zitarrosa porque esa es la pregunta que hace Brecha; una pregunta que nunca me hubiera hecho. ¿Y por qué nunca…? Porque el registro del cancionero de Zitarrosa –fragmentado como ha quedado en la memoria– es todo él todavía, aunque deshilachado, un tesoro cuya realidad nunca hubiera requerido pruebas. Aquel caudal de lírica in voce, ahora interpelado de repente, libera versos y frases sueltas –“amor que no da nada, no es más que puro capricho”; “porque amar y cantar, eso cuesta”; “si eso es verdad se puede/ amar y ser desdichado”; “zambita, cantá”; “milonga de ojos dorados/ cantale a la que yo quiero (…) igual que tu melodía/ cantándome en el oído (…) pero cantando conmigo/ irán tus ojos a hablarle de mí”. Lo primero que retorna es eso: el recuerdo de aquella voz –su timbre, su temblor– en la empuñadura del canto y el amar, siempre asediado éste, el amar, por la palabra que precisa decirlo y encontrarlo. Lo primero que retorna es aquel denodado afán ¿órfico? tras (acaso buscando redimir, además) todo amor en escala de música. Ese el suelo del primer Zitarrosa evocado. Su nave central. Cuaderna vía a su altar laico. Porque hay –hubo– composiciones que religaron corazones en diáspora y subjetividades partidas. Composiciones como “La canción quiere” (“quiere ser flor/ y se cierra/ como un puño”) y, sobre todo, “Guitarra negra” (“cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra… cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos; mi certeza de amarte como pocos…”), que postularon códigos de una comunidad imaginada que se quería solidaria tanto en la adversidad colectiva como en el abismo de lo intrasferible (“de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, incomprensible, absurdo”), y que, íntima, votaba comunión en la voz de Zitarrosa.

La voz de Zitarrosa fue el ara donde ofició la fe en la voz lírica, en sus poderes. La expresividad de la emisión, resonante, vibró estremecida en la inflexión emocional y, en su caudal, fue mentado el mundo del amor y el dolor convocados por el canto, en permanente duelo, en inseparable dialéctica transformadora del duelo en palabra, del golpe en orden de ternura.

La despedida, el adiós (las despedidas, los adioses) son motivos tópicos de la poesía de Alfredo Zitarrosa (hablo de su poesía cantada, no leí la publicación en libro de sus textos). Sus asuntos centrales convocan metáforas bellas por su naturalidad, como la del “corazón apagado”. Es una poesía que se hace fuerte en la delicadeza, elude nombrar desamor o reprochar abandono. Es característico en cambio el repliegue amoroso en el cuerpo del canto –sus instrumentos, sus géneros y formas–, en el universo lírico que oficia como prolongación del yo , confidente y aliado. Así, el violín de Becho “llama” al músico y es sin duda un instrumento capaz de nombrar las cosas del mundo (“Becho quiere un violín que sea hombre”) pero también ha de saber callar lo innombrable (“que al dolor y al amor no los nombre”). Asimismo, la zamba le canta al cantor (“canta para mí, canta para mí”). Y, en una obra perfecta, la “Milonga de ojos dorados” canta con el ejecutante y sigue viaje, emisaria eficiente del amor, suerte de Eros femenino cuyos ojos espejarán (¿fascinarán?) los de la mujer ausente que han fascinado al cantor ((e) irán tus ojos a hablarle de mí”).

Y todavía, generosa, aquella milonga y su poética del restañamiento –su poesía toda– nos habla.

Tatiana Oroño*
* Poeta, profesora y crítica de arte. En 2014 publicó Estuario.

Un auténtico cantor popular

Para aquel niño de 10 años, que escuchaba las tempraneras audiciones radiales de los payadores y que se asombraba con los timbres vocales cuasi extraterrestres de los conjuntos argentinos, oídos a la noche en Su cita fol­klórica, la voz de Alfredo Zitarrosa sonaba demasiado fría y lejana. Cuando el 17 de enero de 1989 aquel niño de 10 años recorrió el dial de las radios uruguayas en amplitud modulada, fue sorprendido por la noticia de la muerte del cantor de voz monótona y, sobre todo, por la gran reacción popular. Informativistas y noteros, apostados en diversos puntos de Montevideo, en los bares, en las calles, a la puerta del Cementerio Central, relataban con dolor aquel sentimiento generalizado de pérdida. Un crespón vivo desgarrando en cada esquina el velo mudo de la muerte; la despedida de un verdadero cantor popular. Algunos años después, cuando me sumergí de lleno en la obra de Zitarrosa, empecé a calibrar cuál era el legado de aquel hombre vestido de negro, serio y engominado, al que un mundo de gente había sabido llorar. Y fue al adentrarme en el relato pausado, brutal, de “Guitarra negra”, en sus imágenes de violencia y dulzura, en el periplo del hombre-fantasma que atraviesa el lodazal de la historia reciente, bajándose de un ómnibus con destino al Cerro para comprobar que la muerte, al menos por un rato, ha sido vencida, fue entonces, digo, cuando la obra de Alfredo Zitarrosa caló hondo en mis devaneos de poeta y en mis pretensiones de músico frustrado. Y fue entonces, también, cuando comprendí el sentido de aquella despedida a un auténtico cantor popular.

“Guitarra negra” es un relato sobre el paso del tiempo y sobre la ausencia. También es, claro está, una crónica personal de un Uruguay perdido en los recovecos más oscuros de la historia, que Zitarrosa escribió por 1977, en el exilio, lejos del Montevideo recreado en sus versos, cuando la misma fuerza política que hoy cierra filas sobre falsos licenciados y apólogos de las armas había sido diezmada, convertida en diáspora, manteniendo la lucha desde la distancia y desde las ideas. Los temas que sustentan esa obra, estructuralmente extraña dentro del canto popular uruguayo, y la propia interpretación, cargada de quiebres, de matices, de adjetivos que repercuten como una metralla, acunada por un coro mínimo que se entrevera con los instrumentos, conforman, en mi modesto entender, el auténtico legado de Alfredo Zitarrosa a eso que, a falta de términos menos abstractos, puede definirse como la cultura del país.

Para finalizar, permítaseme una reflexión sobre el Concierto Homenaje 80 años del próximo jueves 10: que esa noche, en el escenario del estadio Centenario, entre los artistas participantes se encuentren Emiliano Bran­cciari y Maia Castro, y no así Carlos Benavides y Yamandú Palacios, dos de los creadores más versionados por Zitarrosa, parece ser un verdadero despropósito. A veces los homenajes no sólo se definen por quienes son convocados sino, y especialmente, por quienes no son tenidos en cuenta.

Martín Bentancor*
* Narrador, nacido en 1979, autor de Muerte y vida del sargento poeta y El inglés. Ha sido premiado por el Mec y Narradores de Banda Oriental.

 

 

 

 

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