Mi amigo el guitarrero

¿Escucharemos canciones nuevas de Alberto Mastra?

Casete conservado por Roberto Zanolli con posibles canciones inéditas de Alberto Mastra / Foto : gentileza

Sobre el barrio de La Unión, la música, la infancia, la memoria y un casete de hace 50 años que parece tener grabaciones inéditas de uno de los más grandes compositores y guitarristas del tango uruguayo.

Lo que son las cosas. Alberto Mastra fue un músico extraño que tocaba la guitarra al revés –como zurdo, pero sin cambiar las cuerdas, por lo que las graves quedaban abajo– y de un modo que provocó la admiración del mismísimo Abel Carlevaro. Fue autor de canciones hermosísimas que uno, casi siempre, conoció cantadas por otros. Y además fue vecino mío. Siempre lo supe, pero de una forma vaga. La cosa fue así: cuando nos mudamos a La Unión, yo tenía 4 años. Recuerdo que no mucho después mi viejo me comentó como al pasar: “Por acá vive Mastra. Si un día querés aprender guitarra, podés ir con él”. No sé por qué dijo eso, porque no creo haber mostrado intenciones, a esa edad, de tocar la guitarra, pero vaya uno a saber. El hecho es que tuve que esperar hasta los 15 años para tener una y el músico había muerto un año antes.

Hace poco una amiga me avisó que alguien me iba a escribir porque tenía unos temas inéditos de Mastra; no sabía si eran grabaciones o qué. Días después me escribió esa persona (que resultó ser músico también: el cantor de tangos Roberto Zanolli) y, efectivamente, tenía un casete grabado hace como cincuenta años con canciones que cree inéditas, interpretadas por el propio autor. Las estaba digitalizando y me las iba a pasar. Bueno, ese tema quedó abierto; ya me estoy moviendo para hacer una recuperación profesional del sonido. Sobre todo eso habrá, seguramente, una segunda nota. Pero hete aquí que Zanolli me dice: “Yo era amigo de él y tomé clases ahí, en la calle Morelli”. “¿Morelli a qué altura?”, le pregunté. “A media cuadra de Propios”, me respondió. Caramba, pensé, eso es a 100 metros de mi casa. ¿Cómo es que siempre viví tan cerca y nunca lo vi? Entonces me contacté con una amiga de la infancia (el mundo de hoy brinda esas facilidades) que vivía precisamente ahí, en esa cuadra, para preguntarle si tenía alguna idea de un músico llamado así y asá y si se acordaba de en qué casa había vivido. “¡Claro que me acuerdo! Él iba siempre a casa, entraba como una tromba, hablaba media hora sin parar y se iba como había venido. También iba a pescar con mi padre; se embarcaban con unos amigos dos por tres. En realidad, él no llevaba caña ni nada: iba porque le gustaba el ambiente. Creo que la casa de él no existe más: vi que estaban construyendo ahí, o al lado, tendría que verla. Recuerdo que, después de que él murió, vivió en la misma casa –un ranchito al fondo de un corredor– un señor que tocaba el arpa. Era un barrio muy musical”. Y ya arrancó a contarme cosas que, a su vez, le contaba su madre de cuando el Negro Rada era un gurí (también vivía por acá; creo que del otro lado de Propios) e iba a pedirle a Pastrana (dos casas por medio de la mía; a ese sí lo conocí bien) que lo dejara salir en la murga, y Pastrana le decía que no. Bueno, al final terminó saliendo.

Qué barrio, ¿no? Y esto no es nada. Recuerdo estar una vez con mis amigos, la discepoliana ñata contra el vidrio de un boliche (que aún existe) de la calle Asilo, y ver a un negro veterano conversando en el mostrador. El hombre tenía un estuche de algún instrumento musical “raro”. Uno de mis amigos me dijo que era Santiago Luz. Sí, el grandioso Santiago Luz, famoso clarinetista de jazz. Pero sigo con la historia, que no termina acá. Le comento a mi amiga que mirá vos, toda la vida preguntándome qué tan cerca había vivido Mastra, y estaba acá, justo acá, y nunca lo conocí. Y ahí saltó ella: “¿Cómo que no lo conociste? ¡Claro que lo conociste! Cuando jugábamos en la calle, siempre andaba en la vuelta. Es imposible que no te hayas cruzado con él mil veces en el almacén o por la calle. Mirá, tengo fotos suyas de esa época. Las voy a buscar y te lo muestro”. Yo, ni idea, pero mi memoria tiene personalidad propia: se acuerda de detalles intrascendentes y olvida lo importante. Pero, bueno, ¿quién soy yo para dudar de mi amiga? Ahora puedo decir: “Yo conocí a Mastra”. Y confío en que esa misma memoria, en breve, me va a permitir agregar cosas como: “Siempre lo veía, y hasta creo que él me dio manija para que me dedicara a la música”. Hasta tiene su lógica. Mirá: creo que ya me voy acordando. Un tipo simpático, era. Aparte, en casa no había instrumentos ni nada: de algún lado me tenía que venir esto de tocar la guitarra y hacer canciones, y no iba a salir de la nada mi admiración por él. ¡Si éramos amigos!

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