Los homicidios y la reacción del ministro del Interior: El fainá de Heber - Brecha digital
La reacción del gobierno frente al deterioro de la seguridad pública

El fainá de Heber

Matan a cinco personas en tres días en Peñarol; a uno lo descuartizan. En lo que va del año se acumulan diez homicidios en ese barrio, la misma cantidad que hubo en total el año pasado. Todo apunta a un recrudecimiento de las disputas territoriales entre bandas de narcotraficantes. El crimen organizado se ha venido adueñando de crecientes porciones de la ciudad. En los barrios menos aventajados, hace rato que el Estado parece haberse batido en retirada. Las bandas de narcotraficantes han instalado formas de violencia cada vez más crudas y represalias cada vez más crueles. Como respuesta a esta situación, el ministro del Interior y varios acompañantes se van de recorrida a la otra punta de la ciudad, a un barrio acomodado en donde los problemas de seguridad son mínimos. Pasean por la zona. Entran en varios comercios. Preguntan si hubo incidentes en los últimos días. Les responden que no. Se meten en una pizzería, saludan al personal. Al ministro lo convidan con fainá. El fainá es de orillo. El ministro dice que está muy bien, que el fainá debe ser de orillo. Se sacan fotos. El diario El País acompaña a la comitiva. Registra los hechos y los cuenta sin sorna, sin la más mínima sombra de ironía, sin mordacidad, como si no fueran ridículos, que lo son. La crónica circula por las redes. Es difícil distinguirla de una parodia. El propio diario lleva consigo a un camarógrafo, aparentemente. Gracias a ese gesto hemos podido ver las imágenes del ministro comiendo fainá.

Durante 15 años las fuerzas que ahora están en el gobierno, cuando eran oposición, sostuvieron la tesis peregrina de que el gobierno anterior no combatía el delito simplemente porque no quería, porque tenía simpatías ideológicas por los delincuentes. La afirmación era ridícula, máxime si tomamos en cuenta que los tres gobiernos del Frente Amplio (FA) prácticamente duplicaron la cantidad de presos del país, pero la política electoral se parece a veces, muchas veces, a vender jabones o detergentes y se sirve de eslóganes puramente propagandísticos, análogos, en todo sentido, a los que se usan para vender jabones o detergentes. Nadie está exento de ese pecado. El problema es que, si uno gana las elecciones, después tiene que gobernar. No parecía verosímil que las nuevas autoridades solo tuvieran una carta que jugar en materia de seguridad: el voluntarismo y las órdenes ridículas de «no aflojar». No parecía verosímil que las fuerzas que estuvieron 15 años fustigando las políticas del FA en la materia no se hubieran preparado en absoluto para hacer frente al problema. No parecía verosímil que no tuvieran un plan. No parecía verosímil que realmente se hubieran creído que el asunto era fácil de resolver y que si no estaba resuelto todavía era porque las autoridades simplemente no habían querido resolverlo. No parecía verosímil, en suma, que se hubieran creído sus propios eslóganes electorales. Pero sí, se los habían creído.

El crimen es un fenómeno complejo; ni siquiera quienes lo estudian terminan de comprenderlo del todo. Las soluciones a los problemas de seguridad están atravesadas, como todas las políticas públicas, por cuestiones ideológicas, pero no tienen una base pura y exclusivamente ideológica. Esto es una simpleza, una trivialidad, sí, pero una trivialidad que no se toma en cuenta. Ni se estimula la producción de conocimiento acerca del crimen en Uruguay –esto es, la investigación académica en el campo de la criminología– ni se toma en serio la poca que hay, ni se va a mirar qué se hizo afuera, ni se estimula el debate público, ni nada. La gestión del FA en la materia, muy cuestionable, fue durísimamente atacada por la oposición, pero no de manera seria, sino con eslóganes baratos. Uno podía pensar que las medidas serias (buenas o malas) se las estaban guardando para después. Pero no. Lo que vino después fue el vergonzoso capítulo de seguridad de la Ley de Urgente Consideración y el fainá de orillo. Es un buen momento para empezar a tomarse estas cosas en serio. Más adelante puede llegar a ser muy tarde. Es eso o seguir comiendo fainá. De orillo, eso sí, como debe ser.

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