Mitos del Brasil for export

Ven a Brasil como una nación mejor para pasarla bien pero es peligroso, pues puede que no sea verdad.

Brasil por Ombú.

“Pero ¿qué hacés acá, pelotudo?”, me preguntan ni bien les comento que soy de Rio de Janeiro. ¿Quiénes me preguntan? Muchos. Casi todos. Comprendo la imagen de un país desarrollado, moderno y líder de la región. No los culpo. Desde las novelas importadas hasta su presencia en los medios, dada su relevancia económica, se ha creado una narrativa de Carnaval, samba, fútbol y cerveza fría en el medio de una nación tolerante, acogedora y “bonita”. Ven a Brasil como una nación mejor para trabajar y ahorrar, vivir y pasarla bien. Donde las parejas homosexuales pueden expresarse públicamente y las minorías religiosas reciben su respeto merecido. Nos pintan en Uruguay tal cual se hace en Brasil con la narrativa del sentido común referida a Estados Unidos, y es exactamente esta dicotomía espacial con sentido de un “allá” mejor que “acá” la que soporta esas comparaciones. Es peligroso, pues puede que no sea verdad.

Toda narrativa tiene un porqué. Todo discurso homogeneizado del sentido común tiene una función específica. Así funciona el discurso histórico nacional en su rol de crear unicidad y pertenencia entre los nacionales, los gritos de guerra que levantan al unísono a la multitud, las cartas constitutivas del institucionalismo que agrupan a miembros en pos de un objetivo, la exclusividad de la membresía (incluso los discursos no-textuales, como símbolos, imágenes, colores, banderas y escudos que definen e instituyen una unicidad social fundada sobre una base homogénea de pensamiento). Como dice el sociólogo Jessé Souza, mucho de las narrativas nacionales, las que suelen ser enseñadas en clases de historia en las escuelas, logran un sentido “agudo” y compartido de pertenencia. No obstante, aunque muchos de los hechos históricos fuesen revisitados, muchas conductas de los héroes nacionales fuesen socialmente inaceptables, y que un considerable contexto de los textos de los himnos no tuviese la misma validez en el siglo XXI, todavía seguiría legítima la importancia de la narrativa nacional para la unión de la sociedad.

Pero el compromiso primero de las narrativas no es con la verdad, sino con la unión de las personas. Si ya encontramos disparidades entre la realidad de las “ocurrencias” y la narrativa estatal de las “apariencias” dentro de Brasil mismo, ¡imagínense el discurso que se oye de su país cuando se está en el extranjero! Pues bien. Ahora piénsenlo desde otra perspectiva. La de la narrativa nacional de exportación, la que fundamenta los discursos turísticos, la apreciación de lo nacional, lo que debe explorarse turísticamente. La bunda. La cerveza. El fútbol. El Carnaval. Al fin, lidiamos con un sentido común que idealiza a Brasil como este país tropical de personas cordiales y amables, amigas y confiables, llenas de fe y de novedades.

Sin embargo, el 10 de setiembre pasado en Porto Alegre, el Banco Santander cedió a la presión de los medios sociales provenientes del movimiento conservador del Psdb llamado Movimento Brasil Livre (Mbl), accediendo al cierre de una exhibición artística titulada Queermuseu. Cartografias da diferença na arte brasileira, un acervo de 270 obras plásticas de 85 artistas renombrados que hacen referencia a las cuestiones de la diversidad sexual, las temáticas de género y Lgtb. Artistas como Lygia Clark y Candido Portinari están entre muchos otros cuya exhibición fue suspendida por la propia institución promotora. El Mbl, movimiento motriz del furor popular a favor de la destitución de Rousseff en 2016, ha logrado propagar un rechazo en contra de esta muestra bajo acusaciones de pedofilia y zoofilia, y no solamente exigió el cierre sino que incentivó el boicot a la institución bancaria patrocinadora.

