El debate sobre los menores de edad en la ley trans.

A los niños, no

El debate sobre los menores de edad en la ley trans.

Ilustración: Dani Scharf

Un artículo del proyecto en debate disparó la idea del niño emancipado de sus padres, que automáticamente decide iniciar un tratamiento médico para cambiar de sexo. Los relatos de las familias y de los especialistas tiran abajo esta imagen. Ante la duda, los senadores debaten eliminar el artículo, como solución para que la ley se apruebe. Los defensores del proyecto dicen, en cambio, que eso iría contra derechos ya consagrados para los adolescentes.

 “Nuestra idea como papás es visibilizar las infancias y las adolescencias trans, porque no se nace a los 18 años, no te levantás a los 40 años y sos trans. Puede que no tengas información, puede que lo reprimas, pero es algo de toda la vida”, dice Patricia, que se zambulló en el tema hace dos años, cuando su hijo, Agustín, logró contarle que era un varón trans. La pubertad fue traumática, pero recién cuando se vio venir su cumpleaños de 15 –vestido blanco, peinado, maquillaje, estereotipo absoluto de feminidad– fue que lo vomitó. Antes había pasado por “un proceso de autorreconocimiento. La adolescencia es el segundo momento en el que los chicos lo expresan, porque está esa lucha de que la gente te perciba por lo que sos. En esa etapa es prácticamente imposible que un chico trans se lo guarde”, acota Eduardo, papá de Agustín.

Hace tres meses Lukas le dijo a su madre que era trans, tiene 12 años, pero lo sabía desde los 5. Leticia, su madre, cuenta que ahora sabe que siendo niño “lo bloqueó”, pero en quinto de escuela no pudo seguir reprimiéndolo: “Ahí empezó a buscar información en Internet, y estos dos últimos años empezó a dar señales: primero dijo que le gustaban las chicas, después vino el tema de la ropa y el pelo, hasta que nosotros le preguntamos qué estaba pasando y nos contó. Antes estaba siempre escuchando música, no daba bola, pero cuando vio que tenía nuestro apoyo fue otra persona. Está todo el día contento, feliz, encima mío y diciéndome que me ama. No podemos creer cómo no nos dimos cuenta antes”.

Agustín, en cambio, empezó con las indirectas: “¿Sabías que a fulanita le gustan las mujeres?”, “¿podemos ir a la marcha de la diversidad?”. Esta última pregunta despertó un “estás loca” de su padre, recuerda Patricia, “pero al otro año estuvimos todos en primera fila”, acota Eduardo. “A uno le tienen que pasar las cosas para sensibilizarse, tampoco me castigo por eso, pero cuando me enteré, me sentí un mal padre, sentí que no sabía nada de mi hijo, que no lo conocía”. En realidad, Agustín había hecho su mayor esfuerzo para ocultarlo.

Desde el psicoanálisis se postula que la construcción de la identidad de género, un proceso que –evidentemente– no es exclusivo de las personas trans, comienza con el nacimiento, tiene una expresión potente a los 3 o 4 años y puede empezar a expresarse a partir de los 5. Al principio, “los niños juegan, pero eso no determina que haya una identidad de género disidente, aunque a veces ese deseo se vuelve muy potente. Hoy estamos viendo infancias en las que surge esta disidencia, situaciones que en este país son bastante recientes, algo que creo que tiene que ver con un cambio cultural que empieza a habilitar estos tránsitos. Hace 30 años, si un niño manifestaba una disidencia sexo-genérica, iba a ser muy reprimido porque no había un espacio de comprensión, de entendimiento en el ámbito familiar, y ese es el gran cambio”, plantea la psicóloga Marcela Pini.

Que haya niños trans “sigue siendo un tema tabú”, sostenía a fines de 2015 la trabajadora social chilena Ximena de Toro, al punto de que para muchos “puede ser incluso inconcebible, como si el ser transgénero fuera una transformación decidida en la vida adulta”. Pese a que en la academia no hace mucho que se empezó a analizar este tema, De Toro planteó en “Niños y niñas transgéneros: ¿nacidos en el cuerpo equivocado o en una sociedad equivocada?” que la literatura indica que las personas trans “se dan cuenta de que su identidad de género no coincide con su sexo biológico generalmente en la primera infancia”.1

