Por la plata baila el mono

FIFA como trasnacional.

Foto: Leónidas Martínez

En el decurso de esta larga telenovela futbolística, tan rica en aspectos analizables, quizá haya dos de ellos no tan trillados aunque muy importantes: a) la Fifa, como ejemplo vivo de la progresiva instauración global de las jurisdicciones y competencias trasnacionales en un mundo de naciones con legislaciones vinculantes nacionales e internacionales, no ofendería la soberanía nacional con su intervención; b) los resultados de la intervención para la integración de los órganos de gobierno del fútbol uruguayo.

 FIFA COMO TRASNACIONAL. La historia jurídico-política de la humanidad ha mostrado la siguiente tendencia de evolución.

  1. En el principio de la humanidad histórica sólo existían normativas vinculantes “locales”. El progreso de los medios de transporte y comunicación abrió una etapa de aparición de normativas “translocales” a partir de contactos tales como conquistas, anexiones voluntarias, imperios y fusiones del tipo de las federaciones y confederaciones, con núcleos de jurisdicciones y competencias locales, y otros translocales delegados por las soberanías locales.
  2. Muchos siglos después aparece la segunda trascendencia de la primitiva “localidad” hacia consolidación de una “translocalidad” político-administrativa y político-jurídica: la “internacionalidad”, normativa vinculante entre naciones soberanas, con forma de estados-naciones posfeudales desde el fin del Renacimiento. La Sociedad de las Naciones, pre Organización de las Naciones Unidas, es un ejemplo clásico; los proyectos artiguista y bolivariano (de Bolívar) son protoformas de indudable interés analítico en este sentido.
  3. Paulatinamente, durante muchos siglos, se va abriendo paso una forma diferente de translocalidad, ya no basada en translocalidades nacionales, digamos “públicas”, sino en translocalidades transversales a las translocalidades internacionales vistas en el punto 2. Son, digamos, “privadas” y agrupan translocalidades privadas, no internacionales, fundando la progresiva importancia de un derecho internacional diverso del privado: la translocalidad trasnacional, por oposición a la internacional. Kant, a fines del siglo XVIII, fue el primero en descubrir la importancia futura del tema en aras de una “paz perpetua” global, porque el mundo local primero se translocalizó internacionalmente; luego, la estructura normativa más acorde con la estructura de poder es la trasnacionalidad, en conflicto endémico desde entonces con la internacionalidad y las localidades nacionales. Durkheim y Weber ampliaron sus consideraciones un siglo después; ya a fines del XX el tema es muy desarrollado, en especial por Habermas. Las religiones universales son ejemplos precoces de translocalidad trasnacional pero no internacional, en especial la Iglesia Católica Apostólica Romana; aunque lo son también logias y fraternidades transversales a las naciones y al orden translocal internacional, como las masonerías. Cárteles productivos y comerciales inauguran el estadio de las trasnacionales económico-financieras dominantes en la estructura global del poder durante el siglo XX. Las jurisdicciones y competencias trasnacionales son admitidas en las estructuras jurídicas nacionales, como el derecho canónico fue admitido como un fuero autónomo, y el fuero militar también, hasta el siglo XIX. Avanzado el siglo XX, algunas trasnacionales han abdicado de la exclusividad de sus fueros y han admitido someterse a los derechos nacionales comunes, como lo han hecho la Iglesia Católica con los sacerdotes pedófilos y los militares con los encausados por delitos penales. La trasnacionalidad, por oposición a la internacionalidad, es la forma que va adoptando la asociación político-administrativa de las nuevas formas de poder dominantes y hegemónicas en la evolución del orden global; y colide parcialmente con las translocalidades nacionales e internacionales en la arena económico-política. El nuestro es un caso en esa evolución, aunque no especialmente dramático, como podría haber sido si Uruguay y/o Brasil hubieran objetado las resoluciones de Fifa que, durante el Mundial de 2014, obligaron a Luis Suárez a abandonar la delegación celeste, el país donde estaba (Brasil), y le impidieron presenciar deportes; extremos, éstos sí, que deberían haber merecido protestas diplomáticas de ambos países.

