La guerra de Pakistán contra sí mismo

El asesinato masivo de niños en un ataque talibán hace un par de semanas revela hasta qué punto Pakistán es incapaz de afrontar una situación de caos y violencia.

Pakistan. AFP, A MAJEED

Las cifras son terribles. Sin embargo, el hecho de que atacaran un colegio no puede sorprender. Los talibán paquistaníes han atacado centenares de escuelas en los últimos años. Son uno de los símbolos del Estado que quieren borrar, porque pueden representar, sea o no cierto, la capacidad de ese Estado para superar un código de costumbres que se remonta a siglos atrás. Y que evidentemente sirve para perpetuar todo tipo de injusticias y una visión medieval de la religión.

Si controlas la educación de los niños, controlas el futuro. El fracaso histórico del sistema educativo del país ha contribuido a que muchas familias prefieran confiar sus hijos a las madrasas, donde el currículo es básicamente religioso, y a veces radical y xenófobo.

Una vez más, con este ataque se suceden las reclamaciones para que los dirigentes religiosos musulmanes condenen de forma tajante esta violencia indiscriminada contra civiles. Ya lo han hecho antes, en Pakistán y otros países, y no ha servido de nada. Es una violencia criminal en la que la religión es la excusa, no la razón. Hay más política que religión en todo esto. También desde el lado del gobierno de Islamabad.

FUERA DE CONTROL. Las zonas tribales de Pakistán, donde se encuentra Peshawar, estuvieron siempre fuera del control directo del Estado. No había una autoridad común, sino una especie de consenso formado a través de negociaciones entre las grandes tribus pastunes. El gobierno central renunciaba a imponer su autoridad y estaba obligado a llegar a acuerdos con los interlocutores tribales para que se aplicaran ciertas normas.

Todo eso empezó a cambiar con la extensión del poder talibán a ambos lados de la frontera. A partir de 2001 el Ejército aumentó su presencia en esas zonas, inicialmente para expulsar a grupos yihadistas extranjeros a los que no podía controlar. Los talibán se ocuparon de eliminar a los dirigentes tribales que se oponían a sus ideas. Muchos años después, los militares decidieron que estos nuevos enemigos representaban una amenaza mucho mayor de la esperada.

Pero eso cuenta sólo una parte de la historia. La constelación yihadista abarca grupos de ideología muy similar, aunque con objetivos concretos diferentes. Eso no les impide colaborar hasta el punto de que a veces es difícil distinguir entre unos y otros. Los talibán paquistaníes están enfrentados directamente al Estado. Otros grupos yihadistas son financiados o armados por los servicios de inteligencia (Isi) para su empleo contra las tropas indias en Cachemira y otras guerras sucias o no declaradas contra el viejo enemigo de Nueva Delhi.

Muchos periodistas y expertos paquistaníes coinciden en que ese demonio yihadista no hubiera alcanzado tal poder sin el apoyo del Isi y del Ejército. Lo mismo se podría decir de los talibán afganos: se les ha financiado y protegido durante décadas porque Afganistán es lo que da profundidad estratégica a Pakistán en su duelo con India. Puede parecer extraño que un Estado que tiene armas nucleares contemple estas posibilidades, pero el Ejército paquistaní considera que es imprescindible contar con apoyo en el lado afgano de su frontera en el caso de que una invasión india acabe con las defensas de Pakistán.

Por todas esas razones, desde los ochenta el Isi ha mantenido vivos a un alto número de grupos yihadistas como inversión de cara al futuro. En la última década, tanto el Ejército como el Isi resistieron la presión estadounidense para acabar con ellos, porque los veían como una carta estratégica que no convenía abandonar por completo. Wa-shington tenía muchas formas de presionar a Pakistán (ha suministrado a su Ejército armas y material) pero no podía llegar hasta el final. Necesitó a ese país para minar a los soviéticos durante la invasión de Afganistán, para luchar contra Al Qaeda tras el 11 de setiembre y para las necesidades logísticas del ejército estadounidense después.

DESPROPORCIÓN. En 2009 el Ejército se decidió a lanzar una ofensiva sobre Waziristán del Sur, refugio de algunos de estos grupos, con la desproporción que podía esperarse. Los bombardeos masivos y el bloqueo de la zona provocaron el desplazamiento de centenares de miles de refugiados en una política de tierra quemada que sirvió tanto para neutralizar al enemigo como para hacer que éste aumentara sus apoyos entre la población civil injustamente atacada.

Lo que quedó fuera de esa ofensiva fue Waziristán del Norte, y no fue un olvido casual. Allí estaban los principales cuarteles de los grupos yihadistas que el Isi quería proteger, por lo que hacían en Afganistán o en Cachemira, eran los responsables por ejemplo del ataque sobre la ciudad india de Mumbai en 2008. Los estadounidenses insistieron en que el Ejército extendiera sus operaciones hasta allí, pero sin éxito.