Pero si no se hizo explícito en la niñez, como en el caso de Agustín y Lukas, en la adolescencia se vuelve evidente. “Cuando tu cuerpo cambia, querés ponerle un parate”, explica Rodrigo, que conoció la palabra “trans” recién a los 40 años, aunque tenía claro desde mucho antes lo que sentía. “Vos lo vivís con total normalidad, te percibís un hombre, te choca cuando te dicen señora, evitás mirarte al espejo. Con 20 años yo no podía hilvanar dos palabras, era tímido, estaba todo el día evadiendo la mirada, y esto te cambia, te da tranquilidad. Viví el auge de la liberación gay y me decían que era lesbiana, pero yo no me identificaba como lesbiana. Cuando empecé la transición, me empecé a ver como siempre me había percibido.”

Patricia tuvo como primera reacción, como muchas otras madres, un “¿querés que nos mudemos a otro país?, ¿te querés cambiar de colegio?”, pero Agustín “no quería hacer un borrón y cuenta nueva, quería que sus amigos lo vieran como siempre había sido”, cuenta Eduardo, que mientras habla de su hijo también está hablando de “la persona más valiente” que conoce. “Agus está orgulloso de ser un varón trans y yo estoy orgullosa de ser la mamá de un varón trans. Obviamente hice un duelo, porque como era de mi mismo sexo yo proyectaba que se iba a casar, que iba a tener hijos, que iba a hacer cosas similares a las que yo hice. Eso se muere, pero en el mismo momento nace otro hijo, que tiene la misma esencia y es más feliz.”

MÁS DE UN CUCO. Desde noviembre de 2017, cuando se presentó el proyecto de ley integral para personas trans, el debate fue cambiando su foco. Hoy, el grito en el cielo se puso por las prácticas que podría habilitar la ley a los niños y adolescentes trans.

Aunque “la hormonización adolescente existe desde que se inventó la píldora anticonceptiva” y nadie se horroriza cuando un ginecólogo le receta pastillas a una adolescente, planteó Pini, la hormonización en trans menores de edad es uno de los aspectos que genera ruido. Sin embargo, todos los especialistas subrayan que durante la niñez el abordaje es el del acompañamiento, nunca el de la hormonización, algo que sólo puede ser indicado luego de la pubertad. De hecho, durante la niñez y la primera etapa de la adolescencia no se propone ningún tratamiento invasivo.

“Lo de la hormonización en los niños es un cuco que instalaron, pero en ninguna cabeza cabe que un niño de 8 o 9 años necesite hormonas”, complementó Karina Pankievich, presidenta de la Asociación Trans del Uruguay. “Lo que decimos como asociación es que la mejor edad para empezar a hormonizarse es a los 14, 15 o 16 años.” Además, como lo aclaró Pini, la idea es “acompañar los procesos identitarios conforme al desarrollo natural de las personas”, es decir que “nadie va a construir (a través de hormonas) a un hombre de barba a los 14 años”. Si se lo traslada a lo concreto, en la policlínica especializada en la atención a personas trans del hospital Saint Bois, donde se atienden tres niños menores de 12 años y nueve adolescentes de 16 a 19, sólo un adolescente fue hormonizado.

“Nadie se alarmaría porque implementemos un acompañamiento”, que es lo que en realidad se hace en estas etapas, para que las familias desdramaticen la situación, reciban apoyo y asesoramiento o dejen de asociar la identidad transgénero con una enfermedad, explicó Daniel Márquez, médico de la policlínica del Saint Bois y referente de Asse para la atención a las personas trans: “Lo que hacemos, más que alentar conductas, es desalentar otras. Es muy difícil obligar a un niño a incorporar hábitos que no quiere”, y lo que sucede es que “el niño se rebela o genera una depresión mayor, algo que vemos mucho, lo que a su vez desemboca en intentos de autoeliminación”, relató Márquez. A través de ese abordaje, “los niños logran expresarse, lo que disminuye las ideas de querer morir. Se trata de mitigar el sufrimiento generado por las veces que se intentó forzar conductas estereotipadas al sexo biológico”.

