Memorias de la tierra – Brecha digital
En el Blanes: Lo innombrable, de Teresa Puppo

Memorias de la tierra

Performance “Presentes”, de Teresa Puppo Carolina Sobrino

Esta exposición de Teresa Puppo en el museo Blanes, inaugurada el 11 de marzo, es un desafío a los conceptos tradicionales de patria, nación y pertenencia, esas palabras que parecen tan importantes ahora, en pleno fragor de una guerra europea en la que se dirime justamente eso, la identidad nacional, el papel de los Estados como constructores y defensores de una narrativa hegemónica, y el rol de los pueblos y los ciudadanos como transmisores de esos mitos fundacionales. En Lo innombrable convergen voces individuales y colectivas, como las de Puppo y sus ancestras, enmarcadas en rostros híbridos en los que se mestizan los rasgos europeos y los indígenas autóctonos de Argentina, Paraguay, Brasil y Uruguay. Así, la muestra propone una reflexión compleja acerca de la etnia guaraní y su contexto lingüístico y poético.

Puppo fue apoyada por tres curadoras, la uruguaya Ángela López Ruiz y las argentinas Graciela Taquini y Gabriela Larrañaga. Trabajando juntas, han logrado una propuesta cartográfica que recuerda el viaje de Bruce Chatwin a Australia y su búsqueda de la tradición oral de los maoríes y los tasmanos, inscripta en el acervo de las canciones con las que transmitían su historia a los más jóvenes. Puppo hace un trabajo similar: se adentra en la naturaleza y la flora de nuestra geografía, que fue colonizada por la mirada europea y despojada de sus nombres indígenas ancestrales. El arrayán, el arazá, la butiá y la anacahuita fueron árboles bautizados de nuevo para ignorar el origen guaraní de esos vocablos.

En la muestra hay varias voces paralelas. Por un lado, las de Teresa y su abuela, que emigró de Argentina a Uruguay, atravesando fronteras convencionales que no respetan las líneas de sangre ni las historias comunes. Por el otro, la voz magnífica y jamás oída de Guyunusa, bautizada como Micaela, exhibida como una atracción de circo en Francia y muerta en ese país a los 26 años. Fue llamada la última descendiente de la nación charrúa, que había sido diezmada por la naciente burguesía uruguaya.

Esta exhibición se inscribe en el marco del discurso poscolonial e intenta que sea el subalterno quien hable, parafraseando un libro de la teórica del discurso poscolonial, la india Gayatri Spivak, profesora de la Universidad de Columbia, en Estados Unidos. Los charrúas siguieron a José Artigas en el éxodo y lo apoyaron en su lucha contra los españoles; luego apoyaron la gesta de los 33 orientales y pensaron que, después de la declaración de independencia, de 1830, tendrían un lugar como ciudadanos en un Estado pluricultural. Pero fueron robados de ese destino: la nación uruguaya se creó en torno a un genocidio y Salsipuedes bien podría inscribirse en la historia negra de la humanidad.

Guyunusa, que dio a luz una hija en Francia, habla desde una máscara mortuoria en la exposición de Puppo. Los restos del cacique Vaimaca Perú, que fueron repatriados hace unos años y ahora reposan en el Panteón Nacional, comparten la eternidad con quienes vendieron a los charrúas como esclavos y los exterminaron como pueblo. La burguesía uruguaya, que se repartió a los indígenas que sobrevivieron a Salsipuedes –que eran sobre todo niños, niñas y jóvenes–, está representada ampliamente en la nomenclatura de Montevideo. Esta muestra de Puppo intenta dialogar con aquello que no está nombrado, que no es parte de esa nomenclatura, que se guarda en una memoria que aflora solo a veces, casi invisible, como parte de la tierra.

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