Con Patricia Turnes

«Lo más irónico es la vida»

La cantautora y compositora acaba de lanzar una hermosa sorpresa de fin de año. Se trata de Todo lo que no se cuenta en las canciones de amor, su tercer disco, un material muy original y revelador que coprodujo con Fabrizio Rossi y que se encuentra disponible para descarga gratuita en Internet.1

Mauricio Zina

—¿Cómo fue el proceso de trabajo?

—Con cada disco fue distinto, pero en este caso lo que hice fue llevarle las canciones a Fabrizio y algunas fueron mutando muchísimo. Uno de los casos es «El incogible», que era una canción lenta, aburrida y larga, no un punk rock como es ahora. Fabrizio la escuchó y me dijo: «La letra está buenísima, tendríamos que pasarla al doble de tiempo o más». Hicimos el experimento y funcionó, eso le agregó como una energía extra; así con todas las canciones.

—¿Con qué formato vas a tocar este disco en vivo?

—En noviembre me hicieron una propuesta para tocar con Exilio Psíquico, una banda de la que siempre fui fan. Se lo conté a Flavio Lira y él me dijo: «Pah, yo estoy para hacer una microbanda contigo». Y dije: «Bueno, es más lindo en banda». Entonces él y Fabrizio se colgaron y pensamos en Ismael Varela, el Faraón, porque sabe tocar de todo, es muy dúctil.

—Las canciones se van modificando hasta convertirse en algo colectivo.

—Estas personas que están en la banda no son por azar. Una vez lo vi al Fara tocando con Portillo y vi cómo cambiaban las canciones de Jorge gracias a su aporte. Aunque seguir las mías fue difícil porque, claro, no siguen un tiempo estándar, sino un tiempo interior. Pero salió bien, rindió. Después llamamos a Flavio para hacer coros y Betina Chávez, la violinista que ya había tocado en mi primer disco, también aportó en dos canciones. Migue Recalde siempre me decía: «Quiero grabar para tu disco», y al final se concretó. La casa de Fabrizio es como un club, se junta mucha gente ahí, se van sumando colaboraciones. A su vez, Fabrizio se propuso grabar la mayor cantidad de instrumentos posible, era un desafío para él. Así que yo le llevaba los temas y empezábamos a probar ideas y a jugar con la música.

—¿Cuánto tiempo llevó ese laburo?

—Como un año y dos meses, en un régimen de trabajo de cuatro horas cada vez que iba. No era que estuviéramos siempre trabajando, a veces estábamos en el patio tomando mate, pero eso es importante porque te une más a la persona y en algún lugar te fusionás, ¿viste? Nos prestábamos libros, ese intercambio es muy rico.

—Tiene que ver con sintonizar con la sensibilidad del otro.

—Sí, claro. Fue una época medio jodida y poder ir para ahí fue la salvación, una cosa muy linda. De hecho, ahora que no voy ya tuve sueños en los que iba, porque ese encuentro semanal era casi terapéutico.

—Hay algo muy lúdico en el disco, cada canción es como un rompecabezas.

—Cuando una canción no funcionaba, le íbamos inventando cosas, a veces casuales, como que estaban Migue y el batero Matías ahí, y nos faltaban diez minutos para terminar la sesión y decíamos: «¿Saben qué?, hagan un coro, lo que quieran, tiren fruta…», y en 15 minutos salió algo buenísimo. En «El incogible», que es una canción basada en una historia real, el que me dijo en un recital «ese tipo es un incogible» fue Flavio. Entonces él mismo grabó el coro y unas improvisaciones en las que dice cualquier disparate.

—Hay mucha diversión, se siente esa cosa contagiosa.

—En «Todo lo que no se cuenta en las canciones de amor», por ejemplo, Fabrizio y yo grabamos tremenda discusión de pareja. Después pusimos sólo un pedacito, pero también nos fuimos sacando de adentro muchas cosas, es un poco psicomágico. Lográs reírte de lo que te pasa, la música lo levanta todo. Aunque hay algunas canciones más melodramáticas, donde hay mucho violín, ponele, es más para ese lado [risas].

—Igual todo parece establecer una distancia, una especie de extrañamiento irónico.

