La crisis que nos tocó

Rutinas y pandemia.

Siempre me gustó la repetición. Cuando jugaba al básquetbol, pasaba horas en el gimnasio tirando al aro, repitiendo la misma secuencia de movimientos. Seguramente había un fin instrumental de perfeccionar la técnica, afinar la puntería y embocar más. El principio básico de toda práctica: hacerlo una y otra vez con el objetivo de hacerlo cada vez mejor. Pero no era sólo eso. Había también un placer en el propio automatismo. Un placer medio bobo, un estado de flotación en el que el cuerpo y la cabeza se movían solos, a veces en registros opuestos, a veces completamente conectados.

Oscar Wilde decía que todo acto, por más insignificante que sea, se vuelve placentero si se lo repite con la frecuencia suficiente. Si le perdonamos, por esta vez, la generalización imperdonable, podemos reconocerle cierta razón. La repetición, cuando es elegida, es disfrutable. Calma, alivia, recompone. Ordena y significa el paso del tiempo, permite sobrellevar el absurdo de la existencia, el hecho de que no sabemos para qué carajo estamos acá y qué sentido tiene todo esto. Es una forma de conectarnos con nuestro mundo al alcance, de tomarles cariño a las pequeñas rutinas cotidianas, de llevarnos bien con el pedacito de espacio y tiempo que nos toca.

No estoy diciendo que haya que celebrar la rutina como un narcótico complaciente que nos hace olvidar nuestros problemas y aceptar tranquilamente el lugar y el mundo que nos ha tocado en suerte. No se trata de romantizar esos pequeños placeres cotidianos, refugiarnos en ellos y ser indiferentes a lo que nos rodea. La repetición no implica necesariamente conservar, reproducir y aceptar el estado de cosas. También de la repetición puede surgir lo nuevo. Se le suele atribuir a Einstein la frase de que si uno espera obtener resultados distintos, no puede hacer siempre lo mismo. Eso es mentira. Uno puede hacer muchas veces lo mismo y obtener resultados distintos. Yo tiraba y tiraba, y había veces que embocaba y otras que no.

La insistencia puede ser una forma de acercarse a lo nuevo, de generar las condiciones para que un día irrumpa y todo cambie. Por algo los movimientos revolucionarios buscan enhebrarse en una tradición, conectar con los intentos pasados y frustrados, extraer de ellos la inspiración para intentarlo otra vez. La práctica, el trabajo, la insistencia, la rutina, la repetición, la reproducción, el sostenimiento de la vida son disposiciones humanas necesarias, lindas, que cargan de sentido a la vida cotidiana y nos permiten entablar relaciones afectivas con nosotros mismos y con las personas y los objetos que nos rodean.

Fue Walter Benjamin quien logró rescatar el valor de la tradición y los rituales de las manos del conservadurismo para acercarlos al pensamiento y el deseo emancipatorio. Benjamin entendió que la construcción de tradiciones, es decir, conjuntos de rituales colectivos sostenidos en el tiempo, es una forma de llenarse de energía y conciencia colectiva. Y es cierto que esas fuerzas pueden servir para lograr consentimiento y conformidad con lo dado, asegurando su conservación, pero también pueden ser prácticas que ayudan a construir sujetos y procesos revolucionarios. Los rituales construyen un sentimiento de seguridad y de estabilidad, pero nada dice que esos sentimientos sean inherentemente conservadores. Pueden implicar la contención, la sostenibilidad, el cuidado, la solidaridad, la inteligencia colectiva y el lenguaje común necesarios para cambiar lo que queremos.

INCERTIDUMBRE, ANOMIA E IMPOTENCIA. Desde que se desató la pandemia y se declaró la emergencia sanitaria a escala mundial, los especialistas instalaron la idea de que, en medio de este caos, lo único seguro es la incertidumbre. Y hasta ahora nadie puede desmentirlos. Hace casi tres semanas que vivimos en un limbo de incertidumbre. Nadie tiene idea de lo que puede pasar. Nadie se anima a aventurar una fecha de cierre de esta distopía. Algunos dicen que en un par de meses todo volverá a la normalidad, otros, que la fisura sistémica causada por el virus es demasiado grande y que el capitalismo tecnológico-financiero va a transformarse, aunque no sabemos en qué. Las causas del virus, las medidas a tomar para que cause el menor daño posible y los futuros que se abrirán luego de la crisis están en disputa.

Mientras tanto, cargamos con un cocktail implosivo de emociones: angustia por el aislamiento físico, euforia por la energía acumulada en el confinamiento, nervios al salir a hacer un mandado, miedo porque las consecuencias económicas, sociales y de salud pública son cada vez peores, ansiedad por que esta locura se termine, desesperación porque no se termina más, esperanza de que se abran horizontes de políticas y economías socialistas ante el evidente fracaso del neoliberalismo, pero, sobre todo, quilos de impotencia encima, porque aislados y encerrados no podemos hacer mucho para allanar ese camino.

