Los buenos se defienden

En el Teatro del Anglo: “El secuestro”

En el Teatro del Anglo: “El secuestro”

En los tiempos que corren ‒parece señalar el español Fran Nortes‒ no sólo hay que cuidarse de los malos, sino también de quienes, por los cargos que ocupan, aparentan poseer respetabilidad cuando, en realidad, esconden los peores procederes. En tales casos, según el autor, el mejor camino sería dejar de lado la ley y el orden para poner en su lugar a los culpables y recuperar lo perdido, así sea secuestrando al hijo de un ministro, como propone el presente texto. El ministro en cuestión (Diego Artucio) es nada menos que el culpable del inminente cierre de un mercado que llevaba adelante, hasta ahora, el honrado protagonista (Jorge Esmoris), quien, ante la ruina, no tiene otra salida que mudarse a lo de sus suegros, lo que no le resulta para nada atractivo.

El secuestrado no es otro que el mencionado hijo del dignatario (Juan Luis Granato), un sujeto que no se queda atrás de su progenitor en cuestiones de malos procederes. Efectuado dicho secuestro, habida cuenta de los inesperados contratiempos que el improvisado ejecutor tiene en el camino, la repentina aparición de su hermana (Mariana Baquet) y su cuñado (Leonardo Pacella) le aportan al novel delincuente una imprevista serie de recursos para seguir adelante con el plan. Casi todo lo que antecede, cabe aclarar, es sólo el comienzo, o casi, de las idas y venidas del flamante terceto de malhechores para lograr fines que, bueno es señalarlo, nunca estarán a la altura de los que serían capaces de llevar a cabo los malos originales ‒léase el ministro y su hijo‒. Es que no queda otro camino para estos nuevos delincuentes, agredidos por quienes, poco antes, siempre supieron salirse con la suya. Nortes subraya esta encrucijada con bienvenida chispa a lo largo de una comedia que se reserva varias sorpresas. La versión que dirige Virginia Ramos sabe aprovechar ese pulso de asombro con el debido ritmo.

La puesta está llevada adelante por el quinteto actoral con gran desenvoltura. Esmoris aporta, con total naturalidad, el perfil de quien de inmediato sabe amoldarse a lo que sucede; Baquet dibuja la silueta de la hermana con imparables bríos, y Pacella consigue imprimir a su desprevenido cuñado el apreciable carácter de quien no termina de entender lo que se le dice. Por su parte, Artucio y Granata caracterizan al ministro y a su hijo dejando bien claro que siempre supieron salirse con la suya, trabajando en tonalidades parecidas, pero con su debida diferencia en ciertos detalles. Mérito de la diversión concebida por Nortes y llevada a escena por Ramos y sus comediantes es dar a entender que, más allá de las carcajadas que arranca, el asunto se inspira en seres de carne y hueso que integran cualquiera de las tantas sociedades occidentales y cristianas en curso, un detalle importante que innumerables comedias, buscadoras de la risa rápida, pasan por alto. Por tal razón, vale la pena descubrir aquí a qué se debe el hecho de que los buenos, a veces, se vuelvan malos.

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