Los espacios inaccesibles – Brecha digital
Luz sobre la obra de Berta Luisi, en el Museo Gurvich

Los espacios inaccesibles

Catedral blanca, 1973. Óleo sobre cartón Rodolfo Fuentes

Hay un sesgo dramático en el proceso de rescate de figuras femeninas vinculadas al Taller Torres García (TTG), mujeres como Berta Luisi (Montevideo, 1924-2008), que dedicaron su vida al arte y a la crianza de sus hijos, pero no lograron hacer una exposición individual en vida. En casos como estos, siempre complejos, intervienen muchos factores en la causa del olvido, como la desatención, la exclusión y, ciertamente, el hecho de ser mujer. No es que a ella no le interesara mucho exponer –como sucedió con otras artistas del TTG, por motivos cuyo tratamiento excede a esta nota–, sino que no consiguió esa competencia social, no supo cómo. Y esa injusticia es dramática porque sale a luz cuando el reconocimiento que merecía ya no puede alcanzarla.

No son molinos. Entre poética y estética1 es una muestra curada por María Eugenia Méndez, quien hizo una sólida investigación para enseñarnos la trayectoria casi desconocida –casi porque participó en muestras colectivas del TTG– de esta valiosa alumna del creador del universalismo constructivo y de su hijo Augusto, que con el tiempo desarrolló una pintura de fuerte imaginería personal. El título de la exposición deriva de un poema, pues Berta, al igual que su tía Luisa Luisi, era poeta: «Lanzas quedan/ pero/ no hay/ fuerza/ que las levante./ No son molinos./ No./ Son gigantes». Esa tensión entre la búsqueda quijotesca de cierta estética –que impone un estilo de vida desafiante– y la imposibilidad de mostrar los resultados obtenidos sobrevuela como un fantasma en esta exposición, que termina por revelar (el título del poema es «Ya revelada») una obra poderosa, edificada sobre la base de un dominio contundente del dibujo y la entonación cromática.

En sus diferentes series (Constructivos, Catedrales, Paisajes Metafísicos, Jardines de Piedra, Ritmos Mecánicos, Fondos de Mar, entre otros) se aprecia la necesidad de construir un mundo propio, es decir, un universo simbólico personal, casi se podría decir un lenguaje –aunque el término no aplica bien a la pintura–, pero también la necesidad de evidenciarlo a través de ciertos locus (sitios, moradas, pasajes), vale decir, ciertos lugares en el espacio real que conservan una dimensión de misterio, inaccesibilidad, trascendencia y viaje, lugares que son a la vez ciertos e imposibles, lugares por los que Gabriel Peluffo Linari ha considerado a la artista cercana al imaginario surrealista. Pero obras como Catedral blanca (óleo sobre cartón, 1973), una fachada de catedral erigida con dibujos de peces, estrellas y elementos geométricos, está más lejos del juego óptico y onírico de los surrealistas que de las preocupaciones plásticas de los constructivistas, por el controlado uso de los valores cromáticos y la rústica terminación texturada del óleo. En todo caso, hay un regodeo en las fuentes arcaicas de pensamiento, que ponen una tónica muy personal a ciertas ideas metafísicas.

La relación entre el clasicismo al que aspiraron los constructivistas torresgarcianos y estas pinturas de Luisi es semejante a la que hay entre la cultura clásica romana y la etrusca. No por casualidad Luisi adquirió algunas piezas etruscas en un viaje en el que coincidió con Gonzalo Fonseca. Al observar series como Espaciales y las muy poéticas Paisajes Submarinos, surge, de pronto, un sinnúmero de vínculos con otros creadores del taller, como el mismo Fonseca y Julio Alpuy, pero también con otras artistas mujeres, como Elsa Andrada, Rosa Acle, Linda Kohen y Eva Olivetti, que entrecruzan caminos metafísicos y quijotescos. Un completo catálogo acompaña la muestra y resulta imprescindible para ahondar en esta artista, que también fue docente de secundaria, viajó, fue madre, respiró la poesía como un hálito vital y compuso mundos y lugares para andar, y universos nuevos para ver y estimar.

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