Lucía Naser lo decía hace dos semanas: la desestabilización del sistema nos desestabiliza porque somos parte de él. Entonces, bien porque este sistema horrible se desestabilice; mal porque somos nosotros quienes sufrimos en cuerpo propio esa desestabilización. Paradójicamente, el encierro y la anomia, el retraimiento ante la suspensión de los encuentros y el espacio público, es lo que nos impide organizarnos para expandir propuestas alternativas de organización de la producción y la vida. El sistema-mundo capitalista se tambalea en una crisis inédita, y cuando queremos aprovechar el momento nos damos cuenta de que nosotros también estamos en crisis. No podemos movernos, no podemos tocarnos, y pensar en el encierro es como caerse en un abismo sin fondo. La incertidumbre, la anomia y la impotencia son las molestas compañeras de esta crisis, que, al igual que las cuentas regresivas para la llegada del apocalipsis, son fuerzas que estallan hacia adentro. Y lastiman.

A menudo se dice que los sujetos revolucionarios se construyen cuando el malestar individual se convierte en una fuerza colectiva dispuesta a transformar las condiciones que generan ese malestar. Hoy estamos en un momento de extremo divorcio entre lo individual y lo colectivo. Hay una acumulación muy grande de malestar, incertidumbre y vulnerabilidad individual, pero que no pueden transformarse en fuerzas colectivas hacia afuera. Estamos en ese punto muerto en el que la crisis puede terminar de debilitarnos o terminar de animarnos. Lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

LO SÓLIDO SE DESVANECE EN EL AIRE. Recién estamos viendo y sintiendo los primeros efectos de una crisis que será durísima, y ya asoman un par de conclusiones preliminares. Primero, que el armado neoliberal es más precario y frágil de lo que creíamos. El capital no puede hacerles frente a las crisis ambientales y sanitarias que contribuye a generar, mientras los Estados y la sociedad civil luchan a la vez contra la crisis y contra décadas de vaciamiento y disolución por parte de las políticas neoliberales. En este momento, la impugnación anticapitalista gana espesor. Ya no es sólo el clásico argumento de izquierda que apela a la desigualdad estructural y las jerarquías sociales. El capitalismo quedó pegado. Muchos se empiezan a enterar de que al final no era capaz de hacerse cargo de sostener la vida humana.

Segundo, hay que pensar muy bien y ser muy honestos sobre cómo estamos viviendo esta anomia e incertidumbre. Nos vamos a acordar de estas semanas toda la vida; el recuerdo que nos hagamos de ellas es fundamental para pensar qué es lo que queremos hacer. Ver la crisis como un síntoma de que la fiesta del capital no iba tan bien, una muestra inédita de su vulnerabilidad, una oportunidad para animarse a desafiarlo, para imaginar y devenir algo nuevo. Pero también reconocer que es un momento de mierda en el que perdemos pie, las instituciones sociales se desmantelan de un día para el otro, mucha gente se queda sin trabajo, se enferma, empieza a pasar hambre y la muerte aparece como la última cara del ajuste. Por mi parte, siento que esta incertidumbre, campo fértil para la impotencia, no es un lugar para quedarse mucho rato más. Entonces, sí a la crisis como oportunidad para pensar e imaginar radicalmente… en cómo hacer para superarla mediante medidas populares socialistas que desafíen una hegemonía neoliberal que parece más errática y confundida que nunca.

Salvo a los oportunistas comerciales y financieros, esta crisis no le sirve a nadie, por la sencilla y brutal razón de que paraliza las cadenas de producción, circulación y consumo de mercancías que permiten sostener la economía global. Por eso, cuando aflojen los estados de excepción, es posible que se abra una disputa de proyectos de reestabilización y reorganización de las relaciones sociales y económicas, y los movimientos populares tendrán que ofrecer algún esquema. Y esto puede requerir, en parte, amigarse con la idea de la estabilidad, resignificarla antes que rechazarla, como intentaba decir más arriba.

Un proyecto de estabilidad colectiva tiene que ser la contracara de la extrema vulnerabilidad e incertidumbre a la que nos expone el neoliberalismo. No una estabilidad estática y jerárquica, sino una horizontal y elástica, que, por supuesto, habilite la transformación, pero, sobre todo, que permita vivir sin el miedo constante a quedarse sin nada, que mantenga una relación menos agresiva con la naturaleza y en la que las mayorías tengan capacidad de organización y recursos materiales para enfrentar los problemas grandes, como este. En medio de esta incertidumbre, crece una certeza: el capitalismo, al menos por un rato, dejó de funcionar. Ahora hay que inventar algo que funcione.

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