En el barrio La Amarilla, en Durazno, un hombre de 43 años empuñó un arma blanca y mató a su pareja. Si la historia terminaba allí, seguramente pasaba tristemente desapercibida, pero también asesinó a su hija de 16 años e hirió a sus otras hijas, de 9 y 12 años. Como último gesto del horror, se suicidó. Esto ocurrió el 5 de mayo de 2025.
Al día siguiente, aún con la noche pesando sobre los techos, un grupo de monitoras –investigadoras, activistas, periodistas y feministas– comenzó el registro de una muestra representativa de los medios uruguayos que se decidió hacer de forma aleatoria en todo el mundo el martes 6 de mayo de 2025.
La noticia del doble femicidio, violencia vicaria y suicidio no acaparó la enorme cantidad del tiempo ni del espacio informativo. De hecho, los resultados posteriores mostraron que, en prensa escrita, el porcentaje de noticias sobre los hechos de violencia basada en género1 no llegó a ocupar un espacio significativo como para aparecer de forma visible en gráficas y otras visualizaciones. El 80 por ciento de la cobertura en la prensa escrita de ese día estuvo enfocada en un asunto, el gran acaparador de la agenda –si es que tal artilugio sigue existiendo–: la política y el gobierno. Espacio reservado, si los hay, para los hombres y el poder.
El 20 por ciento restante de esa torta informativa escrita fue dominada, en partes iguales, por noticias vinculadas a la economía y la violencia y el crimen, pero no asociados al género. En radio y televisión, las noticias sobre los escandalosos hechos de violencia machista y femicida ocuparon porcentajes menores en comparación con otros, pero al menos aparecieron representados: un 5 por ciento en radio y un 3 por ciento en televisión.
Más allá de los temas a los que se les dio cobertura ese día, es importante observar que del total de personas que aparecen representadas en las notas de prensa, radio y televisión monitoreadas solo el 24 por ciento fueron mujeres. Y en algunos temas, como los deportivos o los sociales y legales, la representación de mujeres es realmente baja: 3 por ciento y 8 por ciento respectivamente. De hecho, el único tema en que la representación femenina es superior al 50 por ciento (más precisamente, un 67 por ciento) es la violencia basada en género, que tiene un nivel de cobertura bajo.
Bajo la pregunta «¿Quién hace las noticias?», el Proyecto de Monitoreo Global de Medios se propone, desde 1995, hacer un reporte que produzca información confiable sobre indicadores vinculados al género y los medios de comunicación, tales como la presencia de mujeres (en las noticias o haciéndolas), la cobertura de la violencia basada en género y los sesgos vinculados a estereotipos en la información brindada por los medios.

En nuestro país, la organización Cotidiano Mujer llevó adelante los monitoreos nacionales en los años 2000, 2010, 2015 y 2020. Para esta última edición se realizó una alianza entre la organización y el Observatorio de Medios del Uruguay (OMU) con base en la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República. La desesperanza acumulada a escala global también se representa en el ámbito nacional: tanto en el informe mundial como en el uruguayo las mujeres solo representan una de cada cuatro personas vistas, leídas o escuchadas en las noticias.
Es triste imaginar la ilusión de las mujeres que acompañaron las reivindicaciones de la Plataforma de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing, en 1995, primer año del monitoreo. En esta se definió a «la mujer y los medios de difusión» como uno de los 12 ejes cruciales, con objetivos estratégicos y medidas. Es difícil, ahora, ver la decepción que los resultados deben causar al estar tan alejados de esas metas.
No nombro la plataforma por una manía institucionalista, sino porque me parece –en este caso– un reflejo fiel de las aspiraciones pretendidamente realistas del momento: la generación de protocolos, la capacitación específica en género, la determinación de instrumentos que generen equidad; en definitiva, acciones para que los gobiernos, las organizaciones periodísticas y los gremios dieran señales claras hacia la reparación de la desigualdad y el reconocimiento del valor de las mujeres. En un repaso rápido, 30 años después, ninguna de las recomendaciones se ha cumplido por completo.
Esto significa que las instituciones han fallado, pero también que –al igual que con otros problemas asociados a los medios de comunicación– las herramientas para que las mujeres periodistas o los y las periodistas feministas reclamen, controlen e impulsen estos cambios son frágiles e intencionalmente fragilizados.
En el contexto uruguayo la organización gremial o profesional de periodistas es compleja: no llega a tener suficiente poder como para reclamar condiciones justas de trabajo en espacios que defienden un periodismo independiente, libre de presiones políticas y económicas. Menos aún logra tener agencia para intervenir colectivamente sobre la calidad del periodismo uruguayo. Y vaya si la incorporación de la perspectiva de género es una forma de medir la calidad del periodismo.
NO ES NADA NUEVO
Este monitoreo global mide la presencia de las mujeres en distintos ámbitos. Los principales resultados son preocupantes y no son nuevos: ya en 2022, el OMU había publicado un estudio que mostraba que menos de uno de cada cinco protagonistas era una mujer en las noticias destacadas de los portales informativos de El País, La Diaria, El Observador, Montevideo Portal y Subrayado en el segundo semestre de 2021.2 En ese relevamiento se reflexionó, además, sobre los protagonistas en cuanto «transmisores de versiones del poder» y cómo los medios de comunicación juegan un rol fundamental en su reproducción. Se trata de versiones de un poder masculinizado y normativo, porque no solo hay pocas mujeres, sino nulas disidencias sexuales.
En este caso, el día del monitoreo global, Uruguay estaba a pocas horas de atravesar las elecciones departamentales de 2025. Esto claramente influyó en que la temática «política y gobierno» fuera la más popular en la mayoría de los soportes. El periodismo conoce sus límites y sabe que es difícil que haya presencia paritaria en sus noticias cuando de 146 candidaturas presentadas para 19 departamentos solamente 25 eran de mujeres.
La reproducción de las versiones de poder opera –en la política y en la mayoría de los ámbitos– como un espejo de la realidad, ¿pero qué sucede con la posibilidad de desafiar los estereotipos de género? ¿Realmente las y los periodistas solo pueden representar los hechos tal como se les presentan? ¿No podrían, por ejemplo, entender que la desigualdad que las candidaturas reflejan requiere un trabajo que implica una visibilización activa de las mujeres?

La falta de esta perspectiva se representa más claramente en la elección de fuentes para producir las noticias. Si observamos en términos generales, en ninguno de los tres soportes sobre los que se presentaron datos, las fuentes femeninas llegaron a ser paritarias en comparación con las masculinas. En estas decisiones, la responsabilidad periodística es ineludible; aunque la tradición nos postule a hombres por defecto, en muchos casos se puede emplear algo de creatividad y perseverancia para superar la inercia y encontrar fuentes igual de calificadas pero femeninas.
El total del informe puede verse en la página web del OMU; allí se encuentran muchos otros datos, incluso unos muy interesantes sobre las edades comparadas de mujeres y hombres presentadores de noticieros que transparentan de manera evidente que la casi paritaria presencia de mujeres obedece a la inmortal cosificación de la figura de la mujer.
El desafío para quienes queremos un periodismo que no reproduzca ni promueva las desigualdades de género es grande: nos enfrentamos a estructuras de poder a las que no les sirve que las mujeres sean vistas, leídas y escuchadas porque eso incomoda a las masculinidades hegemónicas, acostumbradas al privilegio monopólico de la difusión. La condición prácticamente inamovible de estas inequidades debería darnos pistas sobre los beneficios que supone acaparar la voz y la imagen. Quizás hay, entonces, en la erosión a estas estructuras mediáticas, una llave más potente de lo que imaginamos para la transformación de nuestra realidad.
- También existió otro caso: el de una mujer brutalmente golpeada por su pareja, quien le rompió varias costillas. ↩︎
- Véase «Solo una de cada cinco protagonistas de las noticias destacadas en la segunda mitad de 2021 fue una mujer» en la web del OMU, omu.fic.edu.uy. ↩︎
(Julieta Núñez Tomas es periodista, docente e integrante del Observatorio de Medios del Uruguay)






