La tierra se levanta - Semanario Brecha
La respuesta estatal al nuevo ecologismo social en Francia

La tierra se levanta

En paralelo a las masivas movilizaciones contra la reforma jubilatoria, ocurrió en Francia una gran concentración ecologista que fue brutalmente reprimida por la Policía. Ha marcado un hito.

Gendarmes de la Policía francesa reprimen una manifestación en contra de la construcción de una reserva de agua para riego agrícola en Sainte-Soline, centro-oeste de Francia, el 25 demarzo. AFP, THIBAUD MORITZ

El sábado 25 de marzo no era un día cualquiera para el movimiento ecologista francés y europeo en general: miles de personas se habían dado cita en Sainte-Soline, una comuna agrícola casi despoblada de la región de Poitou-Charentes, a unos 400 quilómetros al suroeste de París, para protestar contra la instalación en los alrededores de la zona bajo el pretexto de la grave sequía que también golpea a Europa de megaembalses que beneficiarían a una decena de grandes productores y dejarían sin agua a muchos otros, pequeños y medianos. El teórico ecologista sueco Andreas Malm ubicó en Sainte-Soline «la primera lucha en Europa contra un proyecto de adaptación al cambio climático» (Le Monde, 21-IV-23). Pero no solo llegaron para protestar todos esos manifestantes: también para defender proyectos agrícolas alternativos que se estaban y se están implementando en la zona. En Sainte-Soline, resumió Le Monde, se opusieron dos mundos. «Por un lado, el de la agricultura intensiva, que levanta megaembalses para captar el agua necesaria para la producción de cereales destinados a la industria agroalimentaria. Por el otro, los partidarios de una agricultura campesina, ya sea ganadera u hortícola. Por un lado, el productivismo y las grandes cosechas. Por el otro, la sobriedad y la agroecología». Y de este segundo lado, la defensa del agua como recurso público esencial y bien común.

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En el verde de la llanura del poblado de Sainte-Soline confluyeron, según los manifestantes, unas 30.000 personas. Llegaron de toda Francia, pero también de España, Italia, Alemania, los países nórdicos, Suiza. Todo estaba pensado para que fuera «una fiesta». De resistencia, pero fiesta al fin. El sociólogo Michel Kokoreff habló incluso de «cierto ambiente a Woodstock» (AOC media, 4-IV-23).

La Policía rebajó la cifra de presentes a unos 6.000, pero en lo que no hubo duda alguna fue en el número de agentes que se desplegaron en el área: unos 3.200. Un disparate fuera cual fuera la cifra de concentrados, más aún si, como lo afirmaba la Policía, no superaban los 6.000.

La idea era marchar hacia el sitio donde se están construyendo las gigantescas reservas de agua, que por el momento no son más que un cráter en medio de un desierto verde. La concentración había sido convocada por la Confederación Campesina, el grupo Bassines Non Merci (‘embalses no, gracias’)y por Soulèvements de la Terre (‘levantamientos de la Tierra’), un movimiento que se describe como «una constelación de habitantes en lucha, asociaciones de defensa del medioambiente, granjeros, grupos naturalistas, cantinas populares, sindicalistas agrícolas, científicos críticos, grupos autónomos, movimientos de educación popular, legisladores, ediles» y en cuya órbita se mueven también publicaciones como Reporterre, Terrestres o Socialter.

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No era la primera protesta frente a los sitios de estos embalses. Ya había habido otra a fines de octubre, que había acabado en enfrentamientos con la Policía. Pero lo que ocurrió ese sábado de fines de marzo pocos lo podían prever, incluso teniendo en cuenta los altísimos niveles de violencia de los cuerpos de seguridad franceses, exhibidos en la represión a las manifestaciones contra la reforma jubilatoria y antes a los chalecos amarillos, para citar ejemplos recientes.

«Nadie podía pensar que el Estado estaría decidido a recurrir a todo tipo de brutalidades para defender ese agujero», dice en un informe publicado el 21 de abril el semanario digital lundimatin. En espacio de hora y media la Policía lanzó «4 mil municiones», entre balas de goma, granadas de gases lacrimógenos y granadas de dispersión, dice la publicación. El diario Libération habló en sus crónicas de «armamento militar». Hubo unos 200 heridos entre los manifestantes, 40 de ellos graves y dos internados en CTI. Uno, Serge D., sigue aún hoy, un mes después, en coma; un proyectil le fracturó el cráneo.

La Policía (y buena parte de los medios de comunicación) culpó de los enfrentamientos a «grupos ecoterroristas», «anarquistas», «ecologistas radicales» que habrían «agredido a las fuerzas del orden». La Liga de los Derechos Humanos, una benemérita asociación más que centenaria, acusó, por el contrario, a los cuerpos represivos de ser responsables de una represión «salvaje e injustificada» y de haber bloqueado la llegada de los paramédicos para asistir a los heridos más graves. El ministro del Interior, Gérald Darmanin, conocido por sus posiciones cercanas a la ultraderecha, amenazó con disolver a la Liga y sobre todo a Soulèvements de la Terre.