—Es que incluso lo dramático, cuando funciona por acumulación, te causa gracia. Yo voy escuchando historias y, cuando veo que una historia puede tener un viso de algo más universal, ahí se convierte en una canción. Una vez me había ido de un recital y en la parada del ómnibus había una pareja que se peleaba. Eran una mina y un loco que había tomado de más y le decía de todo, y ella le gritaba: «Me tenés harta, ¿por qué tomaste?», y cada cosa que decían me parecía una joya de la literatura.

Cuando Flavio me dijo «ese tipo es un incogible», me quedó esa palabra. «Usala, Turnes –me dijo–, yo no voy a hacer nada con eso.» Un día me volví a encontrar al tipo en la calle, cerca de mi casa, y empecé a espiarlo, a notar que había cambiado. A veces me lo encontraba en bicicleta cuando salía de karate y pensaba: «Pah, qué increíble». Y otro día estaba en mi casa, aburrida y medio mal, y pensé: «Me voy a sacar un poco la mala onda grabando esto», y ahí agregué la palabra incogible. Después, con esa cosa punk que le dio Fabrizio, la canción voló para otro lugar y se volvió mucho más divertida.

—¿Escribís primero y musicalizás después?

—No, es todo junto. Encuentro algún acorde medio rarófilo y ahí me quedo a experimentar, a ver qué sale. Suelen ser dos o tres acordes, porque necesito concentrarme en la letra. Capaz que si fuera sumamente hábil con la guitarra sería distinto, pero no lo soy, entonces me limito a que salga la materia prima, la letra y la melodía. Después viene la producción y ahí todo puede cambiar.

—¿Por qué el cover de Pantoja?

—Yo vivo en una realidad en la que conviven muchas cosas. Me gusta todo, desde Nick Cave hasta Pimpinela. Para un toque que se llamó Fiesta Karaoke se me ocurrió hacer una de Pantoja, y pensé en «Marinero de luces». Fabrizio no estaba, pero cuando le conté que la había cantado, me dijo: «Pah, el 24 de noche, en mi familia, se canta esa canción todos los años». A su vez, yo tenía una suegra que limpiaba la casa escuchando las canciones de Pantoja y en esa época, cuando yo era más joven, me parecía que se masoqueaba escuchando eso y limpiando. Medio Almodóvar me resultaba todo, patético y kitsch. Pero ahora le agarré el gusto, pienso que estaba increíble que la tipa limpiara la casa escuchando esa canción. Tiene todo que ver con la búsqueda del amor frustrado para una mujer de mediana edad.

—Interpretarla te resultó desafiante.

—Es que implica ponerse en otro lugar, es la canción de una diva, que se canta desde las entrañas. En un video de la Pantoja cuando presentó ese disco, la mujer se pone una capa y yo dije: «Estoy segura de que se la va a sacar»… Esas cosas hacen las divas, es todo exagerado, pero no le tienen vergüenza a nada y con eso construyen un personaje casi de la realeza, de una altura inalcanzable. Me resultó gracioso ponerme en esa piel romántica porque no creo tener mucho de eso, más bien soy bastante descreída.

—Es como un colorcito que si no, le faltaría al disco, porque establece una contradicción.

—El disco es una crítica al amor romántico, pero esa canción es todo lo contrario: un canto al romanticismo. Es rarísimo, porque Fabrizio se la mostraba a todo el mundo y le decían: «Ah, pero Patricia puede cantar bien» [risas]. Aunque, bueno, también hay un canon de lo que la gente piensa que es cantar bien, ¿no? A mí no me interesa parecerme a ese estilo. Ayer escuchaba, en una entrevista a Cabrera, que él decía que en su momento, antes de ser famoso, había pila de gente que lo despreciaba por su voz nasal. A mí me gusta esa fibra personal; la voz de Maslíah, de Mateo no son voces comunes, lo que importa es la personalidad, las letras, ese toque mágico.

—Salirse del estándar es algo que se puede asociar con el sello Feel de Agua.

—Hay una búsqueda de ser auténticos con lo que cada uno hace musicalmente. Si eso se puede mejorar, genial, pero tampoco cambiarlo para mantener un estándar que no tiene sentido. Cada disco que se hace retroalimenta a otros, hay vasos comunicantes artísticos y de influencias. Siempre hubo generaciones en la música uruguaya y nosotros estamos, a nuestra manera, tratando de hacer una contribución.

—En tus letras los y las protagonistas muchas veces están afuera de la organización tradicional de familia.

