Movimientos telúricos

La confluencia de una serie de cambios económicos, sociales y culturales, sobre todo en el interior del país, es una posible explicación para los resultados electorales del Frente Amplio en 2014. Lejos de algunos vaticinios, la modernidad en el electorado uruguayo pareció expresarse en un nuevo contingente de trabajadores del agro, físicamente movilizados hacia las ciudades más grandes, con mayor acceso a las nuevas tecnologías y nuevos parámetros de evaluación de su propio bienestar.

Ciudad de Melo. Foto: Alejandro Arigón

En la historia de las ciencias sociales ha habido una tendencia mayoritaria, sustentada en el positivismo filosófico y con gran predicamento en los ámbitos académicos, consistente en el análisis sectorializado de las situaciones sociales (lo económico, lo político, lo cultural), por lo general con débil perspectiva histórica y por lo tanto con poca o nula integralidad con respecto a lo que ocurre en el conjunto de la sociedad. Una tendencia a descuartizar la realidad impidiendo apreciar un todo contradictorio y dinámico.

En el contexto de la complejidad creciente de las sociedades contemporáneas, hay que esforzarse por intentar entender los procesos desde lo que acontece en la base material y con la dinámica contradictoria que siempre está presente en los procesos sociales. Recordar el valor ineludible de la economía política en el marco del devenir histórico.

Lo ocurrido en la sociedad uruguaya expresa la síntesis de los cambios económicos, sociales y culturales, los que llevaron a un gran cambio político.

EL NUEVO AGRO. La reconversión del agro uruguayo, sin dejar su esencia capitalista, lo convirtió en un esquema productivo muy diferente de las modalidades anteriores; un esquema caracterizado por el acelerado proceso de valorización de los medios de producción que desencadenó una espiral de cambios.

Algunos indicadores ayudan a revelar este cambio. En la ganadería, la productividad por hectárea y por cabeza se incrementó en un 77 por ciento y 27 por ciento, respectivamente. Las pasturas mejoradas pasaron de 1,7 a 2,7 millones de hectáreas (Errea, Peyrou, Secco, Souto, 2011). El Pbi rural creció aun más intensamente que el promedio nacional.

Por su parte, la creación de nuevo empleo es muy significativa (cuadro 1) en un escenario donde durante décadas una débil agricultura coexistió con una ganadería extensiva con muy pocas innovaciones e inversión. La tasa de empleo (porcentaje de la población económicamente activa efectivamente empleada) creció 14,7 por ciento en el Interior contra 13,1 por ciento en Montevideo. En la zona agrícola el crecimiento fue de 26,4 por ciento.

Estas nuevas formas de producir implicaron grandes transformaciones en los actores de la producción, en función de la incorporación de viejas y nuevas destrezas, y otra ingeniería organizacional, con efectos en el perfil de la gente. A su vez generaron importantes desplazamientos en el territorio, y algunos de los principales destinos fueron las capitales departamentales. Uno de los aspectos más destacables fue el crecimiento de las ciudades de más de 20 mil habitantes. Es muy significativo registrar que entre 1996 y 2011, las capitales, todas ellas en ese rango, recibieron 93.457 personas, una cifra por demás impactante en escenarios urbanos relativamente estancados en el período anterior.

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OTRA SUBJETIVIDAD. Este nuevo destino se convirtió en un escenario con importantes consecuencias sociales y culturales: mejor acceso a los servicios de salud, educación, recreación y a las políticas sociales. Un conjunto de circunstancias con fuertes consecuencias en las mentalidades, en la forja de la identidad y, en general, en la subjetividad.

A ello hay que agregar la acelerada conectividad virtual que se expresa en el uso de la telefonía celular y el acceso a Internet. En este último caso, en 2013 el 82 por ciento de los hogares de Montevideo disponían de una PC en sus hogares, mientras que en los hogares del Interior ello ocurría en el 74 por ciento de los casos. En cuanto a Internet, accedieron en ese año el 73 por ciento de los hogares de la capital, mientras que en el Interior eran el 68 por ciento. A nivel de usuarios, en Montevideo un 79 por ciento participaba en redes sociales, mientras que en el Interior era el 77 por ciento. Estas cifras contabilizan al Interior como un todo, pero en las capitales seguramente la similitud con Montevideo sea aun mayor. Asimismo, la posesión de telefonía celular acompaña esta tendencia igualadora entre Interior y capital.

