Los trajes babosos – Brecha digital
La política después del 27 de marzo

Los trajes babosos

Conferencia de prensa tras el resultado del referéndum para derogar 135 artículos de la LUC, Torre Ejecutiva Mauricio Zina

El 27M es una marca política que consolida la imagen perturbadora de paridad estable. Las conducciones políticas ocupan su mitad electoral sin encontrar sosiego, porque esta paridad es un terreno fluido donde todo puede ocurrir, y también lo contrario. Grieta y misterio. El Sí y el No contienen realidades tan diferentes que resisten simplificaciones. Quiero explorar la intuición de que todo el universo electoral del 27M comparte dos ánimos: temor y desafío. ¿Podemos pensar que lo celeste movilizó el temor de ver frustrado un proyecto político seductor y lo rosado el miedo de ver consolidarse ese mismo proyecto? Creo que sí podemos. ¿Podemos percibir que el voto celeste desafía tradiciones nacionales de larga duración y el voto rosado se rebela contra un poder abrumador y también contra las apatías opositoras? También lo creo. Paridad de significados múltiples. El gobierno quiere marcar el 27M como el fin de un impasse y el comienzo de la aceleración. Para tener éxito, deberá seguir resignificando la política uruguaya y, sobre todo, congelar a la oposición en el estatus de ser una mayoría insuficiente e ineficiente. Por eso aplica tanta energía en producir chalecos de fuerza semánticos que hagan imposible o inútil la palabra opositora. Le urge vestir la política opositora con unos trajes babosos que proyecten imágenes borrosas e indiferenciadas. Anoto cómo percibo los moldes sobre los que se cortan algunos de esos trajes.

HOSTIGAR Y SOFOCAR

Para gobernar la paridad estable, la coalición explota un humor que por comodidad llamaré antiprogresismo de intensidad variable. Los partidos desafiantes del Frente Amplio comprendieron ese humor y le dieron valor político suficiente para ganar las últimas elecciones. ¿Cómo rinde ese humor? Sofocando sin tregua la capacidad expresiva del adversario político hasta reducir su política a pura reacción. Basta repasar protagonismos y escenarios, temas y tonos del bloque gobernante para descubrir un juego orgánico. El inventario crecerá con intensidad modulada según las necesidades del gobierno. Esta dinámica política traerá problemas que exceden la competencia electoral. Porque una cosa es saber activar el hostigamiento, el acoso y el sofoco, pero otra muy distinta es gobernar las transformaciones que trae a la sociedad la hegemonía de esa forma de la política. El brujo novicio siempre se entera tarde.

EL DESEO Y LA GORRA

El presidente cerró el 27M con un presente de amor a la Policía empaquetado en veneno. Los ganadores de hoy, dijo, somos quienes respetamos y cuidamos a la Policía. Nada nuevo, excepto la concentración de comunicados de sindicatos policiales terciando en la acusación presidencial. Unos de acuerdo con Lacalle, otros discrepantes, y un tercero reclamando que la oposición reafirme su amor por la Policía. ¿Qué significado político tiene esa irrupción de uniformados arbitrando una competencia de partidos para mostrar cuál tiene más largo el deseo de gorra? ¿Mantener activo el reflejo punitivo hasta 2024? ¿Acumular culpas opositoras ante eventuales fracasos del Ministerio del Interior? ¿Descalificar por anticipado a quienes enfrenten la violencia policial, cuando sea indebida? Ninguna interpretación puede ignorar un cambio de calidad en la presencia de lo comisarial en el debate público, que fortalece la reducción de la seguridad a su dimensión policial. Toda política sobre seguridad perderá calidad si la oposición queda capturada en la dicotomía amigo/enemigo de la Policía, una lógica punitiva cortada a la medida del bloque gobernante y las corporaciones armadas.