Más tarde, durante la adolescencia o la adultez, “para la hormonización, como en cualquier otra intervención, el equipo de salud evalúa la capacidad de la persona para tomar esa decisión. El error grave es que se niega que las personas acceden igual a procedimientos clandestinos y muy baratos”, subrayó Márquez que, sin ir más lejos, atendió la semana pasada a una paciente “que accedió a una hormonización clandestina en la frontera, con dosis muy altas, intervalos muy cortos, y, a la semana, también a silicona industrial. Vino muy mal, con una infección tremenda. ¿Vamos a seguir abriendo la puerta a que accedan a silicona industrial, aceite de avión y ahora también a cera de auto inyectada? A mí me hace acordar mucho al proceso de discusión para la interrupción voluntaria del embarazo, es el mismo argumento: la hormonización existe, ¿hacemos que sea adentro del sistema de salud o por fuera?”.

Porque el segundo cuco es, justamente, la cirugía: “A nadie se le ocurre hacerle una operación a un adolescente, pero tampoco vamos a cerrar las puertas porque en la mayoría de los casos no se aplique. Hace años que me dedico a esto y no conozco ninguna situación de una persona trans que venga y diga ‘no tengo secuelas, viví igual que una persona cis (en la que sexo e identidad de género coinciden) y quiero operarme’. Hay tanto para trabajar antes de llegar a eso… Además, nosotros recomendamos la hormonización antes de la cirugía, lo que lleva por lo menos un año”, por lo que es muy difícil que alguien “llegue” a una intervención quirúrgica antes de los 18 años.

El tercer temor: el arrepentimiento. El punto no está exento de debate y, con distintas metodologías, algunos estudios realizados en diferentes partes del mundo han llevado a conclusiones bien disímiles. Por ejemplo, en la Unidad de Identidad de Género del Hospital Universitario Ramón y Cajal, de Madrid, España, se concluyó que de los 45 menores de edad atendidos entre 2009 y 2013, luego de cumplir los 18 años, 43 continuaron el seguimiento y de dos se desconocía la trayectoria ya que se habían mudado de ciudad. Eso arrojaba un 95 por ciento de lo que en el estudio se nombra como “persistencia en el diagnóstico”, es decir, que continuaban identificándose como trans. Sin embargo, en el mismo estudio se señala que los resultados obtenidos en unidades similares de otros países son “discordantes” y varían entre el 27 y el 81 por ciento.2

Andrés, un joven trans, lo explicó en pocas palabras: “Si se quiere volver a la identidad anterior, no es una cárcel”, a lo que Rodrigo acotó: “Si hay un arrepentimiento, es previo a realizar los tratamientos, nunca después”. En definitiva, que es algo que decanta en el proceso. “Si bien para algunos esa disconformidad puede ser una fase, para otros niños no lo es. La respuesta se va a clarificar en el tiempo”, planteó De Toro en su artículo.

TODO POR LOS NIÑOS. “Pareciera que va a haber una cola de niños de 4 o 5 años que se van a tomar el ómnibus, van a llegar al Saint Bois, van a entrar solos a la consulta sin que nadie los pare, van a preguntar por un endocrinólogo y plantear que quieren un cambio de sexo. ¡Estamos todos locos!”, ironizó Federico Graña, director nacional de Promoción Sociocultural del Mides y uno de los principales redactores del proyecto de ley integral para personas trans. “Los que están poniendo en el centro del debate de esta ley a los niños y el supuesto acceso a procesos de hormonización y cirugías son quienes se oponen a la ley. Es falso y lo usan para instalar el miedo”, agregó Graña.

“No inventamos nada nuevo. Lo que hicimos fue utilizar los mecanismos que prevé el propio Código de la Niñez y la Adolescencia”, explicó el director sobre el polémico artículo 17 del proyecto de ley, que incluye la posibilidad de que los menores de edad puedan acudir al juez para acceder a intervenciones quirúrgicas o tratamientos hormonales, aun sin el consentimiento de sus padres. Para entender este punto y la ley toda, dice Graña, debería tenerse en cuenta la realidad concreta de esta población: un promedio de abandono del hogar a la edad de 18 años, y cuando el motivo es por discriminación del núcleo familiar debido a su identidad de género, el promedio baja a los 16, según datos preliminares del último censo sobre la población trans aportados por el director del Mides. “Cuando redactamos el proyecto estábamos frente a casos de chicos o chicas que ya estaban independizados, en muchísimos casos a la fuerza; sus padres no cumplían con sus obligaciones de la patria potestad”, agregó Graña.

El artículo 17 “está diciendo que el niño tiene derecho a decir lo que le pasa, que si el papá no lo escuchó, se lo puede decir al señor Estado. ¿Dónde queda el rol del padre cuando no acompaña, cuando echa de la casa al hijo, de ese padre que no aceptó a su hijo? El niño que va a recurrir a un juez es el que no pudo contar con sus padres”, planteó la mamá de Agustín.