—Mis personajes son raros, sí. Hay un ejercicio de sinceridad en decir «vamos a dejarnos de joder, ¿cuáles son las cosas que realmente pasan?». Quise salir de la canción de amor chota que siempre dice lo mismo. Un libro que me influyó bastante, que me prestó Fabrizio, fue Un apartamento en Urano, de Paul Preciado. Habla de lo cerrados y lo programados que estamos, en todo sentido. Los raros son señalados por personas que no admiten que haya formas distintas de expresar el amor y la sexualidad. Hay mil historias en el mundo y son todas muy ricas, ¿qué nos limita? Creo que hay mucho valor en las historias no contadas.

—Es interesante que el disco cierre con «Foto familiar», porque implica una mirada que oscila, que admite una posición ambigua.

—Es que lo filosófico me nutre, pero lo que más sale de adentro son historias que me pasaron o de las que fui testigo. Esa canción es sobre un amor muy intenso que tuve por alguien, el hijo de esa suegra sobre la que te conté hoy. Esa relación me condicionó en pila de cosas buenas y malas, porque las heridas también quedan. Y de pronto ves una foto en Internet de esa persona con su familia, ¿y qué te pasa cuando lo ves 20 años después? Hacés un ejercicio de choque entre la realidad y la fantasía, confrontás a todos tus fantasmas. Siempre digo que lo más irónico es la vida, no tanto mi mirada.

—Hay mucho asombro en el disco.

—Es que la gente oculta mucho. Con el tiempo eso empieza a saltar y podés comparar lo que dice con lo que hace, lo que esa persona era antes con lo que es ahora. Eso me encanta, forma parte de lo que nos pasa, pero no se habla mucho de eso. ¿Sabés dónde se habla de eso? En el tango. Se habla de personajes que empiezan siendo algo, pero terminan en otra que nada que ver. Me encantan las letras de tango, son dramáticas, pero tienen humor.

—El humor, el espíritu de jugar son importantes en tu trabajo.

—Fundamentales. Hoy, cuando venía para acá, en la cooperativa había dos niñas jugando que tenían un estilo magnífico para hablar y actuar, y la abuela estaba sentada, riéndose de ellas y cuidándolas. Pero claro, después veo que las niñas se convierten en alguien como la abuela, alguien que no juega, que mira y cuida. Ese rol de la mujer me rompe las pelotas. Por más que parece que cambió el mundo, no cambió mucho en realidad.

—¿Buscás ser crítica con el mundo de la música?

—Algunas canciones son como un mensaje adentro de una botella, que se la tiro a alguien para que le llegue lo que le quiero decir. Pero también son para mí, porque hay algo en mi estructura que tiene que ver con eso que Leonard Cohen llamaba «la torre de la canción»; vivís ahí, pasás pila de horas en eso, investigando, tocando, practicando. Estar en ese mundo te hace evitar el contacto con tus emociones. A veces me pregunto si no sería más sano que no existiera el mundo musical, no sé cómo resolvería los problemas si no pudiera hacer canciones sobre ellos. Esa torrecita es como un refugio, aunque también es un lugar desde donde tirás piedras y decís lo que te parece que tiene que cambiar.

1.  Disponible en: http://feeldeagua.net/discos.php y en: https://patriciaturnes.bandcamp.com/album/todo-lo-que-no-se-cuenta-en-las-canciones-de-amor


Sobre Todo lo que no se cuenta en las canciones de amor

Ingenio y libertad

Por Guilherme de Alencar Pinto

Todo lo que no se cuenta en las canciones de amor, de Patricia Turnes. Feel de Agua, Montevideo, 2020.

Las canciones de Patricia Turnes son musicalmente sencillas pero originales y no se atan a ningún género. Las letras y la interpretación vocal son centrales en lo que hace. Su manera de cantar también es muy sencilla, despojada, pero tiene mucho encanto y funciona increíblemente bien.

El título es perfecto. El todo es, por supuesto, una exageración coloquial para aludir a un universo temático amplio. Gracias al punto de vista femenino (todavía minoritario en el panorama musical) y la imaginación peculiar de la autora, los textos resultan sorprendentes. Varios de ellos hacen reír; la risa, en buena medida, proviene de hacernos experimentar asuntos y expresiones no dignificados por la costumbre artística. Su inclusión suena como una travesura, una irreverencia, una revelación. El tono es el de una conversación pautada por la confianza, relajada pero compenetrada.