En junio de este año se produjo el cambio estratégico que casi nadie esperaba. El Ejército lanzó el ataque contra Waziristán del Norte, tantas veces postergado, no sin anunciarlo con dos semanas de antelación, quizá por consejo del gobierno, para permitir que medio millón de civiles abandonaran la provincia. Los que se quedaran podían suponer qué destino les esperaba.

¿Por qué entonces? Quizá por el ataque anterior de los talibán contra el aeropuerto de Karachi, un desafío que incluso un Estado vulnerable y enfermo como Pakistán no podía dejar sin respuesta.

En una conferencia en 2001 escuché al periodista Anatol Lieven (autor de Pakistan. A Hard Country) hacer un relato deprimente del futuro del país. Y es significativo, porque a diferencia de los periodistas estadounidenses, Lieven no cree que Pakistán sea un país a punto de desmoronarse en un mar de caos, ni piensa que se pueda convertir en un régimen fundamentalista con armas nucleares. “Como se ve en Los Soprano, Pakistán es un sistema regido por la violencia, pero que contiene dentro de sí los elementos necesarios para limitar o controlar esa violencia”, dijo.

Ese equilibrio inestable se basa en que el Estado no es completamente soberano en muchos ámbitos de la vida pública. El que no tiene detrás una familia o un clan que lo proteja (también frente al Estado) no es alguien con poder, está al albur de otros que podrán aprovecharse de él. Un hombre que había ordenado el asesinato de cinco personas en 1988 en una venganza contra una tribu rival por un crimen anterior le dijo que en Pakistán estás muerto si muestras debilidad. No era un líder integrista quien le dijo eso, sino un diputado del Ppp, el partido de los Bhutto, la formación política más cercana supuestamente a los valores occidentales.

Como anécdota, comentó que ante un tribunal de Pakistán es normal jurar sobre el Corán antes de prestar testimonio, pero no físicamente sobre el libro. Todos asumen que todo el mundo miente (para defender sus intereses o los de su clan), por lo que sería ofensivo tocar el libro sagrado antes de hacerlo.

La corrupción está tan extendida que es indistinguible de la acción del Estado. El prestigio de los partidos políticos es ínfimo. Existen para beneficiar a sus militantes y a los de los partidos con los que tienen que pactar. El del Ejército es mayor porque es considerada al menos una organización profesional y eficaz, pero ni de lejos está libre de corrupción. La suya está institucionalizada, forma parte del sistema. Ahmed Rashid me explicó que es exagerado decir que el Ejército sea el dueño del Estado, porque los civiles también tienen influencia en el poder: “El Ejército es el poder definitivo en política exterior, política nuclear y seguridad, además de tener grandes intereses económicos. Quizá controle el 30 por ciento de la economía del país”.

El porcentaje de ingresos fiscales del Estado sobre el Pbi es mínimo. El fraude está generalizado y lo único que hay son grandes proyectos de infraestructura en los que es muy fácil que los líderes políticos y los caudillos regionales se lleven un porcentaje.

Por temible que parezca su presente, su futuro no parece mucho mejor. El 35 por ciento de la población (188 millones) tiene 15 años o menos. Karachi, una de las ciudades más peligrosas del planeta y escenario de constantes guerras entre milicias, clanes y grupos criminales, cuenta con 23 millones de habitantes. Un informe del Banco Mundial de 2004 llegó a la conclusión de que en unas pocas décadas Pakistán no tendrá agua suficiente para una población que podría llegar en 2050 a superar los 300 millones.

Es posible que una tragedia como la de Peshawar provoque un impacto tal que haga que el Ejército y el Isi renuncien a su doble o triple juego que tanta violencia ha provocado en el país. Pero antes se dijo lo mismo, por ejemplo con el asesinato de Benazir Bhutto, y nada cambió. De momento, el gobierno ha decidido levantar la moratoria de la pena de muerte en casos relacionados con el terrorismo. Hay en Pakistán 8 mil presos en el corredor de la muerte. Los verdugos tendrán trabajo de sobra. Mucha gente tiene allí la discutible idea de que fanáticos dispuestos a asesinar a niños pueden verse disuadidos por la existencia del patíbulo.

Más ejecuciones y mejores medidas de seguridad en lugares sensibles serán las probables recetas que maneje el gobierno. Está por verse que vaya a servir de algo. Como dice el editorial del diario paquistaní Dawn, “las operaciones militares en las zonas tribales y las operaciones antiterroristas en las ciudades no son más que una forma de apagar fuegos, a menos que se produzca un intento real de atacar las raíces ideológicas de los radicales y su propagación en la sociedad”. Pakistán necesita algo más que unos bomberos constantemente superados por el fuego.

* Especialista en Oriente Medio. Tomado del sitio digital www.publico.es, por convenio.

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