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La idea de ilegalizar a este último movimiento viene de un poco más lejos. Al parecer, desde diciembre, luego de que el diario de derecha Le Parisien publicara una nota sobre el «perfil de los militantes ecologistas radicales» y de los movimientos que «se apartan de las reglas de la República», tachados de cercanos a la «ultraizquierda». «Los ministros de este gobierno parecen decididos a tachar de “ultraizquierda” a todo lo que se interponga en su camino. Como ese término se recicla, ahora cubre casi perfectamente el término “opositor”», afirmó por su parte el movimiento en un manifiesto-declaración publicado días atrás. Y recordó la aprobación reciente de varias leyes represivas, fundamentalmente una conocida como  ley contra el separatismo, que ha servido para perseguir y/o asfixiar financieramente a «decenas de asociaciones sociales, ambientales y culturales sospechadas de no adherir al “pacto republicano”» en el que se fundaría «la democracia francesa» o de ser «demasiado críticas».

No soporta este gobierno, ni los sectores sociales que lo apoyan, sostienen referentes del movimiento, como el antropólogo Philippe Descola o el filósofo Baptiste Morizot, que se denuncien los privilegios otorgados desde hace años a los más ricos, reflejados, por ejemplo, en la reforma jubilatoria, o que se cuestione su modelo productivo. «Nos rebelamos –dice la declaración de Soulèvements de la Terre– contra la visión del mundo y de la vida que este gobierno encarna, contra el saqueo del entorno natural, la desaparición de las tierras cultivables, el acaparamiento del agua, el aumento de la edad de jubilación, que no es otra cosa que la pantalla del injusto reparto de la riqueza, contra las mutilaciones a veces fatales infligidas a nuestros amigos y amigas, hijos, hijas y camaradas».

Según notas aparecidas en lundimatin y el portal Mediapart, el proyecto de disolución del movimiento y la represión de la concentración de Sainte-Soline se han vuelto como un búmeran contra el gobierno y dado una visibilidad a Soulèvements de la Terre que hasta ahora no tenía. Comités locales de esta «constelación» han surgido por todo el país y su declaración ha sido firmada por cerca de 100.000 personas.

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Se había informado que el 19 de abril podía decretarse la disolución del movimiento. No sucedió. Soulèvements de la Terre piensa que la movilización está teniendo resultados y que hay en Francia un contexto político y social extremadamente negativo para un gobierno que marcha hacia un aislamiento que no tendría vuelta atrás. «No se disuelve una idea. No se disuelve una rebelión. […] Lo que la mayoría de los habitantes de este país querría disolver es a este gobierno», dice la declaración-manifiesto del grupo.

Nara Cladera es de una idea similar. Hija de exiliados uruguayos residente en París, integrante de la comisión internacional de la central sindical Solidaires y del comité editorial de la revista Utopiques, Cladera piensa que raramente «la correlación de fuerzas ha sido tan favorable a las fuerzas populares como ahora» (rel-uita.org, 13-IV-23). «Hace muchos años que no se veían movilizaciones tan potentes, tan masivas», dijo, y subrayó un punto: en esas marchas (las enormes contra la reforma jubilatoria, las menos numerosas pero igualmente importantes contra la reforma migratoria, las de los chalecos amarillos, la de Sainte-Soline y otras) se está sugiriendo «que lo legal puede no ser legítimo».
«Esto es fundamental: es una victoria ideológica, un quiebre colectivo de una importancia histórica», dice.

Soulèvements de la Terre, apuntaba Le Monde, marca «un giro hacia el activismo» de una generación de ecologistas crecida en torno «al pensamiento de lo vivo y la antropología de la naturaleza», que reconoce raíces en el movimiento autogestionario y en épicas luchas sociales, como la resistencia a la expansión de un campo militar en el altiplano de Larzac en los años setenta. Aquel combate de tiempo ha que duró una década, hasta el abandono del proyecto, en 1981, por el primer gobierno de unión de la izquierda desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, fue iniciado por un centenar de productores lácteos (Larzac está ubicado en la región del roquefort) a los que el gobierno pretendía expropiarles sus tierras, pero se extendió rápidamente a toda la región y abarcó a grandes franjas de la generación post 68: organizaciones maoístas y trotskistas, anarquistas, feministas, antimilitaristas, restos del movimiento hippie, pacifistas, regionalistas, movimientos de desobediencia civil, colectivos artísticos.

«Yo los saludo, campesinos de Larzac, y saludo su lucha por la justicia, la libertad y la paz, la lucha más bella de nuestro siglo XX», escribiría en 1978 Jean-Paul Sartre. Larzac estuvo en cierta manera en el origen del ecologismo social en Francia y de la vertiente local del altermundialismo, y sus formas de organización horizontales inspiraron a otros movimientos que surgieron en las décadas siguientes. Soulèvements de la Terre pretende hacer de la confluencia de Sainte-Soline un hito, si no del mismo tipo, por lo menos similar. Tiene resistencias incluso internas al movimiento que convocó a la concentración, que critican «la violencia» de algunos grupos, pero Larzac también las tuvo, dicen sus promotores. Y duró en el tiempo e hizo escuela. «Son momentos estos en que hay que saber definir bien al adversario y poner el cuerpo», dijo a Mediapart un participante en la movilización de Sainte-Soline.

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