“Lo que hace el Código de la Niñez y la Adolescencia es otorgarle al menor la posibilidad de un tutor legal frente al Poder Judicial”, que generalmente suelen ser amigos cercanos o referentes pares, “y será el juez el que termine definiendo en última instancia” si el menor de edad accede o no al tratamiento, explicó Graña sobre esa falsa idea del niño emancipado y autónomo que tanto pánico ha generado en los legisladores y la opinión pública.

El código incluye los conceptos de la “autonomía progresiva” del joven y la independencia de acuerdo con su ciclo de vida y edad, y precisamente en ese marco normativo se basaron los redactores del proyecto: “Ese chiquilín o chiquilina va a tener que demostrar que tiene la madurez, que realmente tiene un proceso de autonomía progresiva consolidada, que sabe lo que quiere”.

“En todos los proyectos de ley similares que hemos discutido –como el de salud sexual y reproductiva, el de interrupción voluntaria del embarazo, el de cambio de sexo registral–, ha sido polémico el tema de la aplicación a los adolescentes y niños”, explicó, por su parte, la senadora Mónica Xavier, quien integra la Comisión de Población y Desarrollo, en la que se estudia el proyecto de ley. Sin embargo, Xavier plantea que la mayoría de los académicos que acudieron a la comisión coincide en que este tipo de tratamientos, como frenar la pubertad, hormonizar y eventualmente operar, son procesos que llevan tiempo y difícilmente ocurren antes de los 18 años.

La duda concreta de los legisladores es si vale la pena seguir discutiendo sobre la alusión a los menores de edad o habría que eliminarla del texto para que la ley integral pueda aprobarse lo antes posible, ya que existe consenso sobre el resto de los artículos. El debate está girando entonces entre “dejar plasmado en el papel la autonomía progresiva que pueda tener el adolescente como una cuestión de derechos o si, por el contrario, decir que en ningún caso un menor de edad podría ser susceptible de tener determinado tipo de tratamiento”, según confirmó Xavier. “Venimos de una historia de legislar en función de la mayoría de edad, no bajo la óptica de la autonomía relativa”, agregó Xavier.

“La pregunta es si suma o resta a este proyecto de ley que quede contemplada la intervención quirúrgica antes de los 18 años, en lugar de que sea algo que la persona defina luego de cumplida esa edad y sea libre de tomar la decisión que entienda más conveniente”, inquirió el senador Marcos Otheguy el lunes pasado a los integrantes de la Sociedad Uruguaya de Pediatría, en la Comisión de Población y Desarrollo. En la misma línea, Germán Coutinho consultó sobre este aspecto “que tiene preocupados a miles de uruguayos”: “Me gustaría saber si ustedes, como organización, estarían de acuerdo en retirar ese punto que no hace a la cuestión”. Los especialistas defendieron la autonomía progresiva de los adolescentes.

Hasta el momento no hay ninguna redacción alternativa a la del proyecto original presentado por el Mides en noviembre del año pasado. Según adelantó la senadora Xavier a Brecha, la idea es votar el proyecto de ley en la cámara alta antes de la rendición de cuentas, luego de recibir a las delegaciones que faltan, como las de psiquiatras y psicólogos.

“¿Por qué los adolescentes trans tendrían que quedar por fuera del Código de la Niñez y la Adolescencia?, ¿cuál es la razón?”, invierte la pregunta Graña para mostrar que en realidad el centro de la discusión es otro: los derechos vulnerados de esos adolescentes y niños. Y lo explicó: “Cuando un adolescente termina en situación de calle y para sostenerse ejerce el comercio sexual, ¿cuál va a ser su trayectoria de vida?, ¿no le estamos violando el derecho a la educación y al trabajo? Esos derechos están cercenados y no porque ellos quieran. Este proyecto de ley va realmente dirigido a los adolescentes de 16 o 17 años que hoy son expulsados de su hogar y nadie se hace cargo”.

  1. Publicado en Punto Género, número 5, revista del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile, en noviembre de 2015.

 

  1. “Disforia de género en la infancia y adolescencia: una revisión de su abordaje, diagnóstico y persistencia”, publicado en Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes, volumen 2, número 1, en 2015.

