Make Uruguay exceptional again (?) - Semanario Brecha

Make Uruguay exceptional again (?)

La “incorrección política” criolla en tiempos de Trump

Ilustración: Federico Murro

Hace poco más de un mes el politólogo Paulo Ravecca1 presentó una ponencia en la Facultad de Ciencias Sociales en la que resolvió inmiscuirse en la harto discutida dicotomía corrección/incorrección política que ha asomado hace varios años en el debate internacional, pero que en la aldea cobró también sus momentos de intensidad. Brecha reproduce, con autorización del autor, esta conferencia que procura revelar la falta de esencia de esa dualidad y recentrar el discurso en términos de opresión.

Mi intervención es teórica y de producción de pensamiento de izquierda. Trata de ser una contribución desde la academia a la producción de un vocabulario conceptual para avanzar en la crítica teórica e ideológica de nuestras circunstancias actuales. La cuestión de la incorrección política es en ese sentido una ventana (yo diría) “metodológica” potente desde la que interrogar lo político hoy.

Actualmente hay una avanzada de movimientos y partidos de derecha en Estados Unidos y América Latina que están redibujando los contornos de lo pensable y de lo aceptable. La dimensión epistemológica, si se quiere, de lo político, es fundamental. Pensemos en el significado radical de la bandera nazi flameando en el centro de Charlottesville, Estados Unidos.

Como planteamos con Laura Gioscia en un trabajo, con Trump hay además un sacudimiento del establishment liberal desde un lugar que parece genuino, real, que “dice las cosas tal cual son”. Que se libera del corsé de lo políticamente correcto, precisamente. Hay entonces poder cultural en un discurso de derecha agresivo que emerge en un momento en que el establishment de derecha y –sobre todo– de izquierda deja de tener sabor y alma política. Se trata de una suerte de captura conservadora de la transgresión y de la excitación que produce.

La acusación de “corrección política” fue y es una de las formas en que los neoconservadores y neoliberales atacan a la izquierda liberal en Estados Unidos. La incorrección política parece que está funcionando además como una de las formas del ajuste de cuentas ideológico, por así decir, de la derecha en América Latina, a la cual se suma una parte de la izquierda desorientada.

Transformando algunos conceptos del libro de S M Amadae Prisioneros de la razón. Teoría de juegos y economía política neoliberal, quiero argumentar que hoy estamos asistiendo al ataque neoliberal en el terreno cultural, encarnado en el discurso de la incorrección política, al liberalismo, representado por la corrección política. Es la ruptura interna del liberalismo lo que está en juego en el conflicto entre corrección e incorrección política. El neoliberalismo está disputando la noción de libertad al liberalismo. La incorrección política, y todo lo que se sume a ella, borra al otro del registro o borra el registro del otro, un registro que es protegido en el liberalismo clásico y aun más en el progresista (en el sentido en que usa estos términos Robert Adcock). La libertad de hacer daño al otro no es liberal, es neoliberal. La libertad de ser cruel con otro puede excitar y sintonizar con una forma de la rebeldía a la que la izquierda es adepta. De allí la efectividad de la trampa.

El liberalismo tiene como centro la integridad de la persona, que es algo que el neoliberalismo deja atrás. Lo que se inaugura es la naturalización de mi libertad de decir lo que quiera, de comprar y vender lo que quiera (y pueda, claro). La noción de externalidad negativa es una formulación devastadora de este desplazamiento. Lo que se pierde es la normatividad autodeterminada, remplazada por la racionalidad estratégica y la gobernabilidad por incentivos, donde el otro deviene un medio. Hay algo profundamente antikantiano en toda esta transformación.

La injuria a las minorías y la explotación no nacieron con el neoliberalismo (el liberalismo no es inocente, y hay que hacer –y se ha hecho– la crítica ideológica al liberalismo) pero se pueden movilizar argumentos liberales contra la discriminación, incluso contra la opresión… El momento neoliberal del capitalismo, por el contrario, nos deja desprovistos de dicha protección humanista. Para decirlo de frente: hay una transformación neoliberal de la subjetividad, en la que importa mi libertad de decir cualquier cosa porque sólo se trata de “mi mi mi”. Eso se puede hacer en nombre de la izquierda. Neoliberalismo en tanto lógica discursiva (tomo este concepto de Amparo Menéndez-Carrión) e izquierda, en cierto sentido, no son incompatibles.

