La discusión sobre el sistema de transporte público metropolitano no es solo sobre infraestructura ni sobre tiempos de viaje. Es, sobre todo, una disputa sobre cómo se organiza la ciudad y qué vidas se priorizan. Incorporar la perspectiva de los cuidados permite ver lo que el debate técnico deja afuera: cómo se mueve la vida cotidiana y qué lugar ocupa el espacio público en esa experiencia.
En estos días, el intercambio se ha ampliado y enriquecido. Han aparecido miradas diversas –técnicas, territoriales, sindicales, ciudadanas e institucionales– que contribuyen a complejizar la discusión y a sacarla de un plano exclusivamente instrumental. Se advierte que el transporte no es neutro, que organiza el territorio y que produce ciudad; se formulan preguntas aún sin respuesta sobre costos, alternativas y procesos de decisión, y se vuelve cada vez más evidente la necesidad de participación y legitimidad democrática en intervenciones de esta escala.
Ese conjunto de aportes no cierra la discusión. La abre. Pero, al mismo tiempo, deja en evidencia un límite: incluso cuando el debate se vuelve más completo, muchas veces sigue partiendo de los mismos supuestos sobre cómo se mueve la ciudad. Y cuando esos supuestos no se discuten, lo que cambia es la intensidad del intercambio, pero no su punto de partida.
La ciudad que se mueve sosteniendo la vida
Durante décadas, los sistemas de transporte han sido diseñados a partir de una lógica relativamente simple: trayectos lineales, previsibles, concentrados en determinados horarios; una forma de pensar la movilidad asociada a una idea de ciudad organizada en torno al trabajo productivo, en la que el objetivo principal es ir y volver en el menor tiempo posible. Sin embargo, esa forma de moverse no agota –ni de cerca– la experiencia real de la ciudad.
Las mujeres, que seguimos siendo en gran medida responsables de las tareas
de cuidado, transitamos la ciudad de otra manera. Nuestros recorridos responden a una lógica relacional, encadenada, en zigzag y muchas veces invisible para los esquemas tradicionales de planificación. Nos movemos entre múltiples destinos en una misma jornada: llevamos niñas y niños a la escuela, hacemos compras, acompañamos a personas mayores, articulamos tareas de cuidado con trabajo remunerado y no remunerado.
Nosotras no nos movemos en línea recta. Nos movemos sosteniendo la vida. Y, sin embargo, gran parte de las propuestas que hoy se discuten siguen organizándose en torno a un supuesto distinto: que la movilidad se resuelve optimizando el tiempo entre dos puntos. Ese supuesto, que suele presentarse como técnico, encierra, en realidad, una definición política.
Cuando se diseñan sistemas basados en corredores rígidos, con paradas distanciadas –por ejemplo, cada 500 metros en un eje central–, se privilegia una forma específica de desplazamiento, vinculada a trayectos directos y continuos, mientras que otras formas de movilidad quedan en un segundo plano. Lo que aparece como una mejora en términos de velocidad puede, al mismo tiempo, convertirse en una limitación en términos de accesibilidad cotidiana.
La pregunta, entonces, no es únicamente si el sistema permitirá llegar más rápido. Es si permitirá sostener mejor la vida.
La ciudad que queremos
En este punto, volver a 18 de Julio no es un desvío, sino una forma de comprender la dimensión del problema. No es solo una avenida ni un corredor de transporte: es el principal espacio público de Montevideo y, como tal, concentra una densidad de usos, significados y prácticas que exceden ampliamente la circulación. Es comercio, encuentro,
circulación y permanencia; es conflicto, expresión política, memoria urbana. Es la vida cotidiana y también la escena donde se construyen derechos. Pensarla en exclusivo desde la lógica del flujo implica reducirla.
Y cuando el espacio público se reduce a una única función –aunque esa función sea relevante–, lo que se pierde no es solo diversidad de usos: se pierde calidad urbana e identidad. Desde el urbanismo feminista se ha insistido en una idea que resulta en especial pertinente en este debate: la ciudad no puede pensarse únicamente desde la eficiencia, sino desde la sostenibilidad de la vida.
Esto supone reconocer que los espacios urbanos no son simples soportes de circulación, sino ámbitos donde se superponen funciones, tiempos y experiencias. Su valor no radica en eliminar esa complejidad, sino en hacerla posible en condiciones de equidad. No se trata de suprimir la mezcla. Se trata de preguntarnos cómo se organiza esa mezcla y quiénes quedan incluidos –o excluidos– en esa organización.
El problema no es la complejidad de la ciudad. El problema es la desigualdad en cómo esa complejidad se distribuye.
El propio desarrollo del debate ha ido incorporando con mayor claridad la necesidad de pensar la movilidad como sistema. Se ha señalado la importancia de integrar miradas, de considerar el territorio metropolitano en su conjunto y de garantizar procesos de participación que doten de legitimidad a las decisiones. Todo eso es imprescindible.
Incluso un sistema bien planificado puede reproducir desigualdades si no incorpora la diversidad de experiencias que atraviesan la vida urbana. La movilidad no es solo infraestructura ni desplazamiento. Es tiempo disponible, es accesibilidad, es seguridad, es la posibilidad concreta de sostener la vida cotidiana en condiciones dignas.
Por eso, cuando se elige una tecnología, se definen corredores o se interviene en determinados espacios, no se está tomando una decisión neutra. Se está definiendo, en última instancia, para quién se organiza la ciudad.
Quizás este sea el aporte más importante que el feminismo puede hacer hoy a este debate: no ofrecer una única solución, sino ampliar las preguntas: ¿para quiénes se diseña el sistema de transporte?, ¿qué formas de movilidad se priorizan?, ¿qué recorridos quedan invisibilizados?, ¿cómo se integran los cuidados en la planificación urbana?, ¿qué lugar ocupa el espacio público en esa mirada?
Responder estas preguntas no es sencillo, pero evitarlas tiene un costo: cuando la ciudad no se organiza en función de la vida, la vida se vuelve más difícil de sostener. Y eso no es lo que queremos.
La discusión sigue abierta.
Y no es técnica.
Sigue siendo política.
(Silvana Pissano es arquitecta, política y feminista. Fue alcaldesa del Municipio B [2020-2025] y directora de Desarrollo Urbano de la Intendencia de Montevideo [2015-2020]).










