La máquina de sentir (IV)

Ilustración: Dani Scharf
Netuy marzo21

Me acerqué al precipicio. De pronto, como si fuese una pelota, sentí a mi cabeza despegarse y caer. Al principio pensé que era un sueño, pero fue todo real: pude apreciar el vértigo de dar giros por el abismo; pude ver, en la cumbre, mi cuerpo decapitado, mis manos abiertas al cielo, luego tocando el vacío sobre mi cuello.

De pronto un ruido seco; la nada. Acaso mis manos a tientas, en la cima, escribiendo estas palabras.

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Madrugada. La lluvia empapa la ruta, no hay más luces que los faroles del auto. Siento que somos una cápsula que penetra la noche, el silencio, el sueño de los hombres. Debajo de los puentes, el agua también viaja. Somos un pez que navega por un río de asfalto. La noche es hermosa, la ruta deja brillar su millar de ojos; la música suena exacta, hermanada con la lluvia.

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Fui al zapatero. Llevé unas botas gastadas de pisar el mundo, pero con el cuero intacto. Sentí el aroma del pegamento y de la goma, vi el desorden de zapatos como cadáveres a media muerte, ansiando su regreso a las calles. Observé el surco de la vida y del oficio en el viejo hombre, su tijera de sastre cortando el ínfimo recibo que atestiguaba el pago de una seña.

Volví a los pocos días. Allí estaban mis botas, como nuevas, listas para acompañarme en el camino, para retar a duelo a la tormenta.

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Fue en la feria. Me quedé mirando a un bello pájaro, parecido al tordo pero más grande, de manto azulado. No volaba, caminaba por la vereda, acercándose a los pocos y sorprendidos peatones de la calle Minas. Dada su actitud, probablemente fuese un ejemplar doméstico en fuga, dudando –entre coloridos trinos– de qué hacer con tamaña libertad. Mucho peor: cómo hacerse de alimento por sus propios medios. Entonces pensé en una costumbre –estimo que en desuso– que imponía tener pájaros enjaulados, colgados en algún patio de invierno o incluso en un balcón; un canto asegurado por la módica suma de un poco de alpiste. Se trataba de una posibilidad ideal para espacios reducidos como apartamentos, mientras no se definiera lo contrario en asamblea de copropietarios. No tardé en recordar que un amigo había heredado un disco de vinilo dedicado exclusivamente a un coro de canarios; lo escuchamos una sola vez, para reírnos.

Difícil no pensar –difícil salir indemne– en el grave Zitarrosa cantando “Dulce Juanita”: “Cómo pudo caberte en el cuerpecito toda la muerte”. O recordar el “Romance del prisionero”, su avecilla en libertad, su maldecido ballestero. Pero allí seguía estando el pájaro parecido al tordo –qué triste es no saber nombrar–, rodeado de palomas y gorriones, tal vez añorando los dorados barrotes de su cárcel.

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Odio a mi instructora de manejo. Es tonta. Quiere tener un hijo que sea lo que ella no pudo ser, y no tiene pudor de confesárselo a un desconocido. Tiene a Chayanne de ringtone. Hoy me hizo subir con su alumna anterior, una veterana que tuve que llevar hasta la plaza. Venían entretenidas en una charla que dispensaba veneno sobre algún conocido del barrio. A mí eso ya me puso nervioso y me llevó a cometer un error elemental: intenté avanzar con el freno de mano puesto. Después de eso, todo empeoró. Flavia charlaba –siempre llevándome por los peores caminos–, hasta que en una esquina levantó la voz: “Así no, así no, ¿cómo te enseñé a doblar acá?”. Fue el momento más humillante, puesto que la señora de atrás súbitamente cerró la boca, para saborear mejor mi desdicha. Después, ya sin la acompañante, me tocó practicar el estacionamiento. Mientras lo hacía, Flavia me ignoraba, masticaba una galleta malteada y miraba su celular, diciéndome: “No puedo ayudarte, no puedo ayudarte. Uno siempre está solo, pero a veces está más solo”.

Fui desprolijo, pero no como un abuelo en un desvencijado Falcon que entró de mal modo a su casa y así desencadenó, desde el auto, los comentarios más escandalosos de su instructora, que ya iba por la quinta galleta.

Terminé la clase triturado por la frustración. Al bajar en mi casa, Flavia me dijo que hoy había amanecido con mala energía: “Tenés que despertarte positivo, levantarte y decir: ¡Hoy voy a poder!”.

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Hay gente que no encaja en este mundo. Allá va el pobre, solo, incomprendido, intentando buscarse en su abismo. Desde afuera lo señalan: pobrecito paria, sin amigos, pisando de lejos la tierra.

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Una noche, camino del invierno. Voy de la mano de mi madre, cada vez más apretada, cuando, entre las luces rojas de la calle, con el frío montando los vidrios, estiro mi corta pierna, lo más que puedo, para pegar un salto sin pisar ese fuelle negro que ansiaba devorarme. Es toda una conquista en esta Montevideo que me es tan ajena. El salto permite llegar al otro lado; otro trolebús, de idénticas proporciones, insiste en perpetuarse. La ciudad se eleva en un jadeo nervioso; sé que flota por encima de los asientos que empatan con mi altura. Algunos humanos perdidos en la noche, rostros pétreos, almas ateridas, yo de la mano de mi madre.

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No te engañes. Para hacer una hermosa canción sólo necesitas: un papel, un lápiz, una guitarra, un alma acorde; lo mismo que hace cien años.

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Salir del pueblo. Trepar otros confines. No conformarse con lo dado. La vida esconde otras guaridas; descubrirlas. Los nuevos vínculos se beben y la soledad se mastica sin pudor. Se trata de no temer, de incendiar la telaraña. Salir del recinto de viviendas bajas, huir del pueblo mental. Escapar.

Después, si es parte del camino, volver. Pero con un mundo adentro.

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Frente a un rancho de ciudad, sobre bolsas de arpillera, vi a un hombre separar grandes atados de marcela y carqueja. Como escapado de un cuento morosoliano, aromado por otros años, vi al yuyero, un noble visitante de los campos –tal vez de las sierras–, en vísperas de esa semana que algunos consideran santa. La imagen era poderosa, pero de seguro estaba idealizando. Quizás el anciano lo hacía paciente, pero a desgano, molesto por la faena repetida de separar lo inmenso en pequeños ramos; harto ya de oler la marcela entre sus dedos. Pensé en los lugares cercanos en los cuales podría haberse hecho de tan abundante cosecha. No tardé en imaginarlo el viernes santo, junto a un Cristo sangrante, inventando un origen mágico para sus yuyos.

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Lo que mata es la humedad, su lengua sobre los rostros. Atardece detrás de los edificios; una lluvia fina de otoño, vacila. La ciudad es un monumento triste, invadido por personas que sueñan con llegar.

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