 

La Fifa es una translocal trasnacional, pero no internacional, porque su constitución no obedece a decisiones nacionales de trascenderse institucionalmente en determinadas jurisdicciones y competencias. Es de iniciativa privada, una asociación civil sin fines de lucro, como lo es la Auf, que aceptó pertenecer a la Fifa y a aceptar su normativa en todas las cuestiones que no fueran de orden público de la nación-sede de la asociación miembro. Por lo tanto, la sede trasnacional puede amenazarla hasta con su expulsión de la trasnacional si recurre al orden público nacional para dirimir conflictos dentro de las competencias y jurisdicciones de la trasnacional de la que es miembro. No habría transgresión de soberanías nacionales en esos casos, como en el de la “intervención” en la Auf; aunque la Fifa, como trasnacional, “no come vidrio” y reverencia al orden nacional cuando, al instalarse, integra la comisión de la interventora con gente de los partidos políticos locales. También es notorio, lector, que lo de “sin fines de lucro” es una amarga ironía, ya que las asociaciones sin fines de lucro son de las más lucrativas de las asociaciones modernas, quizá no directa sino indirectamente para sus miembros y seudópodos, como lo prueban la Fifa, la Auf, la Conmebol, la Iglesia Católica, la masonería, y tantas otras “fundaciones” y similares.

Que esta cuidada explicación no le deje la impresión, lector, de que estoy defendiendo el proceso descrito como aconsejable, ni que estoy empatizando con las trasnacionales mencionadas; por el contrario, creo que son vastas letrinas que merecerían barométricas para su higiene, monos que bailan al son del dinero, poder y estatus que están en juego y que explican en muy buena parte los conflictos desatados. 

EL NUEVO EJECUTIVO. La mayoría de las integraciones de ejecutivos promovidas por la Fifa (por ejemplo la intervención en la Afa argentina) nuclean a representantes de todas las modalidades de fútbol abarcadas por ellos: adulto profesional, amateur, juvenil, femenino, futsal, futvólei de playa. También se adaptan parcialmente a las realidades nacionales, que pueden aconsejar representaciones numéricamente distintas de los distintos actores, o la inclusión de otras asociaciones de relevancia deportiva y social, como podrían ser en Uruguay Onfi y Ofi, de obvio peso social y deportivo desde hace mucho; su ausencia en órganos de gobierno puede haber resultado y resultar en el futuro una subrepresentación de sus intereses y necesidades en la planificación de actividades, presupuestos, y en la participación en el acceso y distribución de los recursos materiales y humanos del fútbol. Bienvenida entonces su sensata integración a los órganos de gobierno.

Lo que no es tan seguro es que los jugadores profesionales, en asociación ad hoc o como Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales, debieran formar parte del ejecutivo de la Auf. Son actores fundamentales del fútbol, y originan en gran parte la pasión y el interés por el deporte número uno del planeta. Deben, por lo tanto, tener derecho a defender sus derechos de imagen y de arena, que tanto tiempo se les retaceó, y también a tener información adecuada y “voz” en los órganos rectores. Pero no sé si también deberían tener “voto” en ellos. Vaz Ferreira, por ejemplo, quería participación estudiantil en la Universidad, con voz pero no voto, así adquirirían información y madurez decisoria que no tendrían aún. Tampoco podemos pensar que ser actor principal genera derecho a voto, si así fuera los infantes votarían en las guarderías. Aunque por su riqueza pueden contratar asesoramiento profesional, el nivel medio del background sociocultural y económico-político de los jugadores conlleva cierto riesgo de actuación como lumpen-nuevos ricos, pese a que su carácter de ídolos populares puede hacer engañosamente pensar que sus intereses son altruistas: los de la gente y del país. Pero no parece que sean más que otros monos –privilegiados por su popularidad– que bailan por la misma plata, fundamentalmente. Nada terrible, por cierto, pero tampoco enternecedor o entusiasmante políticamente.

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