TERCIOPELO

La coalición exprime la jugosa fijación centrista de la política uruguaya. Presidente y ministros cultivan la comunicación aterciopelada. No importa de qué hablen, siempre son optimistas, seguros, amigables, cancheros. Esa entonación facilita vestir de centrismo decisiones coyunturales que son radicales y conflictivas. A largo plazo, busca retener el juego del sistema en la ansiedad de seducir un espejismo: el centro. Pero no cualquier centro, sino uno que se va modelando en la propia lucha política. Durante una entrevista, Lacalle justificó su intransigencia programática diciendo que escucha a un uruguayo quelehabla. Bello lapsus de realismo mágico, que conecta sin escalas con aquella avecilla comandante piando para Nicolás Maduro. El problema no es un presidente que se cree médium, sino que la oposición module su política para aplacar los temores del uruguayo que la coalición produce mediante batallas políticas concretas. El bloque gobernante siempre carga su comunicación aterciopelada de orientaciones culturales para construir el centro que desea. ¿Cuánto contendrá de chovinismo, desapego democrático, racismo, aporofobia, intolerancia hacia feministas y otras rebeldías? Pero la coalición también sabe que la vida misma está radicalizada, y ello supone límites para la eficiencia del centrismo político. Por eso jugó sin titubeos la carta de la Ley de Urgente Consideración (LUC), que es un hecho cargado de violencia institucional y simbólica. Si la oposición queda cautiva de un centrismo abstracto y fantasmal, la garra de terciopelo no tendrá contestación y podrá radicalizar su política sin perder la sonrisa moderada.

CUÑAS Y CORTAFUEGOS

La paridad estable impone una doble tensión para el bloque gobernante: debe ejecutar lo que quiere hacer y también evitar que otros hagan lo que no quiere que suceda. Una condición necesaria para acelerar y sostener el impulso es apagar la potencialidad resistente de la marea rosa. Ese propósito explicaría la verborragia febril que busca instalar una nueva normalidad política calcada sobre el modelo de la urgente consideración. Para lograrlo, encienden cortafuegos que deberían contener la política dentro del límite de sus deseos. ¿Qué parecen desear? Una oposición bien comportada, que acepte la mínima diferencia de votos como obligación de renunciar a toda disputa significativa. Que la oposición asuma la penitencia quinquenal del derrotado: hablar, votar, perder y ser amable. Redefinir la política opositora como una nuda burocracia electoral administrativa. Lo brutalmente encantador es la impudicia con la que el bloque gobernante actúa el reverso de esa nueva normalidad que quiere imponer al resto de la sociedad política. Porque cada iniciativa de gobierno llega acompañada de altas dosis de cuñas discursivas que lastiman el tejido social y aumentan la enemistad política. Parecería que la viabilidad de su programa de reformas dependiera de poder neutralizar o desaparecer adversarios irreconciliables. Solo así se explica que a todo proyecto de gobierno le acompañe un lote de enemigos a derrotar: trabajadores y sindicatos o instituciones de la más variada índole, como jueces, fiscales y defensores de oficio, la Institución Nacional de Derechos Humanos y un interminable etcétera. Frente a tanto fastidio cabe preguntar qué cosa del Uruguay real le gusta al bloque gobernante. Seguramente se trata de un país imaginario, cuyos perfiles pueden deducirse de las fobias que descargan contra agentes sociales que ejercen sus derechos. Por mencionar un ejemplo reciente, véase la furia que desató el uso del espacio público para la libre expresión plebeya. La política de cuñas y cortafuegos responde a una racionalidad más militar que civil y ciudadana; carga el espacio público de violencia, milita el desprecio, niega valor a los encuentros y los diálogos, los ensayos y las rectificaciones. Es urgente e imperiosa; es la LUC.

Para superar la paridad estable se puede esperar a las próximas elecciones o disputar los términos actuales de la política. A esto último se aplica la coalición, sabiendo que de eso depende mantener el gobierno. ¿Quién asume los miedos y la capacidad de desafío de la sociedad? La coalición también está, y de lleno, en eso. ¿Quién enfrentará las injusticias y desatará un impulso de solidaridad y cocreación de la vida? La coalición no, pero difícilmente puedan hacerlo agentes cuya palabra política esté comprimida en trajes de baba.

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