La máquina de sentir (V)

Camino paralelo a la ruta 5, Durazno / Foto: Héctor Piastri

Es de noche en la ruta; un domingo, y miles de pupilas, de regreso, brillan sobre el asfalto. Los coches cruzan una frontera y aminoran la marcha. Junto a la banquina, hay trizas de un auto; a pocos metros, junto a un vehículo destrozado, un hombre tumbado sobre el pasto (está vivo, otro hombre lo asiste). De seguro han pasado míseros minutos desde la lastimosa maniobra; la ambulancia todavía no ha llegado.

En el medio de la ruta, como un corazón extirpado, quedó el solitario motor, todavía humeando.

***

En lo mundano, como siempre. Llevaba dos vaqueros a remendar a una costurera que apareció de milagro por el barrio, con carteles escritos a mano. Pero en el camino me sorprendió la figura imponente de un vehículo –sin dudas fúnebre–, con la resplandeciente estrella de David a un costado. Qué profano lo mío –me dije–, y qué sagrada la muerte palpitando en este coche, volviendo solemne el fin de la vida para un hebreo.

Me acerqué para cruzar; el ataúd, desde luego, ya estaría bajo tierra, no obstante, me sorprendió ver en el interior de la carroza un vitral amarronado con la misma estrella, merced a mi escasa costumbre, mucho más impactante que la desmesura de un hombre crucificado.

Vi bajar al chofer (era calvo y de impecable traje negro), y enseguida lo presentí tan mundano como yo. Seguí camino a la costurera sin perderlo de vista; no me sorprendió verlo cruzar en dirección al carrito de chorizos.

***

Otra vez subo a las alas de un pájaro, 11 mil metros de altura. Veo por lo bajo las nubes blancas pasar como pedradas, más abajo un colchón de nubes negras. Cuando puedo ver mejor, los grandes campos se vuelven ínfimos (vaya lección para el que desea más); advierto el Pacífico bordeando de espuma la orilla, antes las montañas donde reposa el frío. Sobre el árido que ya es Perú, los molinos de viento giran, pero desde aquí son apenas molinetes en la espalda de la tierra niña. Algo lejos, pero a la misma altura, otro avión pasa como un balazo.

***

Una anciana al tibio sol, en la vereda, sentada en su silla de ruedas, cruza su pierna derecha sobre la izquierda mientras fuma su cigarro. Sus ojos se lanzan sobre la calle, pero su mirada cala tan adentro como su pitada.

Paso por allí y la observo; bajo el mismo sol de una tarde en fuga, me pregunto en qué estará pensando.

***

¡Ay, las motos cómo pasan! Por mi barrio es igual, a veces estás en tu casa (la mía está al fondo del terreno) e igual las escuchás. Acá a media cuadra vive mi hermana, le alquila la casita a Mederos. Yo vengo todos los domingos a visitarla, me tomo este mismo ómnibus para la ida y para la vuelta. Me gusta el barrio… Yo no puedo comer azúcar porque soy diabética, pero me tiene aburrida el edulcorante, así que vengo a la panadería esta de la esquina y sabés que encuentro cosas que no hay en mi barrio. Bizcochuelos riquísimos. Hoy no me llevo, pero casi siempre me vuelvo cargada. No es tan barata, pero mi hermana compró en el almacén los mismos y son más caros ahí que en la panadería… ¿Conocés a gente del barrio? La gente acá se conoce poco. Yo conozco a Mary, la podóloga, cada tanto me vengo hasta acá porque me encanta como me deja las uñas y, no sabés, los callos, lisitos; me sale más caro por los 80 pesos del boleto, pero no me importa, más vale gastar un poco más… También conozco a Licha, la modista, ¿la conocés? Qué frío… Por suerte me traje este vaquero Wrangler; yo soy de la iglesia evangélica y no me lo dejan usar, pero me lo traje igual, hay una humedad. Pero fijate que no siempre me quedó así: en el 2006 estuve en España visitando a mi hijo que vive allá hace 28 años y cuando volví a Uruguay me lo probé y me quedaba muy grande, estaba flaca, flaca, toda chupada, no te hacés una idea. Lo guardé como para regalarlo y el otro día cuando quería usar un vaquero porque todo lo que tengo son deportivos, así, para caminar, me da por probármelo y fijate que me quedaba regio, le hice el dobladillo y ya empecé a usarlo, calentito, aunque no es tan cómodo para caminar. En este mismo ómnibus que va a pasar, en el 2010, cuando me fui a bajar por Garzón cuando todavía la estaban haciendo, me caí y quedé atrás de las ruedas, no arrancó porque se le cruzó un camión, si no, no contaba el cuento. Esa fue la mano de Dios, siempre digo. Cuatro hombres me ayudaron a levantarme porque estaba toda lastimada, la ropa toda rota, y llamé como pude a mi hija y me curaron ahí nomás, no me internaron porque no perdí la conciencia. Me salvé, pero quedé con artritis y arteriosclerosis. La voy llevando bastante bien… Mirá… Ahí me parece que dobla. A ver… Es, sí… Mi hija me compró un bastón que era carísimo y cuando subía la escalera se me cruzó el gato y se me cayó, se quebró y le saltó el resorte, lo terminé pegando con La Gotita, por suerte quedó bastante bien…

Ah… ¿Vos no subís? Bueno… Yo te lo cuido, ¡si podría ser mi nieto! Que pases lindo, nena.

***

Las cuerdas de la guitarra recién cambiadas. Las notas porfiadas, saliéndose de la norma. El clavijero aureolado como una cabeza, con un rebelde cabello de cuerdas nuevas, todavía no domesticado.

Ya llegará el momento del equilibrio, de quitar lo que desborda, de lograr que los pájaros regresen al árbol.

***

Era de tarde en una conocida librería de Tristán Narvaja. El sabio librero, un empleado y una clienta estaban dentro cuando entré. Comencé a hojear unos ejemplares que recién habían llegado y que estaban sobre el mostrador. Fue allí que vi ingresar a un hombre que, sin mediar otras palabras, preguntó por un autor.

—Ah, lo conozco, es de Ciencias Económicas, pero no trabajamos ese rubro –contestó el librero.

—Friedman –prosiguió el recién llegado.

—Justo de ese tenía algo, pero salió ayer mismo para Minas.

El hombre aventuró un tercer nombre.

—De él sí puede haber algo…

El librero lo invitó a buscar el material junto a su empleado, caminando unos pasos hacia la biblioteca ubicada al fondo del local.

Pero no sería tan simple. Mientras seguía consultando la mesa de entrada, veo al hombre volverse abruptamente e insultar a ambos encargados del local, difamando a sus respectivas madres. Al llegar a la puerta, sentenció:

—¡Seguro que de Marx tenés una estantería!

Ante el extrañamiento de los allí presentes, no olvidaré las palabras algo resignadas del viejo librero:

—Este era un país de gente educada… Más todavía, la gente que visitaba las librerías.

***

En la cooperativa estaba el libro, esperándome. De una curiosa manera, puesto que el volumen estaba intonso, entonces la noción de espera se multiplica. Un libro reseco, intocado, que ha perdido su juventud, pero que esconde como llama el secreto.

Ya es tiempo de gozar el antiguo ritual, me digo, cortaré de a una las hojas que harán brotar el poema.

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