En marzo de 2015, en San Pablo, el estudiante Peterson, de 14 años, falleció debido a complicaciones luego de recibir una golpiza en la escuela por motivo de ser hijo de una pareja homoparental. El caso fue cerrado como “muerte por causas naturales” y nadie más discute el tema. Tampoco se habla del universitario Leonardo, de 30 años, agredido y muerto al salir de un club gay en la ciudad de Salvador, en Bahía, en 2016. En este mismo mes murió Diego, de 29 años, estudiante de la Ufrj cuyo cuerpo desnudo de la cintura hacia abajo fue encontrado al borde de la Bahía de Guanabara.

El sitio homofobiamata.wordpress.com contabiliza las muertes relacionadas con la homofobia en Brasil. Ellos cuentan con una base de datos que hace referencia no solamente a la autoasignación de la sexualidad de la víctima, sino a la causa de la muerte, la relación con el agresor y el estado –localidad– como categorías de análisis. Según el Grupo Gay de Bahía (Ggb), muere un Lgtb cada 25 horas en el país, y en 2016 fueron 343 las víctimas fatales de la homofobia. Este año San Pablo concentra el mayor número de asesinatos (49 por millón de habitantes), seguido por Bahía (32), Rio de Janeiro (30) y Amazonas (28). El Ggb lucha por la tipificación del homicidio por motivos de odio a la diversidad, compilando estos datos desde hace 37 años, y señala que más allá del crecimiento progresivo del número de muertes en las últimas décadas, debido a la falta de regulación y de protocolos específicos, la realidad seguramente es peor.

En 2015 el proyecto 6583/2013 (también llamado “Estatuto de la familia”) fue aprobado en comisión especial en el Congreso nacional con vista a clarificar los términos del artículo 2 de la Constitución federal de 1988, que instituye a la familia como “la unión entre un hombre y una mujer” y excluye de modo legal a las familias no tradicionales. Este movimiento surgió a partir de la decisión del Supremo Tribunal Federal (Stf) que permite la unión jurídica de parejas del mismo género. En teoría, en los días actuales, una pareja homoafectiva puede unirse legalmente; sin embargo el proyecto de ley en su carácter constitucional puede definir los campos respecto a pensiones, licencias y otros asuntos de políticas públicas. Es una pelea política entre los estamentos políticos conservadores del Congreso y la elite jurídica positivista del Stf para instituir límites de reconocimiento a lo familiar, mientras que el Estado sigue fallando en su deber de proveer “los derechos básicos” a las familias que no comprendan padre y madre o sean monoparentales.

Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (Ibge), 16 por ciento de las familias en Brasil no son tradicionales. Denominadas “reconstituidas”, estas familias “atípicas” contienen dos o más núcleos familiares en el mismo hogar, conviven junto a parientes o no-familiares, o no conforman el binomio instituido hombre-mujer. Son 4 millones de unidades domésticas sin reconocimiento claro del Estado, entre las cuales se encuentran aproximadamente 60 mil unidades familiares homoparentales. Hay que recordar que el Congreso brasileño tiene un frente evangélico que es un fuerte actor político de intereses conservadores, y uno de sus miembros más destacados era el ahora encarcelado Eduardo Cunha. En Brasil hay crucifijos en todos los edificios públicos, el Congreso a veces inicia su reunión oficial con una oración, y muchas escuelas públicas tienen clases de religión evangélica. La laicidad en Brasil no se aplica.

Desafortunadamente me pesa reconocer el alivio que siento cuando vuelvo a Uruguay tras mis visitas a mi familia en Río. A la vez, me enorgullece saber que hay un país como Uruguay.1 Tan pequeño como inmenso, tan libre y tan diverso, donde yo puedo ser yo, más allá de todo. ¿Yo? Un gusto, soy casado legalmente, futuro padre, reconocido legítimamente, aceptado socialmente y libre civilmente para amar y ser amado. Es necesario reforzar, fortalecer y reiterar la laicidad, promoverla como un tema regional, despejando este fundamento colonizador del juicio moral de los estamentos gubernamentales. Yo sé que en Uruguay eso no pasa, pues se experimentan los síntomas de un país históricamente laico, y por ende culturalmente libre.

*    Sociólogo brasileño.

  1. Otro texto que reflexiona sobre algunas cuestiones de la “excepcionalidad” uruguaya, a cargo del politólogo Paulo Ravecca, es publicado en las páginas 8-9 de este ejemplar.

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