Sobre Simple, el nuevo disco de Fernando Cabrera

Más Cabrera que nunca

¿Qué no se ha dicho ya sobre Cabrera? Con casi 40 años de trayectoria, ha recibido celebraciones y amor, pero también críticas y disgustos por hacer una música que se para claramente en la canción popular uruguaya, pero que siempre se encuentra manchada por el rock. La gracia de este trabajo es que, aunque se encuentra situado en un territorio popular e identificable, Cabrera estira sus recursos lo suficiente como para llevarlo a otra dimensión, a una especie de limbo difícil de definir.

Pedro Pandolfo
Netuy marzo21

El formato clásico con el que se presenta Fernando Cabrera es el de banda de rock, donde el estiramiento de sus recursos musicales se logra con armonías, melodías y métricas que, por momentos, se desvían de la tradición, aunque nunca le escapan del todo. Sin embargo, en sus conciertos también suele presentar varios temas sólo con guitarra y ahí entra en juego su faceta de reinterpretación de sus propios temas, que se caracteriza por empezar a estirar también el tempo, los gestos, la dinámica, el fraseo. Si ya era confuso dejarlo anclado en un género, en su formato solista es hasta dudosa la ejecución misma: es como un tocar «no tocando».

En esta ocasión, finalmente, el compositor decidió crear un disco entero con eso que sólo sucedía en vivo. Simple es Cabrera solista, principalmente en guitarra y voz, con el agregado, por momentos, de bajo, armonio, percusiones, así como de otras voces y alguna que otra guitarra. Aunque despojado de la complejidad armónica y melódica de sus trabajos anteriores, este disco resulta familiar para todo conocedor de su música, sobre todo para quienes hemos presenciado sus toques en vivo. Simple es Cabrera siendo Cabrera.

La primera pregunta que me resuena en la cabeza es: ¿por qué nunca llevó esta lógica a sus bandas? Puede ser porque nunca pudo o nunca quiso, pero, sin duda, en sus bandas sucede algo mucho más cuadrado en términos de tempo, gesto, dinámica y fraseo, sin esa cosa escurridiza que no puede determinarse en algo fijo. El camino más cercano a la interpretación del free jazz y la improvisación libre es posible para él, al menos por ahora, en el formato solista, aunque necesite de otros instrumentos. Aquí los toca todos él, porque nadie mejor que el propio Cabrera para interpretar su idea, nadie mejor que él para saber cuál será su próximo paso en este devenir fluctuante.

Algo característico de este disco es que, armónicamente, es más tradicional. No nos encontramos con algunos de esos giros que, por momentos, amagan a descomponerlo todo. Las guitarras rara vez hacen algún enlace armónico que no hayamos escuchado en un sinfín de canciones, pero, a su vez, ninguno de estos acordes son tocados como los hemos escuchado, porque se dan vuelta los roles: aquello que colorea las notas es ahora coloreado por ellas. Así, aunque escuchemos un típico la mayor, este nos habla a través de acentos rítmicos, arpegios truncos, rasgueos tímidos o sumamente exaltados, pero sin nunca olvidar que nada puede estar servido en bandeja, que todo tiene que generar duda.

La voz de Cabrera está resquebrajada, lo que hace que el canto se desarme en habla y viceversa. Muchos versos que se repiten contienen drásticos cambios sonoros, alternando un canto normal con uno en el que se evidencia el esfuerzo para transmitir algo de sonido. También hay doblajes de voz que no son armonizaciones per se, sino diferentes Cabreras que presentan, conjuntamente, diversas posibilidades de interpretar un mismo fragmento.

En el tema «Soy un hombre», a través de una reflexión acerca del envejecimiento, el cantautor consigue unir el devenir literario con el armónico. Empieza con una serie de acordes bastante indefinidos y dudosos, simulando la niñez. Estos cuentan con algunas notas agudas en común, que son como un hilo conductor; a medida que avanza el tema, van desapareciendo y la armonía se torna más familiar. Finalmente, el cierre de cada vuelta deriva en una clásica cadencia tradicional, coincidiendo con la letra «para llegar aquí», como si lo que definiera la adultez fuera un acoplamiento estético a las normas sociales. Luego, aquellas notas agudas reaparecen y rememoran la infancia una vez más…

El surco más destacado es «La estancia». Se lucen la guitarra con sus contrastes dinámicos, el canto que empieza en habla y se transforma en canto –algo determinado por el registro, donde lo hablado está en los tonos graves y lo cantado se encuentra en los medios–, los cambios tímbricos en la voz, un tarareo que duda en mostrarse presente. La letra narra lo mundano de un supuesto paisaje campestre, sin linealidad temporal, como un anecdotario que podría haber empezado en cualquier momento y cuyo relato parece espontáneo. Todo esto en un marco temporal que avanza, se detiene, se apura, se enlentece. Es una composición que no deja «ser música» a todo aquello que intenta serlo, como si estuviéramos frente a una constante interferencia. Es uno de los ejemplos en los que se manifiesta con más contundencia la duda acerca de si el intérprete está tocando o no, si ya empezó o está ensayando. Es una música con «restos de música», hecha con aquello que fue borrado o tachado y aun así logró llegar hasta nosotros.

Simple, de Fernando Cabrera, Montevideo, 15 de enero de 2020, Ayuí. Disponible en YouTube y Spotify.

La simpleza a la que apela el título puede tener que ver con lo armónico, por la concepción tradicional acerca de qué es una nota y no por todo lo demás. Es que el oído occidental pone más atención a eso. La radicalidad, en otros aspectos, sólo se registra cuando se trata de gestos realmente extremos. Muchas veces, aunque la desafinación salte como un error, el desfasaje rítmico se deja pasar; por algo las vanguardias se han autodefinido con relación a las formas de uso de las notas. Un ejemplo local es lo mucho que se ha hablado sobre la experimentación armónica de Maslíah, mientras que se discute muy poco acerca de la experimentación rítmica de Opa.

En Simple, esa cosa escurridiza que hace temblequear lo tradicional, esa duda constante que Cabrera nos despierta en sus conciertos, ha quedado grabada, congelada en el tiempo. Aquello que era improvisación es ahora una técnica para el proceso creativo. Es un filtro interpretativo que se le aplica a una manera de componer, pero, a la vez, esa interpretación constituye a la matriz, porque el oyente nunca tuvo la oportunidad de escuchar la música sin pasarla por ese tamiz. Es una excelente muestra de un trabajo en el que componer e interpretar –y hasta reinterpretar– son indisociables, y esto queda definido por ese congelamiento de la grabación que nos permite saltar en el tiempo y encontrarnos una y otra vez con cada uno de esos «errores» en los mismos lugares. Aunque la verdad es que ese filtro no estará ahí si el oyente no tiene, a su vez, cierta postura ante la música. Notar ese gesto también implica una manera de escuchar. Y esta escucha no se vuelve posible sólo prestando mayor atención, no supone hacer el esfuerzo de encontrar algo que está ahí a priori. Tampoco se trata sólo de escuchar muchas veces el disco, pues de nada sirve dedicarle un tiempo si hacemos que ese tiempo corra por el mismo andarivel de siempre. Lo que necesitamos es otra actitud, otro tipo de escucha, para que aparezca eso que hace especial a este trabajo. La pregunta no debería ser qué es lo simple de la música de Cabrera, sino cuál es la línea que separa la simpleza de la complejidad. Tal vez Simple se trata de buscar, a través de la complejidad, una nueva simpleza.

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