La última herida

La cuestión es el relato que ha surgido de toda esta crisis política de Ancap, en el que –desde el punto de vista de la izquierda– es difícil delimitar ganadores y perdedores. Porque las inconsistencias son múltiples, y no surgen de esta narración quijotes ni víctimas.

El último sorbo de un año por demás conflictivo le dejó al oficialismo un sabor decididamente amargo, un trago de lenta asimilación, pero con una capacidad altamente tóxica. Además esta vez el Frente Amplio está obligado a digerir una serie de componentes nuevos, que circularán por su metabolismo sin que aún se pueda pronosticar cómo quedará el estado de salud del partido de gobierno, que acusa un golpe imprevisto, de esos que pueden provocar pérdida de conocimiento, por más momentánea que sea.

Esta vez el antagonismo hiriente, el que duele, no lo aportó la oposición, que de todos modos realizó un trabajo eficaz y ordenado, logrando optimizar el rendimiento de una investigadora por la que nadie daba demasiado allá por julio de 2015. Porque quién puede dudar de que las declaraciones del vicepresidente durante el período pasado, Danilo Astori, y el ex ministro de Economía Fernando Lorenzo en ese recinto parlamentario hicieron crecer a la criatura y transformaron a la investigadora en una cuña afilada, dañosa para la –siempre tensa– costura frenteamplista.

En las siestas veraniegas la calculadora de los réditos políticos funciona a tope. La oposición es sin duda la que se lleva el premio mayor, no sólo por haber tenido la capacidad táctica de colocar una serie de números gruesos en la escena pública, sino por sacar a la luz algún trapito de feo aroma. Está claro que logró instalar el déficit de Ancap como el peor de los últimos tiempos, más allá de que no le preocupan otros endémicos, como que el Ministerio de Economía deba asistir con casi 2.000 millones de dólares por quinquenio a la quebrada Caja Militar para financiar la jubilación de 50 mil retirados (y eso también lo paga toda la sociedad, que no goza de los mismos privilegios de los militares).

La oposición se gana el premio mayor (y ahora quiere ir por más) también porque ha logrado una asociación con el astorismo que ha dejado al Frente Amplio en carne viva. Además ha extremado la perplejidad de las huestes frenteamplistas (las menos sectorizadas y las que una vez más colocaron a la coalición en el gobierno y con mayoría propia) y ha logrado golpear a uno de sus hipotéticos rivales de cara a 2019 (que venía siendo catapultado justamente a partir de su gestión en Ancap, y que había realizado una fuerte inversión en un sector político que logró una nada despreciable votación en 2009, elección en la que a su vez el Frente Liber Seregni perdió 90 mil votos).

Pero haciendo a un lado los mundanos cálculos electorales, la cuestión es el relato que ha surgido de toda esta crisis política de Ancap, en el que –desde el punto de vista de la izquierda– es difícil delimitar ganadores y perdedores, a diferencia de esos cuentos lineales que atribuyen con ligereza el bien y el mal. Porque las inconsistencias son múltiples, y no surgen de esta narración quijotes ni víctimas. Astori y Mujica cruzaron cartas en las que se repartieron culpas. El hoy ministro de Economía dice que advirtió sobre el déficit de la petrolera en 2012 (aunque también sembró dudas sobre las demás empresas públicas). El ex presidente dice que no recuerda esa advertencia y que los números no le llegaron. Ex miembros del gabinete se alinearon de uno u otro lado (Lorenzo del lado de Astori, Kreimerman del de Mujica).

Algunos primeros apuntes que deja esta crisis. La versión del astorismo no parece consistente. Si es que hubo advertencias, resulta extraño que los liderados por Astori no hayan ensayado movidas políticas como las que sí pusieron en marcha en conflictos ya algo olvidados que transcurrieron en 2011 y 2012. Habría que recordar las palabras de Rafael Michelini (otra vez) cuando puso en juego la mayoría del FA en ocasión del relevo de Héctor Lescano, o cuando voceros del Fls lanzaban a diestra y siniestra su oposición al impuesto a la concentración de la tierra (Icir), o cuando trascendían en Búsqueda amenazas de renuncias masivas del equipo económico. O las reuniones en la chacra del ex presidente, luego de que se filtraran las fricciones entre los “dos equipos económicos”, y en las que Mujica había logrado siempre alinear a la tropa. Es difícil imaginarse a un equipo económico resignado a perder, o a no utilizar armas eficientes contra medidas que comprometieran la macroeconomía, asumiendo pasivamente las “irresponsabilidades” de otro. El discurso en ese momento (y en la campaña electoral, cuando se llegó a defender el déficit fiscal como un déficit “de izquierda”) no fue el mismo de ahora.

