—Ta’ bravo pa’ estar acá, bo. Y yo que tengo que prender el fuego ahora… Me quiero matar.
El sol del mediodía abraza y abrasa los campos de Nuevo Comienzo y produce un vaho intenso dentro del rancho de Fabiana, que se sienta en una de las sillas de plástico que escoltan la mesita.
—El trono de la reina –bromea Federico, sentado en un sillón de madera.
La puerta está abierta para que el aire cambie, el calor se haga más llevadero y los rayos intensos, que rebotan contra la tierra, provean una iluminación natural a la cocina comedor, dividida por una mesada, sobre la que hay un bidón con leche chocolatada.
—Preguntan en el grupo si hay leche –dice Federico, con el celular en la mano izquierda, puesto que tiene la diestra inutilizada por un yeso–. Pero ya es tarde.
—¡Ah, sí! ¡Es tarde! Ya di ...
Artículo para suscriptores
Hacé posible el periodismo en el que confiás.
Suscribiéndote a Brecha estás apoyando a un medio cooperativo, independiente y con compromiso social
Para continuar leyendo este artículo tenés que ser suscriptor de Brecha.
¿Ya sos suscriptor? Logueate