La otra orilla

El ardor seco de Buenos Aires.

Foto: Afp, Ludovic Marin

Me escurro por el Río de la Plata. Estas aguas me conocen. Es verano y la piel húmeda del río lo sabe, pero hoy no entraré en su carne. Me deslizo sin tocarlo, camino al ardor seco de Buenos Aires. Me recibirá con lluvia, lo presiento, por primera vez ese será su abrazo. Es tiempo de playa, pero el aire frío dentro del barco, y afuera el plomo, abonan las formas del invierno.

La juventud se parece a la nave ansiosa, haciendo desplegar ante sí las primeras torres de Buenos Aires, cada vez más vastas a medida que avanza. Es la promesa de la conquista, esquiva a cada manotazo. De seguro algo parecido sintió Quiroga escapando de la sombra de su amigo Ferrando; o Florencio Sánchez, soñando el triunfo que llegó casi de la mano con la muerte. La vejez podría ser el camino inverso, vislumbrar la cercanía de una Colonia del Sacramento bella pero modesta, al alcance de los dedos, un faro en la noche, silencio, paz en el mejor de los casos.

Salgo a cubierta. El viento golpea, el barco hiere la mañana gris, saca espuma del infinito tazón de café con leche. Todavía se ven algunas boyas en el camino, la soledad eterna del hombre a años de encallar en la arena. Vuelvo a mi asiento, a la vulgaridad de un viaje lleno de rostros pétreos, frívolos, indiferentes. La niña feliz con su maquillaje recién adquirido, las uñas postizas de una muchacha que, ajena al mundo, no para de jugar en su pantalla. Me voy acercando a la otra orilla, viejas chimeneas, grúas, barcos de anclas oxidadas, una autopista que bordea el agua, llena de vehículos y vidas en trance.

Son muchos Buenos Aires, como tantas Montevideo. Me gusta perderme. Toda la Avenida de Mayo, menos frívola, más clásica, algo abandonada. Los edificios frondosos, su arquitectura, los cines, los bares. En un hotel con balcones mi padre quedándose en tiempos de trabajo y soltería, yo buscándolo en una habitación absorta en otra década, con olor a cigarrillo y un cabello de mujer anónima sobre la almohada. El televisor apenas encendía, el aire gemía, pero la avenida estaba debajo, teñida de ámbar, un puñado de cabezas deambulando.

Siempre busco ser visita, nunca un morador perpetuo, sería triste lograr sortear el río para ahogarse en el tórrido cemento. Prefiero recalar en hoteles de espejos memoriosos, caminar la ciudad, viajar por sus túneles, hasta sentir que es ella la que transita sobre uno.

Buenos Aires está en mute. Unos culpan al verano, otros a Macri. El hospedaje con nombre de reina es anterior a Perón, vio pasar por sus narices a Borges; a pocos pasos Lorca durmió con quien quiso. Por primera vez compro un disco de vinilo nuevo. El original se editó aquí, el año en que nací. Imagino sus canciones sonando entonces, en esta misma habitación, en la efervescencia de una democracia que se recuperaba, vibrando debajo de este balcón. Le pido al viejo espejo la imagen de otrora, alguien rompiendo el mismo celofán que yo ahora, muriendo por hacer girar el disco ni bien llegue a su casa.

Buenos Aires se viste de Europa añeja y distante, pero en sus calles transitan los rostros de América y de buena parte del mundo. Alcanza con caminarla e ir atento, quizás en ese anhelo de vivir todas las vidas. Un joven porteño habla a los gritos desde su celular, promete cifras en dólares, negocio, mientras espera que el semáforo acepte su paso de mero peatón. Los senegaleses muestran sus esbeltos cuerpos de recién llegados, sus vistosos anteojos a la venta.

Pido Página 12 a un quiosquero que me mira desafiante, con ganas de disentir. Bolsonaro asume, Macri está de vacaciones. En los antiguos edificios, cientos de miradores testigos, donde nunca se ve a nadie. Quisiera treparlos; alcanza con la cima de Galería Guemes para ver esa espléndida Buenos Aires de hombres muy pequeños. El Palacio Barolo llora esplendoroso la mala espina de su hermano montevideano. En el Café Tortoni, esa raza aparte llamada turista atiborra una cola junto a la estatua de un Horacio Ferrer en ademán declamatorio (un infame visitante le ha robado un dedo). Muy cerca del monumento a Sarmiento pasa un camión de retretes. En Lavalle, los Pinitos invitan a transformar el dinero, en el vidriado cambio clandestino veo la plata manoseada en el mostrador, como relojes en desuso.

Hay una tradición inmersa en el variado sistema de transporte que arrastra a tanta gente. En el subterráneo se accede a una ciudad paralela y misteriosa, en la cual se viaja desde el caótico centro a la mayor tranquilidad de los barrios. A veces alcanza con el ascenso a la superficie, sumado al primer esquinazo, para sorprenderse con la diferencia. Como en el personaje de Arlt, el subte tiene algo de lombriz solitaria en un intestino de cemento. El mar revuelto de rostros se hace más evidente. Estoy allí. Frente al potente ventilador, una señora ajada sueña con ser Marilyn; ya dentro, dos hombres maduros quedan enfrentados, el de ojos celestes mira sin pudor al mulato de boca pronunciada, lo hace de forma insistente, esperando una mirada que nunca llega. Un par de asientos son cedidos sin vacilar a dos niños. Una monja española baja en Carlos Gardel, muy cerca una travesti de provincia y, pegado a mí, un hombre de rostro andino con un cabello falso que denuncia el artificio. La complejidad inunda, salvo en las pantallas de tantos teléfonos, donde casi siempre pasa lo mismo.

Los rieles en Constitución son largos arañazos en la noche. En el largo tren eléctrico, un pibe queda solo, desenfunda la guitarra y comienza a improvisar con veloces dedos. Dos niñas se acercan y contemplan en silencio. “Está linda la canción”, dice la más pequeña, con una sonrisa de otro mundo.

El parque Centenario tiene peces de colores del tamaño de un sábalo. Una niña oriental les tira pan, su madre y su abuela ríen con desenfado, dicen cosas incomprensibles que me recuerdan a todo el cine asiático que vi. El agua del cielo me lanza al indeseable shopping, donde todos miran mi remera trucha. Una cholita auténtica aparece de pronto; sus trenzas a la espalda, anudadas con un cordón, la siguen en su ingreso a un local de comida rápida.

Corrientes está en obra. En sus veredas hay placas, varias quebradas, supuestos nombres insignes pisoteados por el río de gente. A la vuelta, detrás de un grotesco Quijote, Evita yace apagada en la noche, una ventana del edificio ilumina uno de sus ojos. A pocas cuadras, disecado como Perón, pero lejos de él, su cuerpo ultrajado aguarda en Recoleta.

Sigo el viaje, me pierdo, pero falta menos. Pronto llegará el regreso por el mismo río, otra vez la misma lluvia.

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