Más dura que nunca

Nadie ni nada puede con la jefa del gobierno alemán, Angela Merkel, que acaba de ser reelecta por novena vez como presidenta de su partido, la democracia cristiana (Cdu).

Angela Merkel / Foto: AFP, Johannes Eisele

Nadie ni nada puede con la jefa del gobierno alemán, que acaba de ser reelecta por novena vez como presidenta de su partido, la democracia cristiana (Cdu). No pudieron con ella una sucesión de fracasos electorales que pautaron el ascenso de la extrema derecha, la creciente oposición interna, sus idas y venidas sobre la acogida de refugiados… Eso sí, la dama germana perdió votos: ganó con el apoyo del 89,5 por ciento de los adherentes a la formación conservadora, casi que su resultado más magro en 17 años (el peor fue en 2004: 88,5).

En setiembre de 2017 Merkel será candidata a su propia sucesión en las elecciones legislativas. De ganar, sería su cuarta gestión. No la va a tener fácil, aunque por el momento no se avizora quién podría desbancarla como jefa del gobierno federal. La canciller (ese es el nombre que reciben los primeros ministros en Alemania) ya está adaptando de todas maneras su discurso ante la perspectiva de enfrentarse a una extrema derecha, encarnada en el partido Alternativa para Alemania (Afd), en constante crecimiento basado en un discurso centrado casi que exclusivamente en el rechazo a la “islamización” del país por el flujo de extranjeros provenientes de países en guerra. Algunos sondeos realizados en las últimas semanas establecen que si bien la Cdu seguiría siendo el partido más votado del país en 2017, y el socialdemócrata Spd el segundo, Afd se colocaría tercera, ganando terreno fundamentalmente sobre los conservadores y dejando a La Izquierda (Die Linke) en un lejano cuarto lugar.

De los gobernantes europeos, Merkel fue quien más presionó en favor de la acogida masiva de refugiados, y de fijar cuotas para recibirlos a todos los integrantes de la UE. En 2015 Alemania recibió a casi 900 mil candidatos al refugio. Los propios grandes empresarios germanos presionaron en favor de tal actitud, pensando en el recambio a largo plazo de la mano de obra de la industria nacional en vistas del bajo crecimiento demográfico que registra Alemania y la buena calificación de gran parte de los extranjeros escapados de sus países. Pero luego Merkel cambió y endureció el tono: adhirió al tratado de extradición UE-Turquía que antes había rechazado, prohibió el uso del burka y del llamado “bikini islámico” y dijo –lo repitió esta semana en el congreso– que “la situación de 2015 no puede producirse otra vez. No todos los refugiados que llegaron pueden y deben quedarse aquí”. Fueron esas frases, y otras en las que aludió a la “necesidad” de prohibir el burka y el niqab (pocos meses antes la canciller se presentaba como una firme defensora de la libertad religiosa), las que recibieron mayores ovaciones de los participantes en la instancia decisiva de la Cdu. Uno de los textos aprobados en el congreso advierte sobre la inminencia de deportaciones masivas de refugiados llegados en 2015 y felicita a los países de los Balcanes por haber cerrado sus puertas a los inmigrantes, una medida que en su momento Merkel tachó de extremadamente peligrosa por forzar a los desesperados que escapan de las guerras y de la miseria en Siria, Irak, Libia, Sudán, Afganistán, Eritrea, a tomar rutas que pueden conducirlos a la muerte, como la del Mediterráneo.

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