El negocio de la neutralidad – Brecha digital
La FIFA y las expresiones políticas en el fútbol

El negocio de la neutralidad

«Eu não faço política, eu faço esportes»,1 acostumbraba decir –palabras más, palabras menos– el mandamás del fútbol mundial, João Havelange. El brasileño, que dirigió la FIFA durante 24 años, encarnó, como nadie, lo opuesto a lo que declaraba. Fue el mayor artífice de la idea del fútbol-negocio y el responsable de expandir los vínculos políticos de la organización y convertirla en la multinacional que es hoy. Para lograrlo, se codeó con dictadores y poderosos de todo el mundo. Varias veces se jactó de haber conseguido afiliar a más países que la ONU. Fue aún más lejos: en una entrevista con Folha de São Paulo, en junio de 2008, dijo: «Si la ONU fuese como la FIFA, no viviríamos lo que estamos viviendo. No reparten la riqueza, no eliminan la tristeza del mundo. Me cortó el corazón ver niños abandonados en el mundo». Y agregó: «Cuando estuve en la FIFA, fui por lo menos tres veces a todos los países miembros. Ningún político hace eso. Si lo hubieran hecho, el mundo no estaría como está».

EN BLOQUE

En el artículo 4 de su estatuto, la FIFA (la empresa que rige el deporte más popular del planeta) se declara «neutral en materia de política y religión», pero, a pesar de construir una imagen ajena a los conflictos internacionales, su historia –así como la del fútbol– está llena de política. El capítulo más reciente es el de este año. Con una escueta sentencia («El mundo del fútbol está totalmente unido y se solidariza con el pueblo ucraniano»), el 28 de febrero la FIFA anunció la suspensión de todos los equipos rusos de sus competiciones, sean selecciones nacionales o clubes. Lo mismo hizo la UEFA, la federación de fútbol europea, cuyos países miembros presionaron de forma determinante para que esta decisión fuera abrazada internacionalmente. Rusia, organizador de la última copa del mundo, en 2018, se queda fuera del campeonato de este año. Se trata de una medida radical, que desentona totalmente con el historial de sanciones del organismo y que solo se entiende al calor de la fuertísima presión occidental, que ha causado un sinfín de expresiones atípicas en el mundo del fútbol. Teóricamente, la FIFA penaliza las expresiones políticas. En el capítulo 2 de su código disciplinario, contempla sanciones para clubes o asociaciones que transmitan «mensajes improcedentes en un evento deportivo», como mensajes «de naturaleza política, ideológica, religiosa u ofensiva». Pero para todo hay excepciones. En la pelota de la final de la Champions League –que disputarán el Real Madrid y el Liverpool este sábado– se lee: «Paz». En todas las transmisiones de La Liga de España, una placa dice: «No a la invasión». Antes del clásico jugado en el Campeón del Siglo en febrero de este año, los jugadores de Peñarol y Nacional mostraron una pancarta con la frase «No a la guerra». Estas escenas, casi inéditas, reflejan la sensibilidad dominante en Occidente, de la que escapa una enorme lista de guerras e invasiones.

Pocos días después de la sanción a Rusia, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, viajó a Arabia Saudita para reunirse con la familia real que gobierna el país, responsable de la peor crisis humanitaria de la historia reciente: la guerra de Yemen. Según los datos de Naciones Unidas, la guerra iniciada en 2014 ya les costó la vida a más de 370 mil personas, causó el desplazamiento de más de 4 millones y mantiene a la gran mayoría de la población del país en una situación de pobreza extrema y hambruna. Desde 2015, la coalición dirigida por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos –que cuenta con el beneplácito de las grandes potencias occidentales– ha llevado a cabo ataques aéreos sistemáticos e indiscriminados. El mundo occidental no lo ha condenado, la FIFA mucho menos.

