La muerte es tener moscas sobre la cara - Semanario Brecha
Nueva narrativa uruguaya

La muerte es tener moscas sobre la cara

Debimos ser felices, de Rafaela Lahore. Criatura Editora, Montevideo, 2020. 156 págs.

Rafaela Lahore nació en 1985 en Montevideo. En 2019 ganó el premio Mejores Obras Literarias del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile –país en el que vive– en la categoría «Inédita» con Debimos ser felices, su primera novela. Según se lee en la solapa del libro, la autora es periodista y ha escrito para medios como La Diaria, de Uruguay, y la revista Sábado de El Mercurio, de Chile.

Esta primera novela, según comenta en una entrevista dada a Silvana Tanzi,1 surge del ejercicio final de un taller dictado por Leila Guerriero. Allí, la periodista argentina sugirió que cada uno de los participantes escribiera un texto sobre sus madres. Así, el libro es el intento de narrar la historia familiar desde el enfoque de tres mujeres: la abuela, la madre y la hija, en una prosa fragmentaria que cuenta pequeños momentos de sus vidas, trazando una suerte de mito de origen y exponiendo las causas del dolor conjunto. El libro plantea tres líneas en las que se articulan los movimientos de la narración: la del lugar de nacimiento con la historia de la infancia de la madre y el abuelo violento, la vida en Montevideo de la protagonista con las dos mujeres y la depresión crónica de la madre.

El libro tiene varios problemas. Su forma fragmentariaparece más una consecuencia de las dificultades en la escritura que una elección exprofeso y eso se deja entrever, sobre todo, en ciertos tramos que podrían haber sido suprimidos, ya que no aportan a la totalidad de la novela. La sobrecarga de pequeños momentos genera información que no desemboca en nada más que la propia forma retórica del libro, que comienza a volverse monótono y repetitivo a medida que avanza.

Hay, a su vez, una búsqueda metaficcional –«Si la historia tuviera un comienzo, podría ser este […] el resumen es este»– que no se encuentra particularmente lograda. Además, la autora tiende a abusar de los ornamentos: en la pretensión poética que encierra su escritura abundan figuras como las comparaciones, las enumeraciones, las anáforas, una sobrecarga de adjetivos que crean imágenes que se pretenden bellas, pero que producen extrañeza, como «entibió a otro hijo dentro de su vientre», «mi padre, pienso, es como un perro mirando el agua» o «el mar es como una boca negra, nerviosa, que quiere tragarlo todo». Casi todos los fragmentos terminan con frases cargadas de gravedad, formas efectistas que anuncian algo terrible que nunca llega. Esta solemnidad puede ser entendida como una búsqueda de «lo literario», una apelación constante al sentimentalismo.

También es posible detectar cierto abuso del pintoresquismo en todo lo que refiere al lugar de origen: Rivera. Esto puede haber sido leído de otra forma en Chile, país donde el libro fue premiado, pero desde un punto de vista uruguayo se puede entender como una maniobra retórica. Donde se ve más claro es en el fragmento que refiere a que la ciudad de Rivera debe su nombre a un genocida. Más allá de que la afirmación es problemática, no es la única que deja en claro el desapego con el lugar: el énfasis en la violencia del campo, donde están los hombres, en la presencia de las moscas que rondan las piernas de las mujeres y que luego rodean el rostro del tío Braulio, en el campo verde y extenso que no termina vuelve esas imágenes lugares comunes en la descripción que un montevideano puede llegar a hacer del interior. El mito de origen, que parecería ser una de las patas fundamentales de la novela, falla porque la desconexión con el territorio es visible y el supuesto apego es sólo funcional al artificio del libro en el intento de plantear una historia generacional que, a fin de cuentas, no lleva a ningún lado. 

1. Búsqueda, 30-XII-20.

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