Madera y psicodelia – Brecha digital
Con Diego Jannsen

Madera y psicodelia

Compositor, guitarrista y productor, Diego Jannsen viene haciendo  un recorrido personal dentro de la música popular uruguaya. Sampler, candombe, rock, jazz, flamenco: la mezcla es un riesgo y también una apuesta. Este domingo 18 en la Sala Hugo Balzo presenta su espectáculo Loops & Orquesta, en el que continúa explorando un sonido que, sin perder la identidad, no renuncia a la extraña riqueza de la tecnología experimental.

HÉCTOR PIASTRI

—¿Cómo te acercaste a la música?

—Gracias a los discos que había en la casa de mi abuela. Mis tíos y mi viejo eran todos fanáticos de los Beatles, y tuve la suerte de tener tocadiscos. También se escuchaba mucho Tótem. De su familia, mi viejo era el más abierto, le gustaba Jaime, mis tíos eran más racistas. Eran todos aficionados, habían comprado guitarras, pero ninguno llegó a ser músico. El título de mi primer disco, El hijo de, refiere a eso: no soy hijo de nadie famoso.

—¿Y cuándo empezaste a tocar?

—Tuve una banda con amigos del liceo. Por más que estudiaba mucho de Mateo y música brasilera, estaba para el rock pesado, me encantaba Zeppelin. Quería hacer una banda de rock y romper todo.

—¿Cómo sonaba esa primera banda?

—Era como un hippie metal [risas]. O una especie de rock, pero con color. No nos vestíamos de negro.

—Guitarra distorsionada.

—Sí, pero yo cambiaba mucho, me gustaba tener pedales e investigar con el sonido. Ya era un productor sin saberlo.

—Un nerd.

Nerd, claro. Toda la vida sufrí por ser el gordo de pecas, tener lentes… eso me fue formando. Obviamente, hasta los 30 años me costó mandar a cagar a todo el mundo. Fui a la universidad de música, pero era como un bicho raro. Me gustaba demasiado el candombe para tocar rock, pero tampoco era un candombero. Me frustraba no poder ser yo mismo, pero creo que eso alimentó mi obra. Me senté a componer con esa rebeldía.

—¿Qué relación tenés con el jazz?

—Un pie adentro y un pie afuera. Siempre esquivé las cuestiones más virtuosas y demostrativas. Sin embargo, todos los músicos con los que toco son de formación jazzera.

—Es raro que digas que no te interesa el virtuosismo, tu música es muy detallista y compleja.

—Pero no hay grandes solos de improvisación, o esas cosas. Yo era un guitar hero entre los 20 y los 25. Me sacaba todos los punteos. Metallica, Jimi Hendrix, Eric Clapton.

—¿Y por qué la influencia de la guitarra anglo? ¿Por qué no la guitarra criolla?

—Es que son las dos cosas. En 2006 dejé de tocar la eléctrica casi tres años, me quemé con el rock. Agarré la criolla y empecé a tocar candombe, repertorio de guitarristas de música clásica y, más que nada, Baden Powell y Silvio Rodríguez. Silvio me voló la cabeza y fue como mi redención, mi cura, necesitaba algo que fuera pura madera. Pero después empecé a sentirme demasiado maderoso y quería distorsionar, así empecé a probar y terminé usando ambas. Mi identidad es madera y psicodelia.

—En 2006 te pusiste a componer y abandonaste el formato canción.

—Dejar la universidad de música me dio tremenda libertad. Primero estuve como dos o tres años sacando todo lo que podía de Powell, Mateo y Piazzolla. Y después empezó a aparecer un lenguaje musical. Aunque eso no es masivo. Muy poca gente va realmente a lo profundo, se quedan en lo simple, piensan que el candombe es fiesta. Y no sabemos si para los africanos era tristeza, no tenemos idea.

—¿Pero para vos lo profundo es sinónimo de lo complejo?

—Bueno, no necesariamente. Pero fijate lo que son hoy las bandas de rock, o las comparsas, todos supercontaminados por la competencia. Me parece como que no rendimos del todo en el supuesto discurso de rendir pleitesía a los ancestros. Para mí, en realidad, el ancestro está enojado con nosotros. Es la decepción de los tocadores y músicos del pasado cuando nos ven a nosotros tocar.

—Tu música renuncia a ciertas vías de comunicación más clásicas, pero eso no necesariamente la hace profunda. ¿Qué es lo profundo en la música?