Este domingo vi un spot del Partido de la Gente sobre la renuncia de Sendic y un montón de eventos que supuestamente dejan mal parado al Frente Amplio (FA). La canción que lo acompaña, creo, es [una versión] de los Auténticos Decadentes: “siga el baile, siga el baile, al compás del tamboril, la comparsa de los negros”la comparsa de los negros. Derecha racista. Mientras tanto los comentarios en la página web de Subrayado sobre la muerte de una persona trans dan náuseas. Y no son una minoría de comentarios. Son muchos. Derecha homofóbica y machista.

No: no avanzamos lo suficiente. No es hora para un “fin de ciclo” porque no hubo emancipación. Uruguay sigue siendo un lugar cruel y opresivo, desigual, segmentado, y la lista sigue. El dolor y el trauma que produce la homofobia, por ejemplo, afectan todos los días de mi vida, y eso no es justo. Y eso no está bien. Uno de los efectos de colocar al matrimonio igualitario como un hito histórico es que desde los sectores críticos colaboramos con la ilusión liberal de que las instituciones formales resuelven las relaciones de poder y la injusticia. Es la incorporación de la lógica liberal, formalista, en el discurso crítico. Y esto puede referir a cualquier relación de opresión. Es en esa dirección de teorización en la que se detectan las debilidades de la corrección política. Y sí: hay algo casi risible en ver autoridades estatales usando remeras con inscripciones sobre la violencia de género; y hay algo del orden de lo ridículo cuando la Intendencia de Montevideo lleva a un veterano tanguero a un workshop de sensibilización sobre la homofobia… o cuando un café de la ciudad queda en el centro de la atención por publicar una línea de Tarantino.

La corrección política moraliza (pero en sentido débil) las relaciones de poder: no se puede decir esto o aquello porque no es correcto; invisibiliza el poder, no lo detiene; y la dominación no se puede sólo moralizar. Porque los deseos y las subjetividades están imbricados en las relaciones de poder; nos gustan las cosas que dañan o, incluso, que nos dañan; la transformación a nivel de la subjetividad y social tiene una profundidad que hay que tomársela en serio. El desafío es la politización y la apertura de otros deseos: ¿qué nos hace gracia?, ¿qué nos atrae?, ¿qué prestigia? La posibilidad de poner en discurso los aspectos más feos que traemos, para trabajarlos, es fundamental. Porque además proyectar a un criminal (racista, homofóbico, clasista) como un otro radical y exterior no es productivo porque todas y todos participamos de algún modo de las dinámicas de opresión. Es preciso pensar en términos de relaciones sociales, de estructuras.

La corrección política es superficial: es “emancipación política” en el sentido de Marx (formal, instituida, liberal, y que no roza la materia). Hay un paralelismo con el tipo de crítica que se le pudo hacer a la Ilustración por su tratamiento de la esclavitud: el uso público de la razón no corta la soga al cuello porque las armas de la crítica no sustituyen la transformación de la realidad concreta (que es cultural-y-material).

 SALIR DE LA DICOTOMÍA. ¿Cuál es la operación de la “incorrección política” apropiada desde cierta izquierda? Tomar estas versiones menos potentes del clamor por la justicia para descalificar, in totum, las luchas contra la opresión, trivializando el dolor del otro. No hay obligación para con el otro: el otro que se maneje. Cuando la izquierda abraza la incorrección política en términos de la negación de lo que le pasa al otro, de negación de la empatía, se vuelve pusilánime.

La corrección y la incorrección política no nos permiten articular un proyecto de emancipación. Es preciso salir de la dicotomía e ingresar analíticamente en lo que “está ocurriendo” detrás de esas rúbricas.

Esas estructuras no se cambian a golpes de corrección política, hay que ingresar en esos deseos y explorarlos, desafiarlos. Los términos de ese debate imposibilitan el discurso de izquierda que, por definición, no puede ser ni incorrecta ni correcta. La noción de corrección política enjaula. Hay veces que hay que transgredir los parámetros que definen “lo correcto”. Y hay veces que no. La transgresión, e incluso la agresión, no tienen esencia.