Esas informalidades incluyen la redacción prosaica de las letras, la aparición de expresiones como «la mandó a cagar» o «mucho olor a huevo», pero también se traducen en un enfoque particular. Por lo general, las canciones de amor suelen enajenar el sentimiento en un mundo abstracto, donde se omiten no sólo los problemas prácticos, sino también los componentes indomables y amorales del sentir de cada uno. En este disco, sin embargo, los problemas de pareja tienen que ver con la limpieza y el orden de la casa, ella siente atracción por varios tipos a la vez, se pone agresiva y ahora está arrepentida. Transitamos no sólo el momento de la pasión encendida o de los recuerdos luego de la separación, sino también esa etapa gris en que las decepciones empiezan a ganar terreno, entibiando el amor. Están presentes la posesividad competitiva, la envidia, la condición económica. Hay algunas grandes frases («Ella no es perfecta pero es real», «aunque yo ya tenga pareja/ no tiene nada que ver/ puedo mirar el menú/ aunque esté a dieta»), pero, sobre todo, una elección puntillosa de las palabras y de los elementos para urdir cada uno de los textos.

El sonido va de lo totalmente acústico a lo muy electrónico. Hay una cosa curiosa en la realización y es que hay un montón de cosas en este disco que están «mal». Sin embargo, si esas cosas estuvieran «bien», me temo que el disco no sería tan bueno. Es una excelente muestra de lo difícil (quizá imposible) de entablar ciertos criterios estéticos fijos –algo es bueno sólo si «tal cosa»–, porque siempre aparece algo que, trabajado con ingenio, creatividad y vuelo, encuentra la magia, prescindiendo soberanamente de «tal cosa».

Patricia tiene una voz relativamente chica y no tiene una gran técnica. Pero su timbre es precioso, sabe escribir melodías que luego puede transmitir en forma perfecta, e interpreta sus textos con gracia y convicción. Es de esas cantantes en que la expresión no está en el perfil grande de lo que emite, sino que está entrañada en las moléculas. Siento que podría escuchar 80 canciones al hilo cantadas por ella sin fatigarme, mientras que me empalago con dos minutos de Lady Gaga.

Otra característica rara de su música son las melodías poco melodiosas, que parecen ser más bien un paseo por unas pocas notas de cada acorde, articuladas en función de las palabras (y a veces la prosodia es medio cruzada). Es un recurso que se sintoniza con una tendencia muy de ahora (las melodías de trap, por ejemplo), de modo que no llamará la atención negativamente para la mayoría de los oyentes. Creo que ese tipo de melodías, combinado con la forma de cantar de Patricia (que no tiene nada que ver con el trap, no usa ese acento raro ni autotune), con su expresión coloquial, con sus versos irregulares casi sin rimas, contribuye con el humor y la sensación de conversación a la que aludí.

Casi todas las músicas están basadas en un péndulo entre un par de acordes, o en la alternancia entre péndulos o ciclos brevísimos. Es decir, no hay mucho «discurso» musical. Pero Patricia es independiente, creativa e ingeniosa. Pago más plata por sus soluciones ingeniosas e inesperadas, logradas con herramientas sencillas, que por todo el arsenal de fórmulas acumuladas en una academia de «jazz», pero manejadas por alguien con menos fibra de compositor. Junto con péndulos un poco más comunes tenemos, por ejemplo, el de la canción que da título al disco, entre si bemol mayor y re bemol mayor (relativa de la tónica menor, un vínculo que tiene su complejidad tonal).