Junto a la conectividad virtual se constata una nueva capacidad de movilidad física que se expresa en un 66,6 por ciento de hogares de las capitales del Interior que –de acuerdo al censo de 2011– poseían cuando menos un vehículo con motor a combustión (motocicleta o automóvil). Dada la escasa dimensión de las ciudades del Interior, esta mayor movilidad favorece la posibilidad de trabajar y residir en lugares mucho más distantes, a diferencia de antes, cuando se dependía de la tracción animal, la bicicleta o el desplazamiento a pie.
Se combina así un conjunto de factores para entender este importante incremento de la votación del FA en las capitales departamentales. Los cambios ocurridos en el Interior se pueden caracterizar como un gran avance en la integración cultural del conjunto de la sociedad. Se asiste a un declive acelerado de la presencia del “Interior profundo”, con su conjunto de pautas de comportamiento tradicionales, entre las que hay que anotar el voto electoral por razones de costumbre y adhesión a la divisa, y no desde una racionalidad que analice la realidad de acuerdo a algún parámetro racional como puede ser la idea de justicia, o la evaluación del propio bienestar.

LA VOTACIÓN DE 2014. Antes que nada es importante tener presente la evolución de la composición de la votación del FA: en 1971 un 69,8 por ciento de los votantes era de Montevideo, en 2014 esos votantes expresan el 43,7 por ciento del conjunto de la votación de la coalición. Si bien en ese lapso el universo de votos al FA creció de forma sistemática, es destacable la importante “nacionalización” de esta fuerza política, en el sentido de arraigarse en todo el territorio nacional.

Dentro de este proceso de crecimiento es posible advertir algunas tendencias, quizás lo más novedoso de lo que dejó 2014. Por un lado, un crecimiento aun más intenso en el Interior focalizado en las ciudades de más de 20 mil habitantes, que son básicamente las capitales de los departamentos.

La evolución del crecimiento del FA expresa un único retroceso de algunos puntos porcentuales en Montevideo con respecto a 2009, mientras que en todos los otros departamentos, como Cerro Largo, Colonia, Flores, Lavalleja, Río Negro, hubo un incremento en el caudal electoral.

En referencia a su más inmediato adversario, el Partido Nacional, el FA le ganó en la elección de octubre en todos los departamentos menos en Treinta y Tres, Durazno, Flores, Lavalleja y Tacuarembó. Es importante tener presente este resultado, porque en la próxima elección departamental la victoria se obtiene meramente con mayoría simple.

Por otro lado, se observa una pequeña modificación en la votación de Montevideo, donde la adhesión al FA se concentra en las áreas centrales y periféricas, perdiendo peso en la franja costera. Aun habiendo ganado allí, es posible advertir una menor votación.

ALGUNAS INTERPRETACIONES. Lejos de lo que algunos “expertos” vaticinaran, la modernidad en el electorado uruguayo estuvo situada en ese nuevo contingente de trabajadores del agro en sus diversas modalidades, físicamente movilizados hacia las ciudades más grandes. Se trata de un cambio de comportamiento paralelo a importantes cambios en la vida personal. A esa tendencia también hay que agregar el acompañamiento de votantes de localidades más pequeñas o directamente de población rural, en donde también el FA incrementó su presencia. Un caso de éstos es el de Treinta y Tres, donde si bien el Frente perdió en la capital, incrementó su presencia en las ciudades más pequeñas, estrechamente vinculadas al cultivo del arroz y por consiguiente al considerable contingente de trabajadores rurales que pasaron a gozar del régimen de las ocho horas.

A los cambios operados en las relaciones laborales y en la esfera económica hay que adicionar los efectos de las políticas sociales. Es evidente que los mayores beneficios ocurren en las ciudades intermedias, donde es posible acceder con mayor fluidez al conjunto de prestaciones financiadas con el gasto público social.