COHERENCIA

En 2019, en una entrevista con el diario catalán Ara, el mítico exjugador y actual técnico del Barcelona, Xavi Hernández, declaró: «No vivo en un país democrático, pero creo que el sistema de aquí funciona mejor que el de allí». En aquel entonces, dirigía en Qatar, donde este año la FIFA organiza la copa del mundo. Qatar es una monarquía absoluta, liderada por el emir, un cargo hereditario. Allí no están permitidos los partidos políticos, el código penal tipifica la homosexualidad como un delito, que puede valer hasta siete años de cárcel, y la libertad de expresión y reunión escasea. Según The Guardian, 6.500 trabajadores inmigrantes murieron en las obras preparatorias del torneo, realizadas en condiciones inhumanas. Es un hecho que la copa del mundo no siempre fue organizada en países democráticos. En 1934, el Mundial se organizó en la Italia fascista de Benito Mussolini, que mandó construir un trofeo llamado copa del Duce, más grande que la propia copa del mundo, en ese entonces llamada Jules Rimet. Italia se llevó los dos premios. A la FIFA tampoco le hizo ruido organizar la Copa del Mundo de 1978 en Argentina. Para Havelange, cercano al dictador Jorge Rafael Videla, el Mundial debía salir perfecto, pues era su primero al mando de la multinacional. Bajo el eslogan «En Argentina somos derechos y humanos» –creado por la agencia Burson-Marsteller, contratada por la dictadura para esconder el terrorismo de Estado–, los militares usaron el fútbol para tratar de venderle un espejismo al mundo: la Argentina que crecía en paz. En las sombras, a pocas cuadras del principal estadio de la copa del mundo –el Monumental de Núñez–, la dictadura torturaba en la Escuela de Mecánica de la Armada. Se estima que durante el mes que duró el campeonato, 50 personas fueron desaparecidas por la represión. El recordado Mundialito de 1980, en Uruguay, es otro claro ejemplo de los pocos reparos de la FIFA a los negocios espurios y a los gobiernos dictatoriales.

LLAMEN AL VAR

En algunas ocasiones, la FIFA ha suspendido por motivos políticos a selecciones, federaciones y países. Pero, más que la regla, parecen excepciones. Tras la Segunda Guerra Mundial, sancionó a Alemania y a Japón, que no pudieron participar de la copa de 1950, en Brasil. Sudáfrica estuvo vetada por la entidad debido al infame régimen del apartheid desde el Mundial de 1966 hasta el de 1990. Yugoslavia fue vetada de la Eurocopa de 1992 debido a la guerra en los Balcanes e Irak tuvo prohibido jugar de local durante muchísimos años, desde la guerra del Golfo. En lo que a guerras e invasiones se refiere, la entidad con sede en Zúrich maneja, como mínimo, una doble vara moral. Algunas ausencias en la lista de sanciones dan a entender que las decisiones tienen mucho de política. Estados Unidos, el país del mundo que más ha invadido e intervenido otros países en la historia, jamás fue sancionado. La ignominiosa invasión a Irak en 2003, que dio inicio a una guerra que mató cientos de miles de civiles y destruyó al país, no tuvo ninguna consecuencia para Estados Unidos en lo que al fútbol respecta, así como tampoco la tuvo en otros deportes, a diferencia de los deportistas rusos, sancionados actualmente en un sinfín de disciplinas.

Otro país con un amplio palmarés para integrar la lista de sanciones deportivas es Israel. En 2015, la Asociación de Fútbol Palestina volvió a poner en el orden del día de la sesión anual de la FIFA las sanciones a Israel por limitar e impedir el libre tránsito de jugadores de fútbol entre Gaza y Cisjordania. También por permitir que cinco equipos de fútbol que participan de sus competiciones provengan de las colonias asentadas en territorios palestinos ocupados ilegalmente. La federación israelí trató de dar vuelta el argumento y le dijo a la FIFA que «se trata de un intento de mezclar la política con el deporte, lo que se opone a los principios de la federación». En medio de las polémicas, el 65.o Congreso de la FIFA aprobó la creación del Comité de Seguimiento Israel-Palestina. Según la propia web del organismo, el nuevo comité se estaba creando para «supervisar diversos asuntos que afectan el desarrollo del fútbol en Palestina, como el desplazamiento de futbolistas y oficiales palestinos dentro y fuera de sus territorios». El entonces presidente de la FIFA, Joseph Blatter, dijo: «Ha sido una decisión histórica que muestra, una vez más, el poder que posee el fútbol para fomentar la paz y el entendimiento». Tras entregar el informe del comité, en 2016, su presidente, Tokyo Sexwale, dijo que «lo principal es conseguir que el fútbol no se vea inmerso en un conflicto político». Como era previsible, las sanciones a Israel nunca llegaron. En octubre de 2017 el Consejo de la FIFA decidió «no posicionarse ni imponer sanciones». La entidad expresó que la cuestión se considera zanjada y «no será objeto de futuras discusiones hasta que haya cambiado el marco jurídico o la situación de facto». Resoluciones como esta recuerdan el paralelismo trazado por Havelange con la ONU. Allí también Estados Unidos e Israel tienen carta blanca e inmunidad.

La FIFA es como ese amigo que te dice: «Yo no soy de izquierda ni de derecha», pero cuya vara pende siempre para el mismo lado.

1. ‘No hago política, hago deporte.’

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