«Mis faltas» directamente se sale del lenguaje armónico más común: la canción es monódica, los instrumentos tocan las mismas notas que la voz, coloreando la línea con distintos timbres (guitarra, charango y algún tipo de flautita no temperada y llena de armónicos espurios). La melodía transcurre sobre una colección pentatónica, pero, curiosamente, el cierre consiste en un desvío a una región tonal distinta, que no produce ninguna sensación de conclusión, sino más bien de desconcierto, de capricho. «Acaparadora» también es casi toda monódica (aunque hecha con instrumentación beat), pero oscila por colecciones de notas tonalmente más complejas y maneja intervalos disonantes. «Prefiero quedarme haciendo música» es una yuxtaposición de dos coloques musicales bien distintos, cada uno de ellos por fuera de cualquier cosa que sea estándar en la música popular. En «Ella siempre está ahí» se suceden frases musicales con divisiones rítmicas distintas unas de otras en el acompañamiento, lo que tampoco es común en la música popular actual, en la que la rítmica suele seguir en piloto automático y lo más increíble es que eso no quita, más bien suma, al aire hipnótico. En «Foto familiar», la alternancia entre un acorde disminuido y uno mayor (sobre la misma fundamental), aparte de propiciar un bello cromatismo que tiene su sabor propio, parece plasmar en la música la diferencia entre la felicidad contenida en la foto y el resentimiento que adivinamos en el personaje que la mira. Dije que las melodías eran poco propulsivas, pero hay al menos una gran excepción, que es el gran estribillo punk: «Inco inco incogible/ Inco inco incogible» (¡qué genial hacer pogo con esto!). Es curioso y peculiar el gusto por los coros masivos, realizados, por lo que se infiere de la ficha técnica, multiplicando las intervenciones de unos pocos cantantes. Hay unos interesantes gestos afro en el candombe «Decir la verdad».

Patricia Turnes tiene una de las personalidades más fuertes de la música uruguaya reciente. La persona con quien le veo más analogías es Leo Maslíah, por lo coloquial, el humor, la apertura desprejuiciada a distintas posibilidades estéticas, la expresividad vocal que opera a nivel muy sutil. Como en Maslíah, hay una actitud ficcional en varios de los textos: no podemos asumir automáticamente que los yo poéticos sean siempre un alter ego de la compositora. En «Mucho olor a huevo» el personaje locutor es, incluso, un varón. Como Maslíah, Turnes suele dejar abierto el juicio sobre el personaje. En «Mucho olor a huevo», por ejemplo, ¿le está tomando el pelo al roquero que considera que estaría bien invitar a una mujer a participar de su música, o está señalando esa falta de presencia femenina en el rock, o simplemente mostrando, en forma entretenida, el aspecto gracioso del desacomodo de un momento de cuestionamiento y transición? Esa no definición es parte del espesor y la vitalidad de su canción, que no es ni condescendiente ni soberbiamente tajante, y tampoco hace gala de ningún justo medio o de tener la posta.

La única canción que Patricia canta en forma expresamente insuficiente es el cover de «Marinero de luces», que fue un éxito «melódico» en 1985 en el vozarrón sobreactuado de Isabel Pantoja. Su presencia en la grabación queda como un pequeño gesto satírico-punk, en lo que, por otro lado, parece ser una interpretación «en serio», no una pedante tomadura de pelo. La presencia extraña de ese tema funciona como un recordatorio de lo que sí se suele contar, y de qué manera, en las canciones de amor.

En «Enamorada de cinco tipos a la vez», en el espacio métrico en que dice «enamorada», en otra estrofa dice: «Cuando llamó por teléfono a su ex», resultando en algo necesariamente atropellado. Ese tipo de actitud es parte del aire del disco. En «Creo que te idealicé» aparece la siguiente estrofa: «Y acá venía una parte que decía: “Tenías un qué sé yo/ tenías un no sé qué”. Pero esa parte la saqué, pero no estaría mal decirlo». Es decir, ella comparte con nosotros el propio proceso de las (in)decisiones en la concepción de la canción y del disco. Supongo que la desprolijidad en las ejecuciones musicales tiene algo que ver con eso, es como un gesto estético. La guitarra de Patricia es rítmicamente un poco trancada. El sonido es medio de garaje y no hay nada que suene con pegada. No hay tuco. Creo que nunca escuché un tempo tan irregular en una canción con batería como en «Acaparadora». Patricia y sus acompañantes transitan por distintas vetas de música beat (desde el punk-rock de «El incogible» hasta la onda club-del-clan de «Cucaracha»), candombe, aires tropicales, chacarera y rap, y estos ejemplares podrían ser el hazmerreír del especialista en cualquiera de ellos si se tratara de evaluarlos con los criterios de «género musical». ¿Hacía falta tanto? No sé si un trabajo de acompañamiento más orgánico no incrementaría la belleza y la comunicación de este trabajo. Pero capaz que no, que sería tan mala idea como colorear y sonorizar un corto de Chaplin.

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