Si a este proceso descrito respecto del Interior se le suma lo ocurrido en Montevideo y su zona metropolitana, las adhesiones al FA están cada vez más concentradas en los sectores populares. El Frente ganó en casi todos los barrios de Montevideo (menos en Carrasco sur), con una gran ventaja en las zonas con hogares de menor ingreso. A su vez, en Montevideo es posible advertir cierta migración de ex votantes frenteamplistas hacia otras opciones diferentes a los partidos tradicionales. Dicho de otra forma, se advierte que la pérdida de votantes frenteamplistas en Montevideo no se reorientó hacia la derecha expresada en esos partidos, sino a otras opciones minoritarias de ultraizquierda o de centroizquierda.

Lo anterior permite conjeturar una estrecha asociación del voto frenteamplista con el bienestar social. ¿Es esto votar con el bolsillo? Evidentemente que a quien los tiene llenos no le importa, pero a un pueblo que durante 40 años padeció un capitalismo estancado y excluyente sí le importa y mucho.

La presencia más significativa de los partidos tradicionales se da en los territorios con menos población beneficiada por el proyecto político frenteamplista, o bien donde existen mayores contingentes de personas de ingresos medios altos o altos. De hecho, la presencia creciente del frenteamplismo se da en una suerte de L conformada por todo el litoral oeste y el litoral sur, a lo que se le agregan los departamentos de Cerro Largo y Rivera en el norte.

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¿Qué puede explicar el estancamiento y retroceso del voto de los partidos tradicionales? La derecha en Uruguay y en casi toda la región latinoamericana carece de un proyecto político alternativo al de los gobiernos progresistas. Si se observa la campaña electoral, las “propuestas” o eran de una vaguedad extrema (asentamientos cero, seguir haciendo lo que está bien hecho, restringir el gasto público) o retrotraían a las neoliberales del pasado. Fue claramente una apuesta de acceso al poder por el poder mismo. Las referencias al wilsonismo o al batllismo fueron meras apelaciones emotivas sin explicitación alguna con respecto a la esencia de esas dos históricas corrientes políticas. El electorado no solamente evaluó su bienestar personal sino la poca consistencia de una propuesta opositora que no se refiere a un proyecto de país alternativo y creíble.

Quedan pendientes de análisis las razones del voto de los jóvenes, que en una amplia mayoría (seis de cada diez) acompañaron al proyecto progresista. Deberá ser objeto de estudios específicos, porque también se había teorizado acerca del alejamiento del voto joven con respecto al progresismo. ¿Fueron también razones de bienestar material? ¿La figura de Mujica fue determinante? ¿Los nuevos derechos influyeron de manera decisiva? Son respuestas que es imperioso conocer

Finalmente queda como un desafío del FA profundizar su proyecto de país en el imaginario de la sociedad uruguaya. Quedar dependiendo en exclusiva de los éxitos del bienestar personal, sin que exista un nuevo horizonte de vida que acompañe a la adhesión política y electoral, es una garantía de abandono en caso de que las condiciones materiales varíen negativamente. Si de lo que se trata es de poder consumir cada vez más, al final poco importa el color político y la ideología del que lo promueve. Llegado el caso, cualquier factor circunstancial, como la imagen del candidato o el “encanto” de la campaña publicitaria, será el determinante de la adhesión.

El “nuevo uruguayo” respeta y adhiere al proyecto progresista. No existen evidencias de que profese la misma lealtad a la izquierda y al progresismo de las generaciones mayores que fundaron y desarrollaron el FA. Había allí un horizonte de cambio y de esperanza para el que la lucha era una pasión insustituible y el compromiso total. Era otro mundo. El escenario latinoamericano del siglo XXI obliga a recrear esa pasión en sintonía con las mentalidades de las nuevas generaciones y en el actual contexto social, cultural, económico y geopolítico.

La buena noticia es que hay tiempo para trabajar en profundidad y con la gente ese nuevo proyecto cultural hoy apenas insinuado. n

* Sociólogo.

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