La izquierda precisa colocar con claridad la pregunta de izquierda, que es: cómo está operando la desigualdad, cómo está operando el poder. Y eso es posestructuralista porque desencializa la corrección y la incorrección política, pero es materialista porque refiere a quién está siendo sometido, y cómo, materialmente. Nuestro registro es la lucha contra la opresión, pero también el poder escuchar el dolor del otro, que es en definitiva lo que en Marx (no sólo en la izquierda posmoderna) es el eje de la política (en ese caso, categorías que escuchan y transforman el dolor proletario). Mañana hay dos eventos a los que me gustaría asistir: uno es sobre la vigencia de El capital, y el otro es sobre el deseo, el amor y la política. Son a la misma hora. Seguramente la superposición sea casual, pero es un síntoma revelador de que la izquierda sigue en la búsqueda de una forma de hablar de la igualdad que no oprima y que supere la división, caduca, entre lo material y lo cultural. Esa división es como “la roca” (en el zapato y en la subjetividad) de la política y el pensamiento de izquierda.

Si el objetivo es poder generar las condiciones sociales para que la capacidad creadora de los individuos no esté vuelta en su contra, no han de ser cualquier transgresión, ni cualquier igualdad, las convocadas. Es preciso encontrar formas de hablar de la igualdad que no opriman, y eso no lo hemos logrado.

Estoy pensando ahora en la forma en que distintas luchas contra la opresión interactúan entre sí. Y en cómo la diferencia y la discrepancia a veces se procesan (o no se procesan) dentro de la llamada izquierda radical. No parece conveniente aferrarse a categorías o trincheras, y parece necesario tratarnos mejor, expandiendo la empatía, la escucha, la duda, la sorpresa. El odio está legitimado como modo de relacionarnos dentro de la izquierda, y pareciera que la empatía se ve como una debilidad o falta de radicalismo.

¿Es el enemigo lo que nos define? Todo ángel es terrible, escribió uno de mis poetas preferidos. Y en esto traigo a Susan Buck-Morss (también, recolocando sus preguntas): ¿son los criminales los que nos definen o es el crimen que nos abarca a todos y todas de formas distintas y nuestro vínculo con eso? Luego de que reventamos al otro (en general es el otro, la derecha, el que nos revienta, pero en fin…), luego de que alguien revienta a alguien, ¿qué?, ¿por qué peleamos?, ¿por qué nos rebelamos?, ¿qué revela de nosotros nuestra rebelión?, ¿qué peligros encierra nuestra autoconfianza ética?

Como el privilegio y la dominación son constelaciones móviles, nuestras luchas han de ser totalizadoras mientras ejercen la crítica inmanente a la totalización: feminismo, anticolonialidad, estudios críticos de discapacidad, teoría queer, marxismo, como los veo yo, han de aceptar la parcialidad de sí y la universalidad del otro (así conceptualizo una ética política del vínculo). Los distintos movimientos y teorías (queer, antirracistas, anticapitalistas y el incómodo “etcétera” de siempre) se ayudan pedagógicamente unos a otros para superar dialécticamente la segmentación capitalista de la que son hijos (y eso incluye al marxismo; el marxismo es capitalista, si no lo fuera no habría trabajo que hacer; el feminismo lo puede volver más socialista), preocupados por el carácter sagrado de la traducción como ejercicio de escucha de la experiencia del otro. La solidaridad inter-luchas es un logro y una victoria contra la forma capitalista de regulación de la diferencia que, por definición, nos produce como enemigos, como dice David Roediger.

Es la radicalización (ideológica) la que puede resituar en clave productiva la conversación para salirnos de esta implosión (ideológica), porque a veces es un mismo individuo, en uno, donde opera todo esto.

El excepcionalismo uruguayo tampoco tiene esencia. Hubo maneras racistas de abrazarlo, la patria sin el problema indio, etcétera, pero hay también un imaginario liberal del Uruguay tolerante que la incorrección política viene a deshacer: o sea, si el matrimonio igualitario (por ejemplo) reaviva la autoimagen ética de Uruguay como país de avanzada, la incorrección política es la transformación neoliberal de Uruguay en un no-lugar. No importa la excepcionalidad del Uruguay per se, la pregunta importante está en otro lugar, qué oprime, quién sufre y qué libera.

  1. Es doctor en ciencia política por la York University (Canadá) y profesor grado 3 en el Instituto de Ciencia Política (Udelar). La ponencia fue presentada en las últimas Jornadas de Investigación de la Facultad de Ciencias Sociales (13, 14 y 15 de setiembre de 2017). La intervención de Ravecca formó parte del panel “Las zonas oscuras del excepcionalismo uruguayo”.

 

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