—Que busquemos cierta autenticidad o identidad propia. No hay dos personas iguales, pero nueve de cada diez músicos están haciendo lo mismo. Algo anda mal.

—Pero la música también es una forma de identidad colectiva. O sea, si todos hacemos la misma música, por algo es.

—Es que los rituales se han ido simplificando, están llenos de mandatos. No vayas a hacer cierta cosa de otra manera porque eso enoja a no sé quién… Lo popular agradable no tiene mucho riesgo. A eso iba con la idea de profundidad, de salir de lo prolijo. Para mí es muy importante encontrar un lenguaje propio, aun dentro del candombe.

—¿Cuál es tu concepción del lenguaje musical?

—Es la semántica de las emociones que mueve, para mí es superemocional. Me llevó mucho tiempo sacar un primer disco en 2015, estuve cinco años y era muy exigente, necesitaba encontrar una originalidad.

—Es un disco interesante porque es candombe instrumental, pero no es el candombe jazz al que estamos acostumbrados. No hay teclados, no hay sintetizador.

—Sí, eso apareció en la búsqueda de un lenguaje diferente, una transformación de la música uruguaya. Si escuchás a Hugo, que es el referente, es pura tecla. Opa ni que hablar. Pero si vas a Mateo, ahí encontrás la viola. La viola es la viola, y para Mateo o Baden Powell es un instrumento de percusión.

—Hay una relación muy orgánica entre los tambores y la guitarra.

—Yo compuse desde ahí, sintiéndome auténtico partiendo de esa base. Y encontré terreno fértil para trabajar.

—¿Qué supone renunciar a la letra para hacer música instrumental?

—En mi primer disco creo que no tenía esa necesidad de decir, o quizás las cosas que tenía para decir eran demasiado jevis porque estaba en un mal momento. Y después de sacar el disco fue duro, porque me di cuenta de que no podía sostener económicamente el tocar con una banda tan grande. Pero en 2016, en otro toque en la Balzo, sumamos teatro y danza flamenca, y empezó esa interacción con lo femenino que ha sido un despegue para mi música, y la convirtió en otra cosa.

—Eso viene de la mano de tu compañera.

—Sí, es alguien que llegó justito, y sumó su saber vinculado al flamenco. Además justo salió el segundo disco que produje de los Buenos Muchachos y fue increíble, porque grabamos un zapateo suyo.

—¿Cómo fue la experiencia con Buenos Muchachos?

—Trabajar con gente talentosa es espectacular, cada músico que entra al estudio te deja su onda, y después elegís con qué te quedás. Yo recién empezaba a producir, me había hecho el estudio, y tuve mucha suerte de que una banda tan buena se fijara en mi laburo, porque para lo que querían hacer necesitaban alguien que entendiera el folclore y la fusión dentro de la música uruguaya.

—¿Cómo fue la recepción de tu primer disco? ¿Cómo hizo evolucionar a tu música?

—Yo no sabía lo que era la música de nicho, creía que estábamos como en la época de Piazzolla y que algo instrumental podía gustarle a mucha gente. Creía en esa magia. Y fue muy chocante darme cuenta de que no iba a poder seguir moviendo esa banda. Pero encontré el uso de los loops, incorporando la tecnología. Y eso me permitió armar algo solo y tocar en el interior, salir del país. Hay cosas que en el momento duelen, pero después te das cuenta de que te abren posibilidades. Conecta, mi segundo disco, de 2021, tiene otro sonido, pero también lo considero original, y me representa.

—¿Y en qué estás trabajando ahora?

—Tengo menos tiempo, tengo una nena y mucho laburo. Produzco, doy clases en la UTEC, ahí encontré buena recepción y me dan bola con ciertas locuras. Y de a poco la música que hago encuentra su público. Ahora viene este toque en la Hugo Balzo, voy a tocar mis dos discos.

Además me voy a tocar y a dar clases a México, Colombia y Brasil,1 y trataré de llegar a más festivales de world music. Y estoy cantando. La paternidad me hizo pensar en que tenía que dejarle canciones a mi hija, y me pareció algo auténtico que la necesidad de escribir haya partido de ahí.

1. El artista fue recientemente seleccionado por Circulart (Colombia), el festival Tum Tum (Brasil) y obtuvo nominaciones a los Graffiti 2022 como compositor y productor.

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