Ni dios permita

“Si esta ley sale y me obligan a hormonizar a una persona de una forma distinta a su sexo biológico, traigo mi título universitario y lo parto porque en la Facultad de Medicina jamás me enseñaron esto”, resumió Jorge Patpatián, médico y fundador de la Asociación Cristiana Uruguaya de Profesionales de la Salud (Acups), ante los senadores en el Parlamento, en lo que parecía una objeción de conciencia por adelantado. Es que a la Comisión de Población y Desarrollo le ha tocado escuchar a muchos académicos, entre ellos a esta Ong cuyos miembros pertenecen a diferentes iglesias evangélicas del país.

“Pensamos que no hay ninguna razón médica que justifique la hormonización cruzada. Es antinatural y anticientífico”, se atajó Patpatián, que echó mano a los estudios empíricos en los que el grupo basó su exposición. Y sobre el polémico artículo 17 referido a la hormonización en menores de 18 años, argumentó que el proyecto de ley peca de “ligereza científica”: “La bibliografía indica que la inmensa mayoría de los niños y adolescentes que en un momento de su desarrollo tuvieron dudas en la percepción de su identidad, al completar la adolescencia se decantan por su sexo biológico”. Por supuesto que no se olvidó de mencionar que “para la ciencia médica” la transexualidad está considerada por el Dsm-5 (el último Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría) como una disforia de género.

Según la versión taquigráfica del pasado 14 de mayo, de la delegación evangelista también participó la escribana María Gianella Aloise. “Esto rompe toda la escala jurídica internacional que se basa en hechos. Implica, así, cambios en toda la legislación nacional. La definición del proyecto de ley dice que el que se ‘siente’ hombre siendo mujer o al revés no tiene por qué cambiar la apariencia”, explicó a los senadores la escribana y acto seguido deslizó casi una angustia de orden existencial: “¿Cómo sabemos si la legislación aplicable a una persona es para hombres o mujeres? ¿Cómo sabemos siquiera si un hombre que cometió un delito debe ser remitido a una cárcel para hombres o para mujeres? ¿Cómo nos damos cuenta de que se autopercibe distinto si no cambia su apariencia?”.

Cerca del final, Aloise dejó bien en claro que este proyecto de ley “atenta contra derechos fundamentales del resto de la población”: “No se puede normalizar ni legislar en términos generales las conductas excepcionales. La heterosexualidad es la norma general”.

Por otra parte, el martes 5 de junio la Secretaría de la Diversidad de la Intendencia de Montevideo y el Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (Gemrip) organizaron un espacio de diálogo en el que convocaron a colectivos trans y diferentes grupos religiosos. La idea del encuentro fue que los primeros les explicaran el proyecto de ley para personas trans a los segundos, entre ellos pastores protestantes, anglicanos, metodistas, luteranos y umbandistas. Luego del intercambio y reconocidos en sus diversidades, los religiosos se mostraron afines con apoyar toda ley que busque garantizar los derechos, la dignidad y la felicidad de las personas, esté en contra de la discriminación y a favor de reparar posibles daños que hayan sufrido durante la dictadura, según contó a Brecha Nicolás Iglesias, coordinador de Gemrip.

La transición de las familias

Rodrigo fundó Trans Boys Uruguay (Tbu) hace cuatro años, cuando los temas de los varones trans no estaban sobre la mesa. “Yo intenté ser lo más mujer que pude, y en eso se me estaba yendo la vida. Eso fue lo que me impulsó a militar y a intentar que a los gurises no les pase eso”, relata Rodrigo, sobre los orígenes de la organización, cuando estaba integrada únicamente por varones trans.
Pero Tbu fue creciendo. Primero empezaron a aparecer tímidamente algunas madres y luego se arrimó Patricia, una mamá nada tímida. Hoy la integran 40 hombres trans y 20 familias, como la de Agustín, Patricia y Eduardo, y la de Lukas y Leticia. También la de una niña trans de 6 años. Así, el enfoque y los temas fueron mutando.
Si, por un lado, proliferan grupos como “A mis hijos no los tocan” –“veo a esos padres y pienso que en esas circunstancias los niños no van a hablar”–, también es cierto que el tema está logrando mayor visibilidad, plantea Rodrigo: “No es una moda, no nos estamos contagiando ni reproduciendo. Hay un ambiente más amigable y los gurises se pueden expresar”.

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