Sin embargo estas cuestiones interpretativas no atenúan las responsabilidades de Mujica, que son las principales. Y no se licúan con las explicaciones tardías, cambiantes, y que a menudo parecen mirar a su gobierno desde fuera, como si él no hubiese sido el principal conductor del Poder Ejecutivo. El tiempo dirá si las inversiones de Ancap lograrán revertir el saldo. De todo lo que se ha sabido hasta ahora, parece que la planta desulfurizadora (más allá de una puntual fiesta fastuosa, “un gasto superfluo”, al decir de Mujica) es la obra incontrastable. Razones ambientales y también económicas (porque hay toda una gama de autos cero quilómetro y de camiones que no ingresarían al mercado uruguayo al no soportar naftas con azufre1) justifican una obra que aparecía como una necesidad en los planes maestros de la petrolera ya desde 2000. Pero ese, ya se sabe, es un debate sepultado por el tsunami de culpas. Parece también que los números en el cemento y en la cal son mucho menos defendibles, y que esos malos resultados asociados a una disparada de los costos de distribución del combustible y una defectuosa política de endeudamiento terminaron afectando el patrimonio de Ancap.

Y ahí está la mayor responsabilidad de José Mujica, en función de su investidura. Una falta de seguimiento y de evaluación, pero sobre todo de anticipación o de estrategia política (algo de lo que siempre se vanagloriaba el ex presidente), ha comprometido el discurso de la inversión pública como motor del desarrollo (un discurso estatista del que es tributario el batllismo y el neodesarrollismo, a pesar de las furiosas plumas liberales que construyen su cuarto de hora en Twitter). Ya sea por la toma de crédito en dólares a corto plazo, el no reconocimiento de costos por parte de Economía (que si fue tal debió merecer una orden de parar o enlentecer el ritmo de las inversiones por parte de Mujica), o lo que fuere. Y allí está el peor pecado en el que ha incurrido el mujiquismo, porque el relato ensayado por sus espadas parlamentarias –“compensación versus capitalización”– no está funcionando y es curioso que su bancada no se percate de ello. Ese relato de un Estado pujante, con empresas públicas saludables y musculosas, capaces incluso de absorber un margen de pérdida si el objetivo es mayor a largo plazo, no es sostenible si por detrás hay descuidos, falta de transparencia o la inexistencia de una racionalidad defendida con base en una sólida argumentación (lo cual no quiere decir que todo deba ser explicado bajo el paraguas de una utilitaria rentabilidad a corto plazo). Es ese concepto el que queda herido, y por errores propios (aunque ahora se hable de una “chamboneada” o de un manejo financiero “no adecuado”).
El oficialismo había logrado sostener en el tiempo la bandera de Alur, generando un polo para otras vertientes, como la de los biocombustibles (de resultados no inmediatos tampoco, pero de enorme potencialidad futura). Lo había logrado con la fibra óptica (con una Antel castigada por la oposición, pero capaz de esgrimir primeros puestos en los rankings internacionales de cobertura y de conectividad universal a pesar de competir con dos gigantes) o con el cambio de la matriz energética (con ese paisaje de parques eólicos recientemente ponderado por el inglés The Guardian). Pero en el caso de Ancap está claro, sí, con “el diario del lunes” –porque es el único que pudimos conocer, a diferencia de los ocupantes de la Torre Ejecutiva–, que la construcción del relato de la inversión pública ha retrocedido varios casilleros y que la batalla cultural por un Estado fuerte necesitará otras banderas, porque esta ha quedado bastante desteñida.

1. A propósito, la Asociación del Comercio Automotor en Uruguay (Acau) había marcado en su anuario 2013 que el gasoil uruguayo podía tener hasta 7 mil partes por millón de azufre, y que Uruguay tenía “el peor combustible de América Latina”. La nueva planta estaría en condiciones de reducir ese indicador a 50 partes por millón.

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