El asunto Trujillo

La pluma, el pan y el Estado

El teatro independiente contra la dictadura. Escena de El herrero y la muerte, en el Teatro Circular, 1981 Amilcar Persichetti
Netuy marzo21

Una serie de malentendidos –la historia suele moverse por malentendidos– rompió esta semana el silencio de la cultura uruguaya, adormecida por la falta de oxígeno que le provocó la pandemia. En pocos días el poeta Luis Pereira Severo logró reunir más de 1.000 firmas de asombro y rechazo a un supuesto elogio que Valentín Trujillo hizo a los programas culturales de la dictadura en el coloquio organizado por la Fundación Mario Benedetti (FMB) bajo el lema «La pluma y el pan». Días después la propia fundación emitió un comunicado en el que declaró sentirse obligada a recordar el daño y las amenazas infligidas por la dictadura a Benedetti, además de a otros referentes de la vida nacional, y la Sociedad Uruguaya de Actores y la Federación Uruguaya de Teatros Independientes aunaron su repudio frente a la lectura que Trujillo hizo de la resistencia de la cultura al poder militar. Las redes sociales, naturalmente, multiplicaron la indignación.

Cualquiera que busque en Youtube el video de la sexta mesa de la FMB puede ver que el tema convocado no fue la cultura en tiempos de dictadura, sino, una vez más, el pan de los escritores y su consuetudinario desamparo. También puede ver que Trujillo no participó en su condición de director de la Biblioteca Nacional, como menciona la carta pública, sino entre otros colegas por su oficio de escritor y que en el momento de su segunda intervención, a propósito de los desalientos de Alfredo Fressia, defendió la asistencia del Estado a la cultura, desde el terrismo hasta nuestros días, y, en particular, la gestión del gobierno en el contexto de la pandemia. En ese itinerario incluyó la dictadura: «Con todos los problemas políticos, sociales, legales y demás que tuvo la dictadura en el Uruguay, también tuvo sus programas de apoyo a la cultura». Es –o a esta altura debería ser– consenso de enunciación que los problemas políticos, sociales y legales que la dictadura tuvo en Uruguay fueron los que tuvo el pueblo uruguayo con la dictadura. El lugar de la enunciación fue desafortunado, pero más irritante resultó la alusión a los programas culturales, sin duda irrelevantes frente al daño provocado por la represión. Luego afirmó que gracias al desafío que significó la dictadura hubo un enorme florecimiento del teatro independiente, cuando la historia dice que su mayor expansión fue en los años cincuenta y sesenta. Y es notorio que si, sobreponiéndose a las peores condiciones, el movimiento del canto popular, la cinemateca y los teatros independientes lograron desplegarse para acompañar la resistencia al régimen, fue en contra de cualquier programa de gestión esgrimido.

Las confusas afirmaciones de Trujillo –un escritor de talento que en tiempos virtuales viene haciendo denodados esfuerzos por insuflar energía a la Biblioteca Nacional– tuvieron, sin embargo, la cualidad de evidenciar una nefasta herencia de la dictadura en el campo cultural uruguayo. Salvo escasas excepciones, desde el retorno de la democracia las mesas de intelectuales, en formato presencial o virtual, se suceden con disciplinada urbanidad sin que aflore ningún debate real de ideas ni subidas de tono, sin agitación ni polémica o confrontación de argumentos. La discusión ha sido anatemizada porque en los años sesenta las peleas fueron sangrientas, de modo que se ha convertido en hábito –y el hábito en mortaja– que cada uno diga lo que quiera y luego se haga cargo del olvido o de sus consecuencias. ¿Por qué ninguno de los ahí presentes discutió a Trujillo a viva voz (Hortensia Campanella, Rafael Courtoisie, Fressia, Raquel Diana), pero, a poco de despedir a todos muy fraternalmente, la FMB publicó un comunicado de solapado rechazo? ¿Qué clase de maldito instructivo censura no lo que se dice, sino las formas que desbordan los silencios de misa, las exposiciones de colegio y la paz de los cementerios? Disentir también es un modo de confiar en la inteligencia del otro, pero una política cada vez más rapiñera deja a la vista que se prefiere eludir el encuentro con la inteligencia del otro. El instructivo corre por toda la vida nacional. Quedó expuesto en los penosos «debates» presidenciales antes de las últimas elecciones y, una vez más, en la mesa de los escritores. Mejor que discutir es acusar. Decía Chesterton que lo malo de una pelea es que interrumpe una buena discusión, y el Uruguay podría agregar que lo malo de una discusión sin discusión es que interrumpe una pelea anticipada.

La sexta mesa de «La pluma y el pan» dejó un griterío, pero el ruido no debería ocultar que durante el ciclo organizado por la FMB la mayoría de los escritores convocados dio testimonio personal de su malestar frente a la naturaleza del mercado o a la relación del Estado con la cultura. Son dos ejes que ocupan posiciones distintas, pero viajan en una misma dirección: los reclamos de autosustentabilidad de las sucesivas administraciones frenteamplistas para apoyar proyectos culturales coincidió, curiosamente, con la incorporación de las artes a la industria del entretenimiento por los grupos de inversión, parados sobre el principio comercialmente indeclinable de dar a la gente lo que la gente pide. La consecuencia inmediata es que las artes dejaron de formar públicos, hoy sensiblemente empobrecidos por su falso reinado. Solo por dar unos pocos ejemplos: la educación más potente de la ciudadanía está en manos de los medios de comunicación y la publicidad; el modestísimo cine nacional debe mendigar espacios ridículos a las pantallas de los cines locales, incorporadas al circuito de las compañías estadounidenses; los libros dejaron de ser garantía de formación desde que las grandes editoriales sustituyeron a los editores por gerentes y a los libros por envases; los músicos se han quedado sin discos, sin espacio en las radios y sin escenarios, y el teatro independiente agoniza en el desamparo al que lo condenó este gobierno luego de reducir a la mitad, en plena pandemia, su magro subsidio. Todo esto es apenas una parte de la discusión que Uruguay se adeuda desde hace demasiados años, ajena por completo a la mayoría de los políticos en actividad.

Dijo una vez Atahualpa del Cioppo que la ventaja del cuerpo sobre el espíritu es que el espíritu ignora sus necesidades: el cuerpo avisa si tiene hambre, pero si nunca escuchó a Bach, el alma no da aviso de que se está perdiendo a Bach. ¿Se lo dará Tinelli, Netflix, el libro que enseña cómo peinar a un gato? El papel del Estado en la cultura pide ser revisado en profundidad, no en el funcionamiento, sino en sus propósitos frente al masivo empobrecimiento cultural de la población. Entonces, puede ser que con los años un proceso acumulativo de habilitaciones y experiencias vuelva a repartir el modesto pan y el modesto orgullo de la cultura nacional.  

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