La sonrisa triste del siglo XX

Manuel Rosé. Colección del Mnav.

Manuel Rosé. Colección del Mnav.

La gran aceptación que obtuvo de la crítica y del público entendido en el siglo pasado la pintura de Manuel Rosé (Las Piedras, 1887-Montevideo, 1961) es inversamente proporcional al olvido en que ha caído en la actualidad. Las razones son muchas, entendibles casi todas. Como Milo Beretta y Pedro Blanes Viale a principios de siglo, adquiere en Europa las nuevas –para América– lecciones del impresionismo, en su caso por la vía principal de la academia La Grande Chaumière, y luego las del luminismo español a través del gran pintor catalán Anglada Camarasa, cuya influencia en los autores nacionales ameritaría un estudio aparte.

La solvencia que demuestra entonces el joven Rosé justifica las becas que se le otorgaron para su desarrollo profesional, y se termina de confirmar cuando recibe importantes reconocimientos, como la Medalla de Oro en la Panama-Pacific International Exposition (1915), y otro galardón en la Feria Iberoamericana de Sevilla (1930). Durante los años treinta gana en Uruguay varios premios en salones nacionales. Su buen metier no lo abandona jamás: no le faltarán los encargos oficiales y particulares por el resto de su prolongada vida activa.

Pero la corrección pictórica, la destreza de un trazo ligero y un dibujo bien dotado no son garantía de perdurabilidad en el siglo XXI. En este artista importan los temas. Pedro Argul lo describe con poética exactitud: “No guía a Rosé el esquema de valoración plástica que hace apreciable a su obra fuera del motivo que inspira, y confía aún en el relato apasionado”. Su talento no puede escindirse de los motivos que aborda: el cuadro histórico, la gesta bélica, los paisajes pintados al aire libre, los cafetines, los payasos… esos temas que han perdido terreno en la apreciación del arte contemporáneo. “El triunfo de la modernidad y de la abstracción en el arte uruguayo –resume Marcel Suárez en el catálogo de la muestra– llevó a que la obra de Rosé quedara limitada a la exhibición en algunos edificios estatales, al circuito del mercado artístico local y al coleccionismo privado o al depósito del Museo Nacional de Artes Visuales (Mnav), con escaso contacto con públicos masivos.”

Por eso es tan revelador este rescate que organiza el museo,1 sacando a relucir 26 obras de su acervo (más el autorretrato que abre la muestra, cedido para la ocasión por el liceo número 1 de Las Piedras). Nos coloca delante de una obra de gran porte, ambiciosa y potente, y nos obliga a ajustar nuestra sensibilidad de acuerdo a las prerrogativas de una época que se ha ido pero que aún no nos resulta extraña. En especial se destaca su pintura circense –tradición que cultivaron Carlos A Castellanos, Figari y su paisano Ruben Sarralde, entre otros–, con esos payasos que denotan una profunda melancolía y entre los que él mismo se camufla con sendos autorretratos. “Payaso con guitarra” (1956) y “Esperando turno” (1954) encierran un mensaje sombrío (la trágica muerte de un hijo) que compele al sujeto a una impostación vital, a un sobrevivir en el artificio de los gestos públicos. El oscurecimiento de los viejos barnices pronuncia aun más, en algunas telas, ese talante depresivo. Los paisajes plenairistas, como “La cantera”, (1924) o la atmósfera luminista de “Tipo de española” (1911) compensan la nota y la exposición nos ofrece un auspicioso adelanto de lo que será la antológica del año 2022, cuando se cumplan los 140 años de su nacimiento.

 

  1. Manuel Rosé. Colección del Mnav.

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