La pandemia y el miedo

Coronavirus.

Escudo de la muerte coronada que se colocaba en las fachadas de hogares afectados por una epidemia (Alemania, siglo XVII) / Foto: Wikimedia

Coronavirus, bajo este nombre se agrupan una serie de virus Arn que comparten algunas características similares y que son capaces de producir enfermedades en los animales y en el ser humano, con cierta semejanza clínica con los virus de la gripe. Su nombre proviene de su aspecto en el microscopio electrónico porque se presenta rodeado de un anillo con pequeñas protuberancias.

El 31 de diciembre de 2019 en Wuhan, en la provincia de Hubei, China, se detectó una cepa distinta, un nuevo virus denominado nCoV-2019, que produce un síndrome respiratorio agudo severo en el ser humano, denominado SARS-CoV. Su alta contagiosidad en un mundo globalizado determinó que se diseminara rápidamente por varios países. Si bien se sospecha que su origen es animal, todavía no se tienen certezas.

La presentación clínica es semejante al de otras virosis respiratorias: fiebre, dolores musculares, cefalea, dolor de garganta, resfrío con secreción nasal y estornudos, tos seca, a veces productiva o con sangre. En los casos graves: falta de aire; a veces, diarrea o náuseas. Dado el poco tiempo de existencia de este nuevo virus, no se sabe todavía su comportamiento ni las repercusiones tardías. Se estima que se comporta como otros coronavirus que tienen un tiempo de incubación entre 2 y 14 días después de la exposición (sobre todo entre 4 y 7 días) y que se propaga de persona a persona a través de secreciones expulsadas por el estornudo o la tos que quedan en el aire o en la superficie de los objetos en el entorno del enfermo. La única forma para prevenir la enfermedad, por el momento, es evitar la exposición. No hay tratamiento antiviral específico. Todavía no se han identificado las condiciones que predisponen a una enfermedad grave; los casos fatales son más frecuentes en mayores de 60 años, enfermos cardíacos, diabéticos y portadores de enfermedades respiratorias crónicas o neoplásicas. En general, la enfermedad es leve en el 80 por ciento de los casos. Los niños y adolescentes no suelen presentar cuadros serios. En los casos graves se desarrolla falta de aire hacia la segunda semana de la enfermedad. Según lo observado en China, la mortalidad de los pacientes estaría en el 3 por ciento, pero se desconoce con precisión por ahora. Las medidas que se toman contra esta pandemia, que parecen alarmantes, están sobre todo destinadas a enlentecer el ritmo de contagio, evitando  la simultaneidad de la infección en la población y el colapso del sistema sanitario que esto provocaría.                                                          

LA ENFERMEDAD Y EL MIEDO A LO DESCONOCIDO. El nCoV-2019 puso nuevamente en evidencia el riesgo pandémico de toda enfermedad infectocontagiosa en el mundo globalizado de hoy, como antes lo hicieran algunas cepas gripales. Se denomina “pandemia” a una epidemia que se extiende a varios países. La primera pandemia de la que existen registros de que causó enorme cantidad de muertos fue la peste negra, que ocurrió en el siglo XIV.

La Primera Guerra Mundial se vio interrumpida por una pandemia gripal de una cepa muy virulenta que mató tantos o más soldados que la propia guerra. En 1918 la gripe mató a más de 40 millones de personas. Cuando la epidemia llegó a nuestro país, motivó que se tomaran una serie de medidas de prevención semejantes a las que se plantean hoy, con aislamientos y cuarentenas. Se llegó incluso a prohibir los velatorios.

Asistimos, sin duda, a una nueva pandemia, provocada por un agente desconocido, que trae consigo una alta dosis de incertidumbre, en la que los gobiernos llaman a la calma, a evitar la alarma y el sensacionalismo, pero el miedo puede más; el miedo a lo desconocido y a la pérdida de la seguridad frente a los fenómenos naturales; el miedo a algo que la ciencia no puede dominar. A ello se suma el atropello noticioso al que nos someten diariamente los medios de comunicación, que lejos de calmar los ánimos los avivan con una avalancha de informaciones alarmistas mientras las redes de Internet actúan como una caja de resonancia, amplificando sin freno el miedo ancestral a lo desconocido. El miedo se contagia como el virus.

La amenaza destruyó la confianza cotidiana con la que nos movemos diariamente. Bruscamente se hace evidente que estamos inermes frente al poder de agentes microscópicos, que no podemos ver ni combatir.

MÁS ALLÁ DE LA SALUD. La amenaza desnudó la civilización posmoderna, mostrando la fragilidad de su arquitectura al provocar repercusiones de enormes proporciones: en la política, en la educación, en el deporte, en la economía, en los sistemas asistenciales. Algunos sugieren cerrar las fronteras entre los países para bloquear el paso del mal. Se cierran los centros educativos, escuelas y universidades, y se reemplazan por educación a distancia; se cancelan las actividades deportivas o se juegan partidos sin público, se suspende el Carnaval de Venecia, se cierran los centros de diversiones e innumerables fábricas, cines y Parlamentos; se suspenden vuelos, se aíslan comunidades. Se recomienda evitar besos y abrazos, y mantenerse alejado de los congéneres por lo menos a un metro. Y en nuestro país se desaconseja compartir el mate.

Como ocurre con frecuencia con las enfermedades contagiosas (tal vez los ejemplos más notables son las de transmisión sexual), se culpabiliza al otro, al diferente. En esta pandemia los individuos de origen asiático son discriminados en varias regiones como potenciales fuentes de contagio, aunque estén radicados fuera de China desde hace tiempo; lo mismo ocurrió durante la epidemia de la peste negra, que provocó ataques xenófobos, antisemitas. Todo extranjero se transforma en peligroso. El miedo desencadena reacciones arcaicas de defensa que incluyen la expulsión de todo sospechoso.

Día a día aumenta el número de países involucrados en la pandemia. Es lógico que las bolsas de valores y el petróleo se desplomen, y que el dinero busque refugiarse en el oro (alcanzó su mayor precio en siete años). China, la segunda economía mundial y la gran fábrica que hoy abastece al mundo Occidental, se paralizó, pero también lo hicieron otros países, lo que generará consecuencias de alcance impredecible.

El miedo destruye la confianza en el resultado económico, y el sistema capitalista se desarma en la medida del miedo. ¿Cómo impactará esta pandemia en los precios de los productos? ¿Cómo repercutirá en el salario de los trabajadores? ¿Podrá desembocar en revueltas sociales como ocurrió con la peste negra? Los bancos cambian las tasas de interés. Las personas acopian alimentos por si les tocan eventuales medidas de aislamiento, lo que causa desabastecimiento de alimentos básicos. Se agotan las mascarillas y el alcohol en gel.

El impacto económico de esta pandemia parece que no tiene precedentes en la historia de la humanidad y en su génesis se encuentra el miedo. Esta crisis será transitoria y pasada la epidemia todo retornará a la normalidad, pero dejará secuelas económicas y sociales; y dejará también enseñanzas sobre lo que significa una pandemia en el mundo moderno y sobre los efectos del miedo que la acompaña. En el futuro seguiremos expuestos a otras epidemias debido a las posibilidades de aparición de nuevos agentes infecciosos o mutaciones de los ya conocidos. La ciencia todavía no puede impedir que esto suceda ni que el miedo provoque más daño que la propia enfermedad. Por el momento la voraz industria farmacéutica no ha podido sacar partido, como en otras epidemias del pasado, pero no demorará en hacerlo, igual que otras empresas que aprovecharán la crisis para el lucro.

EDUCACIÓN Y VACUNACIÓN. Es predecible que en los próximos días la epidemia llegue a nuestro país. La Oms insiste en que la epidemia se puede detener, o por lo menos enlentecer, si los gobiernos toman las medidas necesarias para la detección precoz de los casos y su aislamiento, así como medidas de prevención para reducir el riesgo de contagio. En China disminuyeron dramáticamente los nuevos casos gracias a las medidas sanitarias. En este sentido, la educación de la población juega un papel primordial no sólo para impedir contagios, sino para evitar el miedo y sus efectos. Nuestro país está tomando medidas para minimizar el impacto.

La vacunación antigripal en esta coyuntura es de enorme importancia para evitar la combinación de la epidemia gripal sumada a la del coronavirus. Permitirá disminuir la sobrecarga del sistema asistencial y, por sobre todo, disminuir las consecuencias de las enfermedades en la población y en la economía. Los virus respiratorios, como los de la influenza y los coronavirus, se transmiten más fácilmente en invierno, pero se desconoce en esta epidemia cómo influyen las variaciones climáticas. Es presumible que el frío la favorezca.

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