Llamarada nocturna - Semanario Brecha

Llamarada nocturna

Daniel Viglietti (1939 - 2017)

Daniel Viglietti por Ombú.

“Cada cual tiene un Viglietti al que aferrarse. Nosotros, al menos, porque los más jóvenes capaz que ni lo conocen”, decía el martes una señora a los sesenta, tal vez ya bastante entrados, mientras la fila avanzaba –rápida, fluida– en la explanada del Solís. La señora miraba la fila y no se consolaba. Mucha gente, pero ella hubiera querido una multitud. Cincuentones, sesentones, setentones, bastantes cuarentones, treintañeros sueltos: Viglietti no tenía el consenso popular de un Benedetti, ni el público amplio, también juvenil de un Galeano. En esa trilogía con sonoridad tana con que se identificaba a cierto Uruguay de izquierda, en esa delantera en la que él hacía de enganche y que acaba de esfumarse, Viglietti ocupaba un espacio paradójico, entre clamoroso y reservado. Menos juguetón y sensual que Galeano, menos buenazo y modesto que Benedetti. Al artista exquisito que tantos evocaron por estos días, la llamarada también le sentaba (fundamentalmente la llamarada le sentaba), y de él pudo decir una Mercedes Vigil lo que de Benedetti seguramente no se hubiera atrevido y de Galeano tal vez tampoco (aunque pensándolo mejor vaya uno a saber): que su “paso por la realidad nacional ha sido nefasto” y “hemipléjico”. Un buen homenaje involuntario, después de todo, para alguien que apreciaba escoger su lado.

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Cada cual tiene su Viglietti al que aferrarse. Digo el mío, que puede ser en parte el de no pocos nacidos despuntando los sesenta: Viglietti codeándose en la salvaje discoteca casera con Serrat, con Los Olimareños, con Rolando Alarcón y sus cantos de la guerra civil española, con Héctor Alterio y sus evocaciones anarcas, disputándole espacio a María Elena Walsh o a Piccolo, Saxo y Compañía primero, a las “porteñadas” después, peleando pese a él con los Beatles, compartiendo banda sonora con los tangos del abuelo, la música clásica y el folclore de la tía, el jazz del tío, la bossa de la otra tía, el Zitarrosa de casi todos y los Rolling Stones o los Shakers de las primas. Viglietti, luego, reinando, hecho himno con “El Chueco Maciel” o “Muchacha”, lágrimas con un “Dinh Hung juglar” que terminaba conmoviendo más que cualquier manifiesto, fascinando en Trópicos. Viglietti y sus festejados guiños libertarios de “Anaclara” o la canción que nombra a “esa” bandera, o la palomita negra de piquito rojo que se vuelve halcón, cantados a coro en una casa malvinense convertida en sociedad de resistencia.

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Los discos de Viglietti escondidos o atribuidos a propiedad paterna cuando la compañera de clase venida del extrarradio no militante llega a tu casa, te pregunta qué música escuchás y no te atrevés a decirle que te sabés de memoria varias de las canciones chuecas.

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Uno de esos lavados de cara periódicos de la puerta de la Ciudadela hizo que hace no tanto tiempo brotara de la nada una pintada: “Liberar a Viglietti”. Era del 72, cuando lo metieron preso y corrió el rumor de que le habían cortado las manos. Una tía vieja que seguramente hubiera podido intimar con Mercedes Vigil tuvo en aquel tiempo una reacción que no tendría unos pocos meses después, cuando a tres cuadras de su casa, en la calle Amazonas, militares escuadronados acribillaran a balazos a los esposos Martirena: “Ay, no se merece tanto, es un buen músico, toca muy bien la guitarra, que lo callen, sí, pero las manos, no”, dijo. O algo así.

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(Viglietti más íntimo: leyendo la “Carta abierta de un preso a su carcelero” escrita por mi padre en el cuartel del Cgior, durante uno de los “Cantando a propósito”, con Los Olimareños y Dahd Sfeir, en el 71 o el 72; ofreciéndose para compartir navidades en aquel desolado fin de año parisino de 1976; tomando la guitarra para cantarse alguna a domicilio para mi abuela en el Montevideo de su retorno, en los ochenta, a veces acompañado por mi tía al piano, en uno de esos mini recitales privados que le eran habituales cuando de madres de desaparecidos se trataba, de la misma manera que aceptaba multiplicarse en espectáculos gratuitos por aquí o por allá para alguna causa que lo motivara.)

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Creo que fuimos muchos los poco más que adolescentes rioplatenses vigliettizados en los setenta que en los primeros años del exilio europeo le escapamos como a la peste o simplemente lo esquivamos. Cuestión de sobrevivencia, de mirar para otros lados. Pero indefectiblemente lo cruzábamos y nos era más fácil entroncar con él que con otros, cuando a la llamarada le arrimaba otros calores, más extraños. Pablo, amigo argentino desencantado que le huía después de haberlo endiosado, tocó el cielo con las manos cuando Viglietti lo invitó a acompañarlo con su flauta traversa en un recital parisino. Arrimaba jóvenes. Y siempre esa guitarra, esa voz que mantuvo casi hasta el final. Esa potencia. Aunque a veces se produjeran desafines, hiatos y los hilos se cortaran por lo más grueso –y el “hombre nuevo” quedara bien, bien lejos– aparecían “Nocturna”, “El vals de la duna” o “Esdrújulo”, o intervenía sus viejas letras para aggiornarlas, como hizo semanas atrás con “Gurisito”. Y uno remontaba el tiempo y lo ataba con los fuegos. De